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Comentario XIII de Romanos 9:14

"¿Qué, pues, diremos? ¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera".

¿Pues, qué diremos? El hombre no puede escuchar la sabiduría de Dios sin que inmediatamente deje de precipitarse en multitud de problemas, esforzándose por así decirlo en enjuiciar a Dios. Por esta razón observamos que el Apóstol, siempre que trata de algún alto misterio, sale al paso de muchos absurdos ante los cuales los hombres se embrollan y preocupan. Pero muy especialmente esto sucede acerca de la predestinación enseñada por la Escritura, porque esta doctrina de Dios es un verdadero laberinto incomprensible para el espíritu humano. La curiosidad humana es a veces tan importuna cuando trata de investigar alguna cosa que frecuentemente se convierte en audaz. Esto es lo que sucede con la predestinación, ante la cual el ser humano inmoderadamente y sin limitación se sumerge como en un mar profundo.

¿Cuál será el camino que los creyentes deban seguir? ¿Será rechazar cuanto se refiere a la predestinación? Nunca: porque el Espíritu Santo enseña todo cuanto es provechoso y necesario y no cabe duda que el conocimiento sobre la predestinación es útil, si no sobrepasa los límites de la Palabra de Dios. Debemos, pues, ceñirnos únicamente a lo que en la Escritura se nos dice. Cuando el Señor cierra sus labios también nosotros debemos cerrar la senda a nuestros espíritus para que no yerren. Claro esta que siendo hombres, como somos, estas cuestiones alocadas asaltan naturalmente el espíritu y, por consiguiente, debemos aprender, como lo hace San Pablo, a considerar las debida y razonablemente.

¿Qué hay injusticia en Dios? En ninguna manera. El espíritu humano, impulsado por un odio monstruoso, tiende siempre a acusar a Dios de injusticia y no reconocer su propia ceguera. San Pablo no ha suscitado para intrigar con ellas a los lectores, sino más bien presenta una duda llena de impiedad que muchos sienten al oír decir que Dios dispone, según la voluntad, de cada persona. Algunos se imaginan que es injusto el que Dios acepte a unos y rechace a otros.

Para resolver este problema San Pablo divide el asunto en dos partes: Trata primeramente de los elegidos y después de los rechazados; desea que en los primeros contemplemos la misericordia de Dios y en los otros reconozcamos su justo juicio. Para comenzar. El Apóstol indica que considerar a Dios como injusto es un pensamiento execrable y detestable e inmediatamente después afirma que Dios no puede ser parcial hacia unos y otros.

Antes de pasar a otra cosa debe detenerse en cuenta que si Dios elige a unos y reprueba a otros eso se debe a un propósito de su libre voluntad; porque si la diferencia y la diversidad pudieran basarse en las obras serían inútil y sin razón el que San Pablo hubiese tocado esta cuestión sobre la injusticia divina, la cual no tendría causa alguna si Dios tratase a cada uno según sus méritos.

En segundo lugar, hemos de observar que no es posible considerar este punto doctrinal sin que la murmuración y hasta las blasfemias más horribles se levanten en contra suya; por eso el ha presentado este asunto con toda franqueza y libertad. San Pablo sabe y dice que la crítica tendrá lugar siempre que se diga a los hombres que, aún antes de nacer, Dios por su secreta voluntad, ordena lo que ha de ser; esta doctrina, asegura el Apóstol, esta dada por el Espíritu Santo y por consiguiente, que la bondad y la ternura de quienes desean ser detenidos como más prudentes que el Espíritu Santo, tratando de impedir y apaciguar los escándalos, no son en modo alguno soportables. Por miedo al hecho de que Dios pueda ser blasfemado o acusado confiesa que la salvación o la perdición de los hombres depende únicamente de la libre elección humana. Si fueran menos curiosos y si sujetaran sus lenguas para no desbarrar, sería cosa de tomar en cuenta su modestia y su templanza; pero intentar por así decirlo, amordazar al Espíritu Santo y a San Pablo, es una audacia incalificable. Que este valor sea mantenido dentro de la iglesia de Dios; que los doctores cristianos no sientan vergüenza alguna en refutar todas las calumnias de los perversos colocando ante ellos una declaración simple y correcta de la doctrina, aun ésta les parezca desagradable.