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Comentario IX de Romanos 7: 24, 25

"¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado"

24. Miserable hombre de mi ¿quién me librará del cuerpo de esta muerte? Concluye todo este asunto con una vehemente exclamación por lo que el Apóstol demuestra que no solamente tenemos que batallar contra nuestra carne, sino también que necesitamos gemir continuamente y lamentarnos delante de Dios, por causa de nuestra infidelidad y miseria. Porque no se pregunta quien le librará, dudando como los incrédulos que no se resuelven a buscar un libertador único, sino que su palabra es la del hombre que lucha penosamente y permanece como aplastado por su carga, porque no siente una ayuda tan poderosa como fuera menester para vencer enteramente su mal. San Pablo ha empleado una palabra equivalente a quitar o librar para expresar mejor que esta liberación necesita el poder de Dios grande y extraordinario.

Llama cuerpo de muerte a esta masa o carga de pecado que aplasta a todo el hombre, a no ser que en el Apóstol queden solo algunos residuos de esclavitud.

Estas palabras están escritas en griego de tal modo que pueden traducirse de dos maneras: del cuerpo de esta muerte o de este cuerpo de muerte. Yo he seguido esta ultima versión como Erasmo sin embargo, la otra es también correcta y el sentido casi semejante. Pues San Pablo ha querido decir que los hijos de Dios tienen los ojos abiertos para distinguir junto a la Ley de Dios la corrupción de su naturaleza y la muerte que de ella procede.

Además esta palabra cuerpo tiene aquí el mismo significado que la palabra hombre exterior o miembro. San Pablo quiere dar a entender con eso el origen del mal está en que el hombre ha abandonado la Ley y su estado original y por eso se ha hecho terrenal. Pues aunque el sea superior a las bestias, su verdadera excelencia ha desaparecido y lo que en él está se encuentra corrompido e impuro de modo que con razón puede decirse de él que su alma bastardeada ha cambiado de naturaleza y se ha convertido en cuerpo. Por esta causa dice Moisés: "No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre porque ciertamente él es carne" (Génesis 6.3), comparando por su ignominia al hombre con las bestias al despojarle de su excelencia espiritual.

Este es un bello pasaje de San Pablo, muy notable, para derribar y poner bajo los pies toda la gloria de la carne. Demuestra que los más perfectos, en tanto son carnales, se ven acompañados de miseria porque están sujetos a la muerte, y lo que es más, cuando examinan su conciencia detenidamente encuentran en su naturaleza únicamente miseria. Y para que no se embriaguen durmiéndose en su maldad, San Pablo les incita con su ejemplo y sus gemidos a sentir el dolor de no poder obedecer a Dios, deseando, mientras dure su peregrinación en este mundo, morir como medio único a su mal. Y en verdad que tal cosa es deseable. Frecuentemente la desesperación empuja a los profanos a sentir este deseo repentino, como San Pablo; pero, como él, tales gentes no desean la muerte, sino que este deseo obedece al pensar o despecho por la vida presente más que al dolor de su iniquidad.

Los creyentes aun sintiendo tal deseo, buscan otro objetivo verdaderamente y nunca son arrastrados por una impetuosidad desarreglada al desear la muerte, sino que se someten a la buena voluntad de Dios para quien nos conviene vivir y morir. Por eso no tiemblan de ira contra Dios, sino que lo solicitan con toda humildad descargando en El sus penas y poniéndose en sus manos, porque no consideran tanto su miseria como para no pensar en la gracia que ya recibieron, y por cuyo recuerdo sienten que su dolor está mezclado con un verdadero gozo espiritual, como veremos a continuación.

25. Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Añade, pues, esta acción de gracias inmediatamente después para que no se crea que se complace rebelándose contra Dios, por vanidad y obstinación. Pues sabemos que cuando pasamos por algún dolor, aun cuando este sea justo y razonable, rápidamente nos inclinamos a la murmuración, impacientándonos. Pues bien, San Pablo, deplorando su condición, desea morir gimiendo y suspirando; pero confesando al mismo tiempo que se conforma con la gracia de Dios y se goza en ella.

Es menester que los santos, examinando sus defectos y pobrezas, no olviden lo que hayan recibido de Dios.

Esta sola consideración les bastaría para reprimir toda impaciencia y vivir en paz, llegando a creer que Dios los tiene bajo su cuidado para que no perezcan, concediéndoles las primicias del Espíritu que les da un testimonio seguro sobre la posesión de la vida eterna. Y aunque no gocen de la gloria de los cielos aún, no obstante, por el hecho de contentarse con la parte que poseen no les falta jamás motivo de alegría.

Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado. Esta es la conclusión, en pocas palabras, por la cual demuestra que los creyentes jamás llegan al fin y perfección de la justicia en tanto están en la carne; mas siempre están en camino de alcanzarla al morir; Llama entendimiento, no a esa parte del alma que es asiento de la razón y a la que los filósofos conceden tanta importancia sino a la que siendo iluminada por el Espíritu de Dios, entiende y desea lo que es recto, el Apóstol no habla de inteligencia solamente, sino de verdadero y vivo efecto del corazón al mismo tiempo. Por esta restricción confiesa que se a entregado a Dios de tal modo que, aún arrastrándose sobre la tierra, no por eso deja de estar contaminado. He aquí un célebre pasaje que rechaza la maldita y desgraciada doctrina de los cátaros, a la cual ciertos espíritus imaginativos procuran todavía hoy resucitar y poner en vigor.