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Comentario VIII de Romanos 6:23

"Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro"

Porque la paga del pecado es muerte. La palabra griega opsonia, traducida aquí por paga, tiene varios significados y se toma alguna vez por la porción o los víveres que se pagaba a los soldados diariamente y mensualmente y que no era muy abundante. Por eso algunos piensan que al comprar San Pablo la muerte a tal cosa lo hace despreciativamente, dando a entender cuán pobre y desgraciado es el salario que reciben los pecadores. Más también parece que desea indirectamente hablar y tasar los apetitos ciegos de quienes se engolosinan y ceban con los atractivos mortales del pecado, ni más ni menos que como los peces se tragan el anzuelo.

Resulta mucho más sencillo entender esta palabra por salario y paga, sin utilizar demasiado. Porque si miramos a la cantidad, ciertamente el salario de los réprobos, que es la muerte, no es pequeño sino muy grande. Esta es como la conclusión y epílogo de la frase anterior, no porque San Pablo la repita superfluamente, sino porque ha querido, redoblando el espanto y el horror, hacernos al pecado mucho más detestable.

Mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Algunos se engañan a entender esta proposición del siguiente modo: la vida eterna es don de Dios, como si la vida eterna fuera el sujeto, y el don de Dios el atributo, pues tal significado no convendría jamás a la antítesis que hace. El Apóstol ya demostró que el pecado no engendra más que la muerte y ahora añade que el don de Dios, es decir nuestra justificación y santificación nos conceden la bienaventuranza de la vida eterna.

De esta manera podemos deducir con seguridad que nuestra salud procede enteramente de la gracia de Dios y de su pura liberalidad. Porque de otro modo hubiera podido decir que la paga de la justicia es la vida eterna, para lograr el encuentro de los dos miembros opuestos de esta frase sin añadir más. Pero tenia en cuenta que obtenemos el don de Dios, de donde lo obtenemos y no de nuestros méritos y que, además, este don no esta solo, sino que comprende dos partes: La reconciliación con Dios, al ser revestidos con la justicia de su Hijo, y la virtud del Espíritu Santo, por la que somos regenerados para santidad. Por eso añade; en Jesucristo para que dejemos a un lado nuestra opinión sobre nuestra dignidad personal.