Bookmark and Share

Comentario VII de Romanos 5: 1, 2

"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo, por quien también tenemos entrada por la fe a esta gracia en la cual estamos firmes y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios"

1. Justificados pues por la fe. El Apóstol comienza haciendo valer y descubriendo por los efectos lo que dijo, hasta ahora, sobre la justicia de la fe. De este modo el capítulo es una ampliación que, sin embargo tiende también tanto a explicar y a aclarar el asunto como a confirmarlo. Y así como antes dijo que la fe es abolida si se busca la justicia por las obras, porque tal cosa no podría producir más que el que las pobres almas no encontrasen nada firme en ellas siendo turbadas por continua inquietud, ahora tornan apacibles y tranquilas después de haber obtenido la justicia por la fe.

Tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. He aquí un fruto notable de la justificación por la fe, pues si alguien desea buscar la paz de su conciencia por las obras (lo que se observa entre las gentes profanas y necias), perderá su tiempo. Porque si el corazón se encuentra adormecido por el menosprecio o el olvido del juicio de Dios, o bien se llena de temores y temblores o encuentra su reposo en Cristo, porque solamente El es nuestra paz.

La palabra paz significa aquí tranquilidad de conciencia originada por el sentimiento de reconciliación y apaciguamiento de Dios hacia ella. El fariseo lleno de orgullo por una falsa confianza en sus obras jamás disfruta de esa paz, como tampoco el pecador estùpido que embriagado con la dulzura de sus vicios no siente inquietud alguna dentro de sí. Porque aunque no parezca que uno y otro luchen abiertamente como aquel que se siente afligido por el sentimiento de su pecado, no obstante, al no acercarse jamás verdaderamente al juicio de Dios no se puede decir que tengan paz con El, pues la estupidez de conciencia es una forma de retroceso y alejamiento de Dios y, por consiguiente, la paz con Dios opuesta a ese estado de la carne que es como una embriaguez. Siempre es fundamental que cada persona se despierte a sí misma para dar cuenta de su vida. Es cierto que jamás el hombre podrá presentarse con atrevimiento hacia Dios, si no se apoya en la reconciliación gratuita. Porque es preciso que todos se espanten y se confundan ante Dios como Juez.

Eso prueba de un modo infalible que nuestros adversarios hablan mucho y fácilmente no haciendo otra cosa que parlotear a la sombra de la olla, según se dice, al atribuir la justificación a las obras; porque la conclusión de San Pablo es que las pobres almas se encontrarán siempre bamboleándose y en incertidumbre si no se reposan en la gracia de Cristo.

2. Por el cual también tenemos entrada por la fe en esta gracia. Por nuestra reconciliación con Dios esta fundada en Cristo, siendo en efecto El, únicamente, el Hijo bien amado, y nosotros, por naturaleza hijos de ira, pero esta gracia no es comunicada por el Evangelio, porque él es el ministerio de la reconciliación y por su medio somos, por así decirlo, introducidos al Reino de Dios. Es pues, muy razonable que San Pablo lo proponga y establezca poniéndonos a Cristo como señal cierta de la gracia de Dios, con objeto de apartarnos mejor y desviarnos de la confianza en las obras.

En primer lugar, por la palabra entrada muestra que el comienzo de nuestra salvación procede de Cristo y excluye todos los medios por los cuales los pobres hombres, mal orientados, creen apoderarse por anticipado de la misericordia de Dios; como si dijese que Cristo se presenta ante nosotros sin mérito alguno por nuestra parte, tendiéndonos su mano.

Inmediatamente después dice que por la continuación de la misma gracia, nuestra salvación permanece firme y estable, queriéndonos indicar que la perseverancia no se basa en nuestra virtud o capacidad, sino en Cristo.

En el cual estamos firmes. Sin embargo al mismo tiempo y al decir que estamos firmes, demuestra cómo el Evangelio debe estar profundamente arraigado en los corazones de los creyentes, para que apoyándose firmemente sobre la verdad, persistan con valor contra todas las maquinaciones del diablo y la carne. Por estas palabras enseñan que la fe no es jamás un convencimiento pasajero sino que debe arraigarse profundamente en los corazones perseverando durante toda la vida. Aquel, pues que en un momento o por una impetuosidad repentina se siente impulsado a creer no posee la fe como para ser contado entre el numero de los creyentes, a no ser que persista constantemente y a pie firme, como dicen, en la vocación que le ha sido ordenada por Dios, manteniéndose siempre unido a Cristo.

Y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. He aquí por qué la esperanza de la vida eterna surge y se atreve a engallarse con la cabeza levantada, pues habiendo alcanzado un buen fundamento se mantiene firme en la gracia de Dios. Lo que San Pablo afirma es que aunque los fieles sean como peregrinos en este mundo, sin embargo, por su confianza y seguridad, viven en los cielos disfrutando apaciblemente de la herencia futura como si ya la poseyesen en sí mismos.

Así son derribados dos desgraciadas y perniciosas doctrinas de los sofistas. La primera, por la cual quieren que los creyentes para sentir y percibir la gracia de Dios se contenten con una conjetura moral, es decir, con una simple imaginación. La otra, por la que se enseñan que nadie puede estar seguro de perseverar hasta el fin. ¡Cielos! pero sin no existe en el presente un firme sentimiento y un conocimiento seguro, ni para el futuro una convicción segura e indudable ¿dónde está aquel que puede gloriarse? La esperanza de la gloria de Dios ha mostrado su claridad sobre nosotros por el Evangelio, porque nos da testimonio de que somos participantes de la naturaleza divina; pues cuando veamos a Dios cara a cara seremos parecidos a El (2 Pedro 1: 4 y 1 Juan 3: 2).