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Comentario II de Romanos 1:16

"Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para la salvación a todo aquel que cree; al judío primeramente, y también al griego".

Porque no me avergüenzo del evangelio: porque es potencia de Dios para salud. Comienza así el Apóstol, tomando la delantera y advirtiendo que no se inquieta por las burlas de los perversos, sino que procura ensalzar la doctrina del Evangelio, para que no parezca menospreciable a los romanos. Ciertamente da a entender que ella es despreciable para el mundo, al decir que no se avergüenza de ella; más por este medio los prepara para sufrir el oprobio de la cruz de Cristo a fin de que no desestimen el Evangelio, cuando lo vean como objeto de las risas y burlas de los inicuos. Pero, por otra parte muestra cuán excelente es para los creyentes; porque en primer lugar, si debemos apreciar la potencia de Dios, ella es la que resalta en el Evangelio, y si la bondad de Dios es digna de ser deseada y amada, el Evangelio es el instrumento de esa bondad. En verdad, pues, debemos honrarlo y estimarlo mucho, sabiendo que el poder de Dios merece tener en gran reverencia y, por otra parte, siendo el Evangelio el camino de nuestra salvación, debemos amarle.

Notemos lo mucho que San Pablo atribuye al ministerio de la Palabra cuando asegura que Dios despliega en ella su virtud para salvar a los hombres; porque el Apóstol no habla aquí de ninguna revelación secreta, sino de la palabra predicada. De donde deducimos que, cuantos rehuyen la predicación, rechazan deliberadamente el poder de Dios, y alejan de sí mismos su mano poderosa extendida para libertarles.

Por lo demás, la predicación del Evangelio no opera eficazmente en todos, sino solamente cuando el Espíritu, dueño del hombre interior, ilumina los corazones; por eso es Apóstol añade: a todo aquel que cree, y en verdad el Evangelio es presentado a todos para la salvación, mas su poder no aparece en todos. Sin embargo aún cuando el sea olor de muerte para los perversos, no es por culpa suya, sino por causa de la maldad humana. Al mostrar un solo camino de salvación echa fuera toda otra confianza, y quienes rechazan esta única salvación se condenan por el Evangelio. Así pues, convidando por igual a todos, el Evangelio, a la salvación, con razón y rectamente puede ser llamado doctrina de salvación, porque presenta a Cristo, cuya misión propia es la de salvar lo que se había perdido; mas quienes rehúsan salvarse por El es menester que lo sientan como juez.

En cuanto a la palabra salud, por todas partes en las Sagradas Escrituras es opuesta a los términos perdición y ruina. Cuando la encontramos en algún pasaje es menester observar de qué se trata en él. Y como el Evangelio nos liberta de la ruina y maldición de la muerte eterna, la salud del Evangelio es la vida eterna.

Al Judío primeramente y después al Griego. Bajo la palabra griego el Apóstol comprende a todos los paganos, y así se entiende por la comparación que hace, pues con estos dos nombres ha querido designar a toda la raza humana. Es verosímil que haya escogido entre todas las naciones a Grecia, como representante de todos los pueblos, porque después de los judíos, esa nación fue la primera en recibir la participación en la Alianza del Evangelio; además, a causa de su proximidad y de su idioma, que era muy conocido, los griegos eran más tratados por los judíos que los demás pueblos. Hay pues, en este modo de hablar, la figura llamada sinécdoque por medio de la cual une a los paganos con los judíos en la participación del Evangelio.

No obstante jamás separa el Apóstol a los judíos del rango y orden en que Dios los puso, porque ellos fueron los primeros en la promesa y vocación; les concede, pues, esta prerrogativa; pero les hace compañeros de los paganos, aunque colocándolos en un grado inferior y secundario.