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20 Siglos del cristianismo - XX

JUAN R. MOTT - TENTATIVAS DE UNIÓN CRISTIANA

En el pueblo judaico se hacía distinción entre los sacerdotes y los profetas. Los sacerdotes velaban por el cumplimiento de la Ley. Eran los custodios de la rica herencia del pasado. Los profetas, por otra parte, hablaban en el nombre del Dios vivo, quien por boca de ellos, dirigían su mensaje a las necesidades de su pueblo, según se presentaban en cada época. Esta distinción entre el espíritu sacerdotal y el espíritu profético, se nota también en la historia del Cristianismo. Hemos visto en los capítulos anteriores a algunos de los profetas cristianos; algunos de aquellos que imbuidos del espíritu de Jesús, adaptaban su mensaje a las necesidades de su era, "no según la ley de un mandamiento carnal, sino conforme al poder de una vida perdurable" (Hebreos 7:16).

Pero los sacerdotes siempre andaban en pos de los profetas, haciendo dogmas de sus dichos y organizando en instituciones sus ideales. Este procedimiento tiene la ventaja de conservar para las nuevas generaciones el mensaje del profeta. Pero casi siempre tiene el inconveniente de ligar estas nuevas generaciones a ideales y costumbres, o instituciones, que si bien eran necesarias y útiles en su tiempo, llagan después solo a retardar el progreso verdadero. De manera que nuevos profetas tienen que levantarse, a quienes pasará lo mismo, y así consecutivamente. De esto resulta que las varias organizaciones que el Cristianismo ha llamado a la existencia, en el transcurso de su desarrollo, aún hoy nos pueden enseñar la historia del mismo, quedando a la vista como unas cuantas capas superpuestas en el monte del desarrollo espiritual de la humanidad.

Las Iglesias orientales: la cóptica, la nestoriana y la ortodoxa, están aún repitiendo el mensaje del Cristianismo del siglo cuarto. Los profetas de este siglo han sido entronizados por los sacerdotes de estas iglesias, quienes se han hecho sordos a los profetas más recientes*. El espíritu profético pasó entonces a la Iglesia romana. Agustín, Gregorio, Tomás de Aquino, Francisco de Asís; ¡he aquí sus profetas! Pero como las iglesias orientales cristalizaron el mensaje cristiano del siglo cuarto; así ha hecho también la Iglesia romana con el mensaje cristiano de la Edad Media, llegando este proceso a su colmo en la declaración de la infalibilidad del papa en 1870. Las varias iglesias protestantes establecidas y protegidas por el estado en Europa, han seguido el mismo camino, cristalizando el mensaje de los grandes reformadores del siglo XVI, y aún se nota igual tendencia en el Metodismo y las organizaciones laicas que después se han establecido.

De modo que el Cristianismo en el día de hoy, presenta el mensaje de Jesús en una variedad infinita de formas. Esto tiene cierta justificación en el hecho de que los hombres a quienes se dirige este mensaje, están en muy distintos grados de civilización y necesariamente tienen que ser enseñados en términos que les sean comprensibles. Pero por otra parte, estas distintas organizaciones heredadas del pasado, tienden a gastar la fuerza de los cristianos en controversias y luchas entre ellos mismos y a impedir que el mensaje de Jesús se dirija libremente a las necesidades del siglo.

La lucha del Cristianismo en este siglo, se dirige contra la filosofía materialista, que remanifiesta por un lado en el campo político: en un comunismo al estilo ruso, que abiertamente y por parte del Estado hace la guerra a toda creencia en un Dios personal y no tolera la religión organizada a lo largo, y por otro lado, en el campo intelectual: difundiendo en las universidades y por la prensa, en nombre de la "Ciencia", un desprecio a toda clase de "creyentes" que son descritos como atrasados, seres inferiores que sólo infundes lástima. Y si esta lucha tiene el Cristianismo que sostener "en casa", por decirlo así, tiene a la vez otro gran conflicto con otras religiones antiguas, como el mahometismo y el budismo, que hoy despiertan de su letargo de siglos, procurando impedir la marcha triunfante de la causa cristiana, usando los mismos métodos de ésta para combatirla. Y tiene también el Cristianismo que hacer frente a una multitud de nuevas religiones, en el presente siglo, no menor que en siglos pasados.

Ante estos problemas urgentes de la actualidad, las diferencias que dividen a los cristianos parecen insignificantes y los caudillos más ilustrados de todas las iglesias están esforzándose para que la Iglesia Cristiana, en todas sus ramas, se una, si no bajo un solo gobierno, a lo menos con un solo propósito de presentar a Cristo y su Evangelio como la única esperanza del mundo. Las diferencias antiguas no se han olvidado, pero parecen de poca importancia ante la gran tarea común que se presenta a los discípulos del Crucificado, en el día de hoy.

El que más que ningún otro de nuestro siglo, ha logrado dirigir la atención de todos los cristianos a esta tarea y así unir los diferentes grupos de cristianos para el cumplimiento de ella, es sin ninguna duda el Sr. Juan R. Mott. La siguiente caracterización tomada de un periódico de hace veinte años, dará una idea de cómo sus contemporáneos lo veían: "Mott tiene la visión apasionada de un Francisco Xavier, el valor y la audacia de un Hildebrando y las cualidades de estadista eclesiástico de un Inocente III. El ha soñado lo que estos hombres soñaron y está realizando sus sueños. Su fe en la obra que hace es una infatuación santificada. Posee las cualidades imperiales en grado superlativo: visión constructiva, determinación ya tención al detalle. Es el mariscal del Cristianismo beligerante en el día de hoy y casi cada sección de la Iglesia cristiana acepta su dirección. Este poder de unificar y coordinar las fuerzas anteriormente desorganizadas y divididas entre sí, es único en su género. ¿A qué Iglesia o denominación pertenece? Yo no lo sé, ha conocido a Mott durante muchos años. A ninguno le da cuidado preguntar, puesto que cada uno sabe que es un hombre demasiado grande para queda entre las limitaciones de una secta. No se puede clasificar a un hombre como éste, que no se ocupa de otra cosa sino de los fundamentales intelectuales, morales y espirituales".

Juan R. Mott nacio en Livingston Manor, estado de Nueva York, el 25 de Mayo de 1865. Aceptó a Cristo en una campaña evangelística de su pueblo y se hizo miembro de la iglesia, siendo aún niño.

Empezó su educación universitaria en una institución que pertenecía a la misma denominación que la iglesia de que era miembro y que se encontraba en el estado de Iowa. Pero llegó el día, cuando sus dudas intelectuales y la coerción de su medio ambiente piadoso, le hicieron salir de este establecimiento. Así fue que se matriculó como estudiante en la Universidad de Cornell, institución laica. En este tiempo se creía ateo y se jactaba de "no tener prejuicios" en cuestiones de moral.

Pero encontró que, aunque había salido de las restricciones antiguas, su conciencia no le dejaba en paz, y él, que había huido de la vida cristiana, luego sintió necesidad de ella y empezó a asistir a las reuniones de la Asociación de Jóvenes Cristianos, de los estudiantes de Cornell. Por ese tiempo un inglés, de apellido Studd, daba unas conferencias a los estudiantes. Mott tuvo varias conversaciones con el señor Studd, quien le dirigió las siguientes palabras, que llegaron a ser la estrella polar de su vida: "¿Buscas grandes cosas para ti mismo? No las busques. Busca primeramente el reino de Dios". Desde entonces, Mott se dedicó al servicio de Dios.

En el año de 1886, Mott fue electo delegado de la Asociación de Jóvenes Cristianos de su universidad, a una convención celebrada durante las vacaciones en Mount Hebron. El mensaje predominante de esta convención de estudiantes, fue referente al deber de los cristianos de dar a todos los habitantes del globo, la oportunidad de conocer el Evangelio de Jesús. Espontáneamente, cien de los delegados dedicaron sus vidas a esta tarea y se formó el Movimiento de Estudiantes Voluntarios para las Misiones en el Exterior; movimiento que llegó a tener sus grupos en casi todas las universidades de Europa y América. Juan R. Mott fue uno de los fundadores de este movimiento y fue su presidente desde 1888 hasta 1920. Como tal, pudo interesar a miles de los hombres más inteligentes de las universidades de América y Europa, en la causa misionera, ahora para ir como misioneros, ahora para sostener esta obra con sus dádivas. Esta organización ha reclutado misioneros de más de cincuenta diferentes denominaciones cristianas y ha servio materialmente para levantar la causa misionera a un nivel más alto, quitándole sus rasgos de sectarismo y haciéndole un servicio, dado en el espíritu del mismo Jesús.

Acabados sus estudios académicos en Cornell, esta universidad le graduó con los honores más altos que está en su poder dar y le ofreció costear sus estudios de filosofía en Europa, durante otros dos años. El pensaba aceptar, pero le vino también una invitación de parte de la Asociación de Jóvenes Cristianos, para encabezar la obra de ésta entre los estudiantes universitarios de Norte América. Dos veces rehusó esta invitación pensando seguir sus estudios en Europa, mas como seguían invitándolo, decidió que su deber era consagrarse desde entonces al servicio cristiano y aceptó el cargo que le fue ofrecido, dedicándose a su nueva obra con un celo ejemplar. A los tres años de haber aceptado este cargo, había visitado todas las partes del territorio norteamericano, desde Nueva Escocia hasta California, llegando a ser uno de los oradores más aceptables para los estudiantes y un verdadero experto en lo tocante a la vida estudiantil.

Después de 9 años de actividad constante entre los estudiantes norteamericanos, Mott ayudó a formar la Federación Universal de Estudiantes Cristianos y desde luego, fue escogido para encabezar esta nueva Federación; cargo que desempeñó hasta 1920. El trabajo que le fue encomendado por la Federación Universal de Estudiantes Cristianos, amplió su campo de acción para incluir al mundo entero y le llevó a visitar los centros de enseñanza superior de todos los países. En la China y en el Japón, miles de estudiantes se convirtieron al Cristianismo por los mensajes de Mott. En Inglaterra, Alemania y Escandinavia, su nombre fue bien conocido por cada estudiante universitario. Su ministerio alcanzó a Rusia, América del Sur, India, Ã�frica, Australia. Dondequiera que habían estudiantes, no tardaba Mott en llegar.

Pero su obra no ha sido, ni es, solamente para los estudiantes. En el año de 1910, todos los cuerpos eclesiásticos del Protestantismo, desde el anglicano de "la Alta Iglesia, a quien sólo le faltaba reconocer al papa para ser romanista, y hasta sin sacramentos, se unieron en la famosa conferencia de Edinburgo, en Escocia, para considerar los problemas más urgentes, con respecto a las misiones para los pueblos no cristianos. Fue Mott quien logró unir en un solo cuerpo a cristianos de tan diversas razas y creencias. Fue Mott quien presidió dicha conferencia, con una admirable firmeza templada en el entendimiento de los hombres. Esta conferencia determinó, entre otras cosas, nombrar un comité que debía de hacer arreglos entre las diferentes iglesias, respecto al campo de acción en sus misiones al exterior. Como era natural, Mott fue escogido para encabezar este comité. Uno podía considerarlo el papa de los protestantes, si no fuera que semejante título da un poder de mando que nunca le ha sido dado y que nunca reclamaría para sí, pues ninguna Iglesia estaba obligada a observar las decisiones del comité que él encabezaba. Reconociendo que él entendía, mejor que ningún otro, los problemas y necesidades del mundo no cristiano, los cristianos de todas las iglesias, voluntariamente aceptaban su consejo para la realización de su programa de evangelizar al mundo entero, durante esta presente generación.

Un hombre de sus cualidades y conocimientos, no deja de tener muchas oportunidades para adelantarse en esferas bien distintas de la religiosa. Así le pasó a Mott. Cuando Woodrow Wilson fue electo presidente de los Estados Unidos en 1912, pensó que Mott, más que ningún otro, reunía los conocimientos, el altruismo y la visión necesarios para interpretar a la naciente República China, las miras benévolas de la democracia americana y ofreció hacerle embajador en ella. Mott consideró la oferta y oró pidiendo la dirección divina. Al fin decidió que el aceptar tal puesto, necesariamente cortaría su libertad de anunciar el Evangelio y prefirió ser embajador de Cristo a ser embajador de los Estados Unidos de Norteamérica, ante la nación más populosa del mundo. Después aceptó dos cargos temporales bajo la administración de Wilson; primero; como miembro del comité de americanos y mexicanos encargado de arreglar las dificultades entre estos países y después, como miembro de la comisión americana mandada en ayuda de los rusos cuado principiaron a establecer su república. Pero estos cargos no apartaron a Mott de su tarea principal, que reconocía como la de predicar el Evangelio de Jesús a toda criatura.

De interés especial para los de habla castellana fue su dirección de la Conferencia de Panamá en 1916 y la de Montevideo en 1925, conferencias en que se trató de la obra cristiana en la América Latina, como varias conferencias regionales en 1940. Todas estas conferencias significaron grandes adelantos para la obra evangélica en nuestros países.

Durante los primeros años de la primera guerra mundial, Mott continuaba sus relaciones amistosas con todos los beligerantes y visitaba a los estudiantes de Inglaterra y Alemania, Rusia y Austria, Francia y Turquía, como había hecho antes, luchando para conservar algo de la buena voluntad que había reinado entre éstos, antes del conflicto. Su tarea se hizo más difícil cada día, como era de esperarse, y con la entrada de los Estados Unidos a la guerra en 1917, le imposible continuar.

Peo se abrió para él un nuevo campo de acción entre los soldados. La Asociación de Jóvenes Cristianos, desde el principio de la guerra, mandó a sus secretarios a establecer centros detrás de las trincheras, donde los soldados podían descansar, escribir cartas y oír el mensaje del evangelio, hasta que les tocaba regresar a la lucha. Viendo que por medio de estos centros los soldados se apartaban de las tentaciones, que sólo podían debilitar su eficacia, los gobiernos prestaron su apoyo a esta obra; aún el gobierno francés, generalmente conocido como opuesto a todo movimiento religioso, pidió que se establecieran para sus soldados. A Mott le fue encomendado este trabajo, cuya magnitud se puede entender cuando se recuerde que bajo su dirección se juntó, en ofrendas voluntarias para esta obra, no menos de 260,000,000 de dólares. En reconocimiento de sus servicios en este ramo, el gobierno de Francia le hizo Caballero de la Legión de Honor y el de los Estados Unidos le concedió una medalla por servicios distinguidos.

Acabada la primera guerra mundial, la tendencia de nuestro siglo hacia la unidad se manifestó en la organización de la Liga de las Naciones, patrocinada por aquel gran cristiano Woodrow Wilson, y en numerosas conferencias internacionales de las iglesias entre sí. La Conferencia de Edimburgo, que Mott logró reunir, ha servido de modelo para muchas otras.

Ente ellas, debemos hacer mención de la Conferencia de Estocolmo, convocada por el rey de Suecia en conmemoración de haberse cumplido 1600 años desde el Concilio de Nicea. En 1925 se reunieron en la capital de Suecia representantes de todos los grupo cristianos, incluyéndose esta vez las iglesia orientales u ortodoxas, poniéndose por tarea principal definir las tareas sociales del Cristianismo. El único grupo cristiano de importancia que no participó en esta conferencia, fue la Iglesia Católica Romana, que a pesar de las enseñanzas de Jesús y del espíritu del siglo, persiste en llamarse la única Iglesia cristiana verdadera.

Otra conferencia de importancia se reunió en Lausan, Suiza, bajo el título de Conferencia Mundial de Fe y Orden, que procuró un acercamiento de las diferentes iglesias cristianas, en cuanto a la doctrina y organización.

También debemos hacer mención del gran Congreso que se reunió en Jerusalén, durante la Semana Santa de 1928. En éste, tuvieron representación las nuevas iglesias fundadas como consecuencia de la obra misionera en Asia, Ã�frica y América del Sur, al lado de las iglesias más antiguas. Este congreso se propuso definir nuevamente la tarea cristiana ante la vida del mundo de entonces. Juan R. Mott fue electo presidente de este congreso y a pesar de las canas que coronaban su cabeza, presidió con su acostumbrado vigor e imparcialidad. De este congreso se formó un concilio misionero internacional, en que tienen representación cincuenta y un países y que Mott fue llamado a dirigir como presidente.

Estos esfuerzos culminaron en la organización de un concilio mundial de iglesias cristianas, inmediatamente después de la segunda guerra mundial, que hoy (1956) tiene varios años de funcionar y ha hecho mucho para unir los pensamientos de los cristianos. En todos estos movimientos Mott tuvo una parte determinante. Al fin, en 1953 terminó la jornada a la edad de 85 años y siendo activo hasta el fin en la obra cristiana.

Aquí dejamos a Mott y aquí acaba nuestra tarea, pues hemos trazado a través de los siglos la influencia de Jesús y su Evangelio hasta el día en que escribimos. No somos profetas para pronosticar el futuro, pero después de mirar al pasado, podemos afirmar, sin peligro de equivocarnos: que no ha habido época en la historia del mundo, en que el Cristianismo haya ejercido tanta influencia como en el día de hoy. Cuando oímos decir que el Cristianismo ha fracasado porque ha permitido la guerra, vemos en este mismo dicho el crecimiento de los ideales evangélicos, puesto que en siglos pasados a muy pocos se les ocurrió pensar que le tocaba al Cristianismo evitar las guerras. El llamado racionalismo del día de hoy a veces asusta al convencido cristiano, como también las numerosas sectas que continuamente nacen y vuelven a morir. La libertad de que goza el mundo hoy en materia de religión, ha dado lugar a la expresión de mucho que antes no se decía en voz alta. Pero la historia nos enseña que el racionalismo siempre muere ante la fe* y que el espíritu de Jesús siempre rompe los diques del sectarismo para manifestarse en nuevo poder. El racionalismo y las sectas no son cosa de hoy ni de ayer. Siempre han existido, y el Cristianismo verdadero siempre los ha vencido y nunca más en el día de hoy, cuando millares de los más ilustrados aceptan humildemente a Jesús, como maestro y cuando los mismos gobiernos, sean cuales fueren los verdaderos motivos de sus acciones, se encuentran siempre en la necesidad de hablar el lenguaje cristiano y aceptar los principios enseñados por Jesús, como vigentes para su vida, procurando incorporarlos en la organización de las Naciones Unidas. Todo esto y mucho más nos hace pensar, que hasta ahora Jesús empieza a demostrar su poder y que al fin llegará el día en que se cumpla la profecía del mismo, cuando dijo: "Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos traeré a mí mismo" (Juan 12:32)