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20 Siglos del cristianismo - XVIII

JUAN WESLEY: EL PIETISMO PROTESTANTE

Con la paz de Westfalia, los protestantes consiguieron la libertad de cultos que la tiranía de Roma pretendía quitarles, y así también la tranquilidad necesaria para desarrollar en toda su plenitud sus potencias latentes. Desde su principio, el protestantismo ha encerrado dos tendencias que podemos designar: como el Racionalismo y el Pietismo. En este siglo estas dos tendencias se desarrollaron. Los racionalistas procuraron someter a la razón todas las creencias religiosas. Sus efectos no son del todo malos en ninguna manera, pero tienden siempre a secar esas fuentes de vida espiritual, de donde brotan la comunión con Dios y la fe firme y celosa en la persona y mensaje de Jesús. En lugar de acercarse a Dios por medio de Jesús, los racionalistas suelen ocuparse de la filosofía y la ciencia, hasta apartarse a veces enteramente de la vida y del punto de vista religioso. El pietismo, por otra parte, da lugar al libre desarrollo de la fe en el hombre y enseña a conocer a Dios por experiencia directa. Muchas veces fomenta la estrechez y fanatismo. De manera que el hombre religioso está en la constante necesidad de vivificar su razón por su fe, mientras que templa su fe por su razón. Estas dos tendencias que existen en toda religión, llegaron a ponerse en abierta lucha en el protestantismo del siglo XVIII, en todos los países en donde la Reforma había, sido adoptada. El contraste fue más notable en Alemania, pero es Inglaterra el país de que pensamos ocuparnos, principalmente, en este capítulo.

La separación de la Iglesia anglicana de la romana, se debía más bien a la rebeldía de Enrique VIII contra el papa, que su deseo de remediar abusos eclesiásticos, o alcanzar la pureza de la enseñanza evangélica. Así la Reforma inglesa carecía en gran parte del fervor espiritual que animaba a los protestantes de Europa continental. Pero en Escocia, las predicaciones de Juan Knox entrañaban una reforma espiritual, bien distinta del carácter político que revestía la Reforma inglesa. No faltaban también en el seño de la misma Iglesia anglicana, fieles testigos de la verdad evangélica, a los cuales señalaron con el nombre de puritanos. Estos fueron perseguidos por sus mismos hermanos protestantes de la Iglesia anglicana, a causa de sus doctrinas independientes y la estricta moralidad que observaban. Tal fue la persecución, que muchos emigraron al Nuevo Mundo, estableciendo numerosas colonias que habían de formar el núcleo de la gran república norteamericana. Los reinos de Inglaterra y Escocia llegando a unirse bajo un solo soberano (Jacobo I, 1603), los anglicanos ritualistas pretendieron imponer a los escoceses presbiterianos, su liturgia y sus oraciones rezadas. Los escoceses se rebelaron abiertamente contra tal imposición, dando origen a una sangrienta guerra entre presbiterianos y anglicanos. Con a revolución encabezada por Oliverio Cromwell (1643), y que fue un triunfo para los puritanos, las luchas religiosas cesaron y se estableció una verdadera libertad de cultos. En el reinado de Carlos II, que siguió al gobierno de Cromwell, se quitó el sostenimiento oficial a los pastores puritanos, pero por otra parte se facilitó la formación de las varias iglesias independientes, que desde entonces han existido al lado de la Iglesia anglicana oficial en Inglaterra.

Así es que el protestantismo se había establecido definitivamente en Inglaterra y había aprendido a tolerar las diversas prácticas y creencias que en el mismo existían, cuando nació Juan Wesley, en el año 1703, siendo el decimoquinto hijo de Samuel Wesley, párroco anglicano del pueblo de Wpworth. Su madre era una mujer de piedad no fingida y de mucha fuerza de carácter. Se cuenta de ella que estando su esposo en Londres por algún tiempo, ella no estaba satisfecha con las predicaciones del ministro que le substituía interinamente, y se dedicó personalmente a enseñar a la familia, los domingos por la tarde, en su propio hogar. Al principio, asistían a estas reuniones solamente los de la familia y la sirvienta. Pero ésta, luego pidió permiso para que asistiesen sus padres, luego éstos para que asistiesen otros amigos y así sucesivamente, hasta que llegó a formarse un auditorio de más de doscientas personas. El pastor interino, se quejó de esto y amenazó con acción judicial, pues una ley antigua prohibía semejantes reuniones conventículas. A pesar de esto, la madre de Wesley las continuaba, sintiéndose llamada de Dios para servirle de esta manera. También su padre, al tener noticia de lo ocurrido, no quiso evitar estas reuniones. Considerando el tiempo, semejante valor y consagración de una madre de familia, demuestran un carácter y piedad poco comunes. Tal era la madre, pues, que dirigía los pensamientos de Juan Wesley en su niñez.

A la edad de doce años, Wesley pasó a una escuela preparatoria en Londres, y terminados los estudios en ésta, entró en la Universidad de Oxford para cursar los estudios teológicos, esperando seguir la carrera de un pastor anglicano al terminarse éstos. Pero cuando llegó esta época, sus profesores habían reconocido en él a un hombre de talentos especiales y le hicieron "fellow" de la Universidad; es decir, le dieron una beca para seguir sus estudios a costa de la Universidad. Fue en este tiempo cuando se fundó el llamado "Santo Club", siendo Wesley mismo uno de los fundadores. Este Club se constituía de algunos estudiantes de la Universidad, que se unieron con el deseo de alcanzar mayor santidad de vida. Con este fin, practicaban el ayuno, dormían en el suelo y se sometían a otras molestias por el estilo. También visitaban mucho a los enfermos y a los prisioneros, no tanto con la idea de ayudarlos o consolarlos, porque creían que el sufrimiento que estas visitas les causaba, ayudaría para darles mayor santidad.

En esto de estar visitando a los enfermos, Juan Wesley conoció a Jorge Whitefield. Este había crecido en una taberna, pero muy joven se había fugado de su casa. Yendo en busca de trabajo un día, tuvo ocasión de oír a un predicador anglicano y el discurso de éste le interesó de tal manera, que quiso desde ese momento ser predicador, y encaminó su vida a fin de realizar su deseo. Al fin logró entrar a la Universidad de Oxford, donde a la vez que estudiaba tenía que trabajar para ganar su sustento, sirviendo la mesa a otros estudiantes. Whitefield también fue recibido como miembro del "Santo Club". Pero desde luego se notó que el nuevo socio no estaba del todo de acuerdo con los demás, puesto que Whitefield se opuso al ascetismo de sus compañeros, diciendo que todo esto era inútil, toda vez que Cristo había pagado, una vez por todas, la deuda del pecado; y que a cambio de esta vida introspectiva, y egoísta en su fondo, debía vivirse una vida que fuera fecunda en bienes para nuestros semejantes, anunciando el Evangelio de la Gracia.

Juan Wesley quedó en la Universidad de Oxford, hasta cumplir los treinta años de edad. Por aquel entonces, un lord inglés que estaba formando la colonia de Georgia en la América del Norte, lo invitó para trabajar en su ministerio en dicha colonia, y mirando en esta invitación un llamamiento del mismo Dios, Wesley aceptó el cargo y embarcó con dirección al Nuevo Mundo. Durante este viaje tuvo ocasión de conocer a algunos creyentes de la Iglesia morava, que iban en la misma embarcación. Vio desde luego, que una perfecta concordancia reinaba entre ellos y pudo observar, que por ningún motivo se disgustaban entre sí. Vio también que en el peligro demostraban mucha sangre fía. Wesley admirado por esta vida de fe y confianza en Dios, trató de averiguar su causa, pero como él no hablaba el alemán ni ellos el inglés, no pudieron entenderse.

Al llegar a América, Wesley se puso a predicar una moral muy estricta. Los colonos de Georgia, aventureros en su mayor parte, sólo se reían de él, y no le hacían caso. Viendo que sus esfuerzos eran inútiles con los blancos, Wesley trató de evangelizar a los indígenas pieles rojas. Pero no pudo aprender su idioma y se desanimó por lo que le decían por medio de intérpretes: que ellos no querían ser cristianos, puesto que habían visto que los blancos que profesaban esta religión, pegaban a sus mujeres, se emborrachaban y hacían muchas otras cosas que su propia religión pagana les señalaba como malas.

Después de sólo dos años de vivir en América, con el espíritu decaído por el poco éxito de su labor misionera, Wesley decidió volver a su patria. Durante todo el viaje, reflexionó sobre la inutilidad de sus esfuerzos y empezó a pensar, que si no había podido convertir a ninguno, tal vez la razón era que él mismo no se había convertido. Pasó la mayor parte del tiempo leyendo la Biblia y orando al Señor. Un día divisó en lontananza un barco que iba a América. Mucho tiempo después, supo que en ese barco hacía la travesía al nuevo mundo su antiguo colega del Santo Club, Jorge Whitefield, quien en su misión americana obtuvo un resultado bien distinto al de Wesley, pues multitudes se convirtieron por sus predicaciones.

Al llegar a Inglaterra, Wesley contrajo relaciones de amistad con un alemán de la iglesia morava, con quien tuvo muchas conversaciones sobre la salvación y por ellas llegó a entender que muchos cristianos habían llegado a sentir el perdón de los pecados, como experiencia viva, no como resultado de un ascetismo riguroso, sino como una gracia divina obrando en sus corazones. Un hermano de Juan Wesley, llamado Carlos, llegó a tener esta experiencia por aquel tiempo, y unas semanas después, el mismo Juan, mientras escuchaba en una reunión una lectura de Lutero, que trataba de la justificación por la pura gracia de dios, mediante la fe en la muerte expiatoria de Cristo, sintió que había nacido de nuevo y alcanzó el gozo y el consuelo que sólo da el Omnipotente.

Por supuesto, al tener tal experiencia, Wesley empezó a hacer referencia a ella en sus predicaciones, aconsejando a sus oyentes; que debían de desearla firmemente y orar a Dios que les concediese esta dicha también a ellos. Este mensaje no fue del agrado de los ministros anglicanos, compañeros suyos, quienes empezaron a prohibirle el uso de sus templos. Viendo sus esfuerzos frustrados otra vez, determinó conocer mejor el movimiento pietista de Alemania, antes de seguir su ministerio en Inglaterra, y fue a visitar la colonia moraba que se había establecido bajo los auspicios y en el territorio del conde Zinzendorf.

Zinzendorf y los hermanos moravos le recibieron con amor, y él pudo ver que había una especie de vida comunal entre los cristianos de aquella colonia. Cada uno de los miembros de ella tenía su trabajo especial, de acuerdo con los hermanos en la fe y con el objeto de servir a la comunidad en general; la confraternidad más grande reinaba en todas sus relaciones; gozaban de una libertad perfecta en sus cultos, pues cualquiera de ellos, sin ser pastor graduado, podía dirigirse a sus compañeros. Por otra parte, observó el gran celo misionero que distinguía a esta colonia, que invertía odas sus ganancias en las misiones que mandaba a todas partes del mundo. Demás está decir que Wesley quedó sumamente complacido por estas cosas, y escribió a su hermano: "Dios me ha concedido al fin estar con una iglesia cuya conversación está en los cielos, en la cual mora la mente de Cristo y que anda como él anduvo".

Al regresar a Inglaterra, Wesley encontró la misma oposición antigua a que él predicara en las iglesias anglicanas. Pero otro campo de servicio cristiano se le presentó. Jorge Whitefield había regresado de América ardiendo con el deseo de anunciar el mensaje del Evangelio en Inglaterra como había hecho en el Nuevo Mundo. El, como Wesley, encontró muy pocas oportunidades de hablar en las iglesias anglicanas y decidió predicar al aire libre. Empezó este trabajo en el distrito minero de Bristol donde los obreros de las minas estaban casi olvidados por la iglesia oficial. La primera vez que predicó al aire libre asistieron 1000 oyentes, la segunda 2000 y antes de terminar su campaña evangelizadora había predicado a más de 20,000 personas de una vez.

No pudiendo Whitefield acudir a todos los lugares donde luego lo invitaron a predicar de esta manera, llamó a Juan Wesley en su ayuda para que quedara en el distrito de Bristol mientras que él acudía a otras partes. Así comenzó la gran campaña de predicación popular que llevaron a cabo estos dos personajes, y en la cual fueron ayudados después por muchos individuos de buena voluntad. Wesley continuó este método durante cincuenta años, dirigiendo la palabra por término medio de cuatro a seis veces diarias y llegando a pronunciar 42,000 predicaciones antes que terminara su ministerio.

En tanta actividad debían de ocurrir incidentes interesantes. Se dice que una vez cunado predicaba cerca de una plaza de toros, soltaron uno de estos con el propósito de disolver la concurrencia. A pesar de la bulla causada por los brincos del animal entre los concurrentes, Wesley siguió se sermón. Cuando el toro llegó cerca de la mesa donde éste estaba, se paró y quedó como hipnotizado oyendo la voz del predicador. Otra vez un párroco de la iglesia anglicana mandó el coro de su iglesia para que cantara el Salmo 119, que como se sabe tiene 176 versos, en las inmediaciones del lugar donde había de predicar, esperando así ahogar la voz de Wesley. Otra vez, cuando estaba de paso un domingo en su pueblo natal, se esperaba que predicara en la iglesia y todo el pueblo se reunió. El vicario, lejos de invitar a Wesley a predicar, aprovechó la oportunidad para atacarlo en el sermón. Los amigos de Wesley anunciaron a todos los que salían de la iglesia que por la tarde Wesley iba a predicar en el cementerio. Así fue. A la hora señalada, se paró sobre el panteón de su padre y predicó más de una hora, conquistando la atención y admiración de todos por su sinceridad y su elocuencia. Muchas veces le arrojaron frutas, huevos podridos, aguas fétidas y otras inmundicias. Pero siguió su obra con energía y firme convicción.

El cambio en las costumbres del pueblo, obrado por las predicaciones de Wesley y de Whitefield, fue notable. Miles de borrachos abandonaron su vicio; mujeres chismosas pusieron freno a su lengua y multitudes empezaron a guardar el día de descanso, que antes lo habían profanado. El número de los convertidos creció rápidamente, y pronto comenzaron a organizarse en congregaciones gobernadas por reglas muy estrictas de conducta, prohibiéndose hasta al baile y la asistencia a los teatros. Wesley no les dio, sin embargo, ningún nuevo credo o forma de doctrina, contentándose con estos preceptos para la vida práctica. Estas diversas congregaciones comenzaron a relacionarse recíprocamente y a comprar locales para sus cultos. Constituyeron el principio de la Iglesia metodista, que tanto desarrollo ha tenido por el mundo entero, en los tiempos modernos.

Penoso es recordar que el crecimiento de esta nueva Iglesia no pudo consumarse, sin disputas entre ella y los moravos. Estas eran sin embargo, cuestiones secundarias de poca importancia. Más seria fue la controversia que estalló en el mismo seno de la Iglesia metodista, entre sus fundadores Whitefiel y Wesley. Whitefield sostenía que la salvación alcanzada una vez por la gracia no puede perderse; mientras que Wesley sostenía lo contrario. Además Whitefield sostenía que el hombre nunca puede alcanzar la perfección en esta vida; mientras que Wesley aseguraba que el creyente puede esperar en la existencia terrenal una "segunda gracia", por santificarse completamente ante los ojos de Dios. Estas controversias dieron lugar a que se separasen Whitefield y sus partidarios, para fundar la Iglesia Metodista Calvinista.

Conforme pasaban los años, el nuevo movimiento que en su principio había atraído principalmente a la clase proletaria, llegó a contar en su número a personas de mayor distinción social, y hasta a algunos miembros de la alta nobleza de Inglaterra. Guiando el desarrollo de su Iglesia y predicando constantemente, Wesley alcanzó los 70 años que el Salmista señala al hombre, pero su vigor no decayó. El mismo nos cuenta que a los setenta años su vista y sus nervios eran mejores que a los treinta; y que a los setenta y tres, podía predicar mejor que a los veintitrés. Llegó a ver sepultados a todos sus primitivos compañeros en la obra, pero una nueva generación de jóvenes luchadores, vino a sustituir a los viejos que habían bajado a la tumba. Entre ellos debemos mencionar a Rowland Hill y a Juan Newton; este último había sido traficante de esclavos negros antes de convertirse.

A la edad de ochenta y un años, Wesley aún trabajaba activamente, haciendo viajes a pie y en la nieve, hasta de cuatro leguas, mientras predicaba cuatro o cinco veces diarias. A los ochenta y tres años fue a Holanda para dirigir una campaña evangelística. A los ochenta y seis años, menciona que un día que sólo predicó dos veces, lo tuvo como "un día de descanso". Pero al fin, esta heroica divulgación del Evangelio tuvo el término natural, y el 23 de febrero de 1791, cuando ya tenía 88 años, Wesley predicó su último sermón. Al día siguiente cayó enfermo y pocos días después murió cong ran paz del alma y confiando plenamente en que su Maestro a quien había servido con tanta fidelidad le recibiría en el hogar celestial. Su último mensaje a sus hermanos fue este: "No desfallezcáis, Dios está con nosotros". Así terminó su carrera el que supo más que ningún otro de su siglo llevar a los pecadores a Jesús, "el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo".