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20 Siglos del cristianismo - XVII

GUSTAVO ADOLFO, EL CRISTIANO COMO GUERRERO

La Reforma protestante tuvo una influencia profunda sobre la misma Iglesia romana. En primer lugar, influyó en la purificación de sus costumbres, y la hizo definir con más claridad sus dogmas, cosa que sucedió en el Concilio Tridentino en los años 1542-1545, 1563-1564. Pero por otra parte, dio lugar a la reformación de nuevas instituciones para la defensa de la fe católica. La Inquisición fue fortalecida, y entre las nuevas órdenes monásticas, se formó la llamada Compañía de Jesús, o sean "los Jesuitas". Esta sociedad fue fundada con el objeto de convertir a los mahometanos a la fe cristiana, pero fue cambiada por el papa en un instrumento para contrarrestar la Reforma Evangélica en Europa. En Baviera tuvo éxito especial; y en otros países logró retardar o destruir el progreso de las ideas reformistas.

En el mismo año de la Paz de Augsburgo (1555), Carlos V renunció a su cetro para retirarse a un convento. Su hijo Felipe II quedó en el trono de España y de los Países Bajos, y luego empezó una cruel persecución en estos últimos países, tanto, que todos los protestantes se rebelaron y después de medio siglo de guerra, conquistaron la independencia de Holanda con la religión protestante reconocida por el Estado. En Francia, la oposición al nuevo movimiento llegó a su apogeo la noche de la matanza de San Bartolomé, en 1572, en la cual perecieron por lo menos 50,000 personas en el escaso término de 48 horas. Pero esto no acabó con los protestantes, sino al contrario, bajo el mando de Enrique de Navarra se rebelaron contra el rey de Francia y formando un partido muy fuerte defendieron sus derechos. Enrique, por razón de parentesco, fue coronado rey de Francia y con el objeto de contentar al pueblo católico recibió la comunión de la Iglesia romana; sin embargo, después, no pudiendo olvidar su primer amor por la religión evangélica, en el Edicto de Nantes (1598), garantizó los derechos civiles y religiosos de los protestantes. En Inglaterra, después de un corto tiempo de persecución, bajo María (la Sangrienta), casada con el mismo Felipe II de España, la Reforma quedó implantada en el reinado de Isabel y sus sucesores. Carlos V no había podido poner a su hijo Felipe II como emperador alemán, quedando en vez de él Fernando I. La paz de Augsburgo no fue satisfactoria ni a los protestantes ni a los católicos, pero vivieron los dos bandos sobre esta base por espacio de unos cincuenta años.

Dirijamos ahora nuestra vista a Suecia, donde nació en el año de 1594, el héroe del protestantismo en el siglo XVII: Gustavo Adolfo.

Suecia había aceptado la Reforma luterana durante el reinado de Gustavo I, fundador de la dinastía de Vasa. Se dice que cuando aquel gran hombre estaba moribundo y no podía hablar, hizo señas de que quería escribir y empezó su último mensaje al pueblo, con estas palabras: "Mejor morir cien veces que abandonar el Evangelio", entonces le faltaron las fuerzas, no pudo escribir más y cayó muerto.

Pero en 1567, cuando su hijo Juan subió al trono de Suecia, los jesuitas empezaron a conquistar al país. Este rey se casó con una princesa católico-romana, de Polonia. La reina insistió en que su hijo Segismundo fuera educado en la fe católica y este príncipe resultó ser, con el tiempo, rey de Polonia, y a la vez, heredero del trono de Suecia. Los esfuerzos de los jesuitas de convertir a Juan y a Suecia al catolicismo, habían sido estériles, y ellos tenían ahora toda su esperanza puesta en su hijo, que iba a tomar el trono después de la muerte de Juan. El rey Juan murió al fin en 1590. Segismundo, su hijo, estaba entonces en Polonia, y un tío de éste, hermano menor del rey Juan, que se llamaba Carlos, quedó de regente. Después de tres años, Segismundo vino a reclamar el trono. El pueblo temía a un rey católico, y para asegurar su libertad en el Evangelio, hizo votos, por medio de su Parlamento, para ayudar a Carlos en cualquier acción que fuera necesaria, para mantener la confesión de Augsburgo. Pero Segismundo, siguiendo los métodos de los jesuitas, por quienes había sido educado, siendo luego instrumento de ellos, juró defender la religión del pueblo de Suecia. Pero luego quebrantó su juramento; fundando escuelas católicas, nombrando gobernadores católicos, y hasta dio fondos del gobierno para edificar iglesias católicas, donde el pueblo no quería otra religión que la evangélica.

Por fortuna regresó a Polonia después de un año de estar en Suecia, y no pudo evitar que Carlos fuera nombrado otra vez regente. Pero nuevamente los jesuitas trabajaron en el ánimo de Segismundo, dando por resultado que hizo planes para regresar a Suecia con tropas polacas, para imponer la religión católica a la fuerza. Cuando llevó su invasión a cabo, el pueblo, al mando de Carlos, se rebeló y habiendo ganado la campaña a Segismundo, hicieron prometer a éste mandar las tropas extranjeras a su patria y sostener la religión evangélica. Pero cuando vieron que no cumplía esta condición, al año siguiente el pueblo lo depuso, y en el año 1604 nombró a Carlos y a sus descendientes, con tal que fueran protestantes, como reyes de Suecia. Gustavo Adolfo era hijo de Carlos y tenían diez años cuando su padre fue coronado como rey.

Se le acostumbró desde muy joven a las cosas del Estado. Hablaba siete lenguas desde su niñez. Su padre le escribió un día: "Sobre todas las cosas teme a Dios, hijo mío, honra a tu padre y a tu madre, trata con ternura a tus hermanas, ama a los que me han servido fielmente, recompénsalos según sus méritos; muestra bondad hacia tus súbditos, castiga el mal, pon confianza en todos los hombres, pero enteramente, sólo en los que has venido a conocer bien".

En este tiempo, empezó la llamada Guerra de los Treinta Años. Su principio fue así: la ciudad libre de Donauworth, en Baviera, había aceptado la Reforma oficialmente; el emperador Rodolfo, exigía que los bienes de la Iglesia católica quedaran a ésta y que no se prohibiera la práctica de la misma. Entonces, un día del año 1606, los católicos salieron de su iglesia con una procesión, la cual los protestantes desorganizaron. Por esto, el emperador puso a la ciudad bajo el bando del imperio y el rey de Baviera, Maximiliano, tomó la ciudad, anexándola a su reino y prohibiendo el culto evangélico. Previendo más dificultades, los protestantes formaron la "Unión Protestante" (1608), y los católicos siguieron su ejemplo con la "Liga Católica", el año siguiente.

El emperador, no queriendo guerra, pensó aplacar a los protestantes extendiendo materialmente sus derechos en Bohemia; pero después, en el reinado de Matías, éste quiso negar los mismos derechos dados por su hermano a los bohemios y rehusó el permiso para edificar un templo protestante. La Unión Protestante intervino entonces, para garantizar los derechos de los suyos, en el año de 1618, ayudando a los bohemios a levantar una revolución contra su rey, a consecuencia de la cual fue depuesto este soberano; invitando los bohemios al elector Federico de la Palatina, que era uno de los más conspicuos personajes representantes del protestantismo, a tomar aquel alto puesto; cargo que aceptó con mucho gusto, pero contra el consejo de sus amigos.

Ya en el año de 1611, Carlos IX de Suecia había muerto, y el joven príncipe Gustavo Adolfo, de diez y siete años, tomó sobre sí el cargo de dirigir el gobierno. Fue heredero de una gran guerra contra Dinamarca, la cual terminó con buen éxito para su país, en el año de 1613, haciéndose una paz duradera, porque Gustavo ya no se vio en la necesidad de sacar la espada otra vez, contra el rey de un país que también era protestante. Pero no pudo vivir en paz, porque al año siguiente (1614) estalló una guerra contra Rusia, que le ocupó durante tres años y que condujo a una paz sumamente favorable para Suecia, pues Rusia le cedió las provincias de Ingria y Carelia.

La guerra entre los protestantes y católicos había ya comenzado en Alemania, pero el rey de Suecia no intervino, por estar otra vez en guerra contra Polonia, y también porque los protestantes de Alemania estaban defendiéndose con éxito.

La guerra de los Treinta Años puede calificarse como el último esfuerzo del catolicismo para esclavizar a la Europa que estaba a medio libertar; pero el motivo de la lucha no era solamente por esto, pues juntamente con el móvil religioso había un móvil político. Fernando II quiso hacer al imperio alemán muy fuerte. Por esto algunos príncipes, como Maximiliano de Baviera, que eran buenos católicos, dejaron a dicho emperador, a veces sin ayuda porque temían que su victoria no significaría tanto un éxito del catolicismo, como nuevo poder para Fernando, poder que ellos no querían. Por esto se comprende también por qué Francia, siendo miembro de la Liga Católica, fue el instrumento que al fin aseguró la victoria de los protestantes. Como queda dicho, los protestantes ganaron al principio, pero en el año 1620, el elector Federico, rey de Bohemia, fue expulsado de Praga. Este, como hemos dicho, era también Elector de la Palatina inferior, o sea la parte de Alemania alrededor de Heidelberg, y de la Palatina superior, cuya ciudad principal era Nurenberg, y por esta parte sus territorios estaban adyacentes al reino de Bohemia. Así pues, Federico tenía bastantes recursos y aunque perdiendo, seguía la guerra sólo, hasta el año 1625. Pero le iba de mal en peor. Después de perder el reino de Bohemia, el emperador le quitó la Palatina superior y los españoles, poco a poco, se fueron apoderando de la Palatina inferior. Así es que tres reinos, hasta entonces protestantes, cayeron en manos de los católicos, siendo víctimas del fanatismo de éstos, y rehusándoseles el permiso de predicar libremente su religión. Todos los bienes eclesiásticos de los protestantes fueron confiscados y no podían celebrar sus cultos sino a escondidas.

Al ver las cosas como iban, progresando a favor de los católicos, Gustavo Adolfo hizo todo el esfuerzo para unir a los poderes protestantes: Dinamarca, Holanda, Inglaterra, los Electores de Sajonia y Brandenburgo con Francia, para quebrantar el poder de España y del emperador.

Hubo mucha discusión entre los poderes protestantes, pero al fin, Dinamarca, Inglaterra y Holanda entraron a la guerra, para defender a los protestantes alemanes, sin querer aliarse con Gustavo Adolfo. Esto fue en el año 1625. El rey de Dinamarca comenzó la campaña bien, pero en dos años había perdido todo, ante el famoso general imperialista Tilly, quien no contento con rechazar la ofensiva de su enemigo, tomó posesión del ducado de Schleswing-Holstein, perteneciente al reino de Dinamarca.

También los estados de Mecklenburgo y Pomerania, que profesaban la fe evangélica, quedaron en poder de los católicos. Así pues, con estos dos países, eran ya seis los estados protestantes que, desde el principio de la guerra, habían pasado al poder del enemigo.

Los católicos estaban de plácemes y demostraban sus intenciones más claramente, alentados con el éxito que hasta entonces habían obtenido, publicaron un tratado, diciendo: que la época del absolutismo había llegado y que había "que convertir a Europa a la fe católica a viva fuerza". A donde quiera que llegaban prohibían el culto evangélico, imponiendo sobre principados protestantes, príncipes y religión católicos, contra el deseo de los habitantes. La situación era grave y toda la Europa protestante vio que Gustavo era el único que podía salvar su causa.

Gustavo Adolfo, desde que fue invitado por los poderes protestantes, quiso aceptar el mando supremo del movimiento contra la Liga Católica y el emperador; pero la opinión pública de su país, que no veía más allá de los sucesos que se estaban desarrollando, no quería conceder su asentimiento para una intervención a favor de los correligionarios beligerantes, porque no creía amenazado a su país ni a su religión. Pero Gustavo, en un hermoso discurso que pronunció ante el Parlamento, hizo ve que era preferible, por medio de un movimiento ofensivo, llegar hasta el enemigo, antes que éste se anticipara a llevar la guerra hasta las playas de Suecia, pues era seguro que después de vencer a los demás beligerantes, la Liga Católica procuraría destruir un país eminentemente protestante, como era la Suecia.

Por este tiempo los ejércitos católicos estaban sitiando la ciudad protestante de Stralsund. Gustavo dirigió su primer golpe contra estos ejércitos sitiadores, librando la ciudad.

Desde el principio, su campaña fue una serie no interrumpida de triunfos, y a donde quiera que llegara, sus correligionarios oprimidos le saludaban como a su salvador. Aunque temerosos del engrandecimiento del poder de Gustavo, los príncipes protestantes le ayudaron, y así su ejército crecía continuamente.

A los católicos les entró gran miedo por aquellos triunfos, y hasta oraron en su letanía a Dios, para que los librara del "Diablo y de los suecos". El ejército del emperador había vivido del botín y del robo, y así tenía en su contra a la misma población católica. Gustavo al contrario, dio órdenes explícitas contra tales tropelías y fusilaba a cualquier soldado que las infringía. Así ganaba la confianza de las mismas poblaciones católicas, cuyos cultos legítimos nunca prohibió.

Gustavo, no pudo llegar a tiempo para salvar a la ciudad de Magdeburgo, que los imperialistas estaban sitiando. Cayó desgraciadamente esta ciudad y fue destruida completamente por los romanistas; pero poco después, sí logró entablar un combate con el general Tilly, cerca de Leipzig.

Gustavo dio la voz de: "Dios con nosotros", grito de combate que todavía usan los alemanes, y la batalla se libró, ganándola gloriosamente Gustavo y sus protestantes aliados.

De allí continuó su marcha al Sur, tomando la fortaleza de Marienburgo, donde los católicos habían depositado grandes cantidades de municiones y pertrechos de guerra, pensando que la fortaleza era inexpugnable por haber sido bendecida por la Virgen. Restauró la religión protestante dondequiera que había existido antes y confiscó los bienes de los jesuitas. De Leipzig pasó a Frankfurt del Mein, Augsburgo, Works y Espira, y de allí a Nurenberg, Donauworth y llegó a Munich.

Regresando a Nurenberg, su buena suerte cambió y de repente se halló sitiado en dicha población. Su esfuerzo para librar la ciudad y quebrantar la fuerza del enemigo fue vano, y al fin se resignó a retirarse; pero aunque el ejército imperialista era el victorioso, estaba tan debilitado por la lucha y el hambre, que no pudo tomar la ciudad de Nurenberg. Una vez afuera, la confianza volvió al corazón de Gustavo. Volvió y salvó al pueblo de Nurenberg, de los católicos y la gratitud de los habitantes fue tan grande, que se pusieron de rodillas ante él. "Ah", dijo Gustavo: "ahora me honran como si fuera Dios mismo y Dios seguramente me castigará por permitir tal adoración; sin embargo, yo creo que El sabe que no me deleito con tales honores, y no permitirá que mi obra fracase, suceda lo que sucediere con mi persona, puesto que todo es por la gloria de su santo nombre".

En fin, cerca de Lützen, los ejércitos imperialistas y los de los protestantes, se encontraron cara a cara. Dos horas antes de amanecer, el rey mandó sonar los tambores. El ejército, por regimientos, oyó reverentemente la lectura de la Biblia y las oraciones de los capellanes, y entonces entonaron el himno de Lutero: "Castillo fuerte es nuestro Dios", y otro de Gustavo: "No desmayes, pequeño rebaño". A continuación Gustavo cayó herido mortalmente*. La caballería del enemigo le alcanzó y preguntándole su nombre, él respondió: "Yo soy el rey de Suecia, que hoy sella la religión y libertad de Alemania con su sangre". El duque Bernardo de Weimar había sido designado por Gustavo para tomar el mando, si él cayera.

Un general, viendo a Gustavo muerto y la primera línea de infantería deshecha, dijo: "no hemos perdido la batalla hasta el punto de no poder retirarnos en buen orden". Bernardo le regañó, diciéndole: "¡Retirada!, el tiempo para esto ya pasó, ahora la venganza". La batalla continuó todo el día, con varias alternativas favorables a uno y otro bando, pero al anochecer, los suecos hicieron un gran esfuerzo y derrotaron a los imperialistas completamente.

Aquella noche, unos finlandeses del ejército de Gustavo, que se habían apoderado de su cadáver, arrebatándolo al enemigo en cuyas manos había caído, cubiertos con sus armaduras y a caballo, asistieron a la pequeña capilla de un pueblo cercano, oyendo al maestro de escuela leer el rito sencillo de entierro de los luteranos, y ¡la carrera de Gustavo había terminado!

Es grande la diferencia entre Gustavo y aquel humilde Hijo del Hombre, a quien se esforzaba en servir. El uno rey, el otro carpintero; el uno con grandes ejércitos que le servían, el otro con doce discípulos, algunos traidores; aquel vengando a sus hermanos oprimidos, éste enseñando el amor al enemigo. Pero al fin, Gustavo se cuenta, con razón, entre los grandes cristianos de la historia.

El, como su Maestro, conceptuó el bien de sus hermanos como de más importancia que su bien propio; él, como su Maestro, murió por librar a la humanidad de la esclavitud y por darle la libertad gloriosa del Evangelio.

Después de la muerte de Gustavo, en 1632, la Guerra de los Treinta Años continuó por espacio de dieciséis años más; pero las ventajas ganadas por Gustavo, en pro de la causa de los protestantes, no se perdieron; y al fin, con la ayuda de Francia, se hizo la Paz de Westfalia en 1648, que garantizó a los protestantes el libre ejercicio de su religión. Desde entonces, no ha habido otra gran guerra religiosa entre los cristianos. Pero si la libertad venció al fin a la tiranía, y la tolerancia al fanatismo, se debe más que a ningún otro, a aquel gran hombre que vio que el bien de su país, estaba estrechamente ligado con la causa protestante de toda Europa; y que usó su gran talento, no para engrandecer su propio reino, en primer lugar, sino para librar a sus hermanos oprimidos y para dar su vida en sacrificio por ellos. "Nadie tiene mayor amor que el que ponga su vida por sus amigos".