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20 Siglos del cristianismo - XVI

MARTIN LUTERO: LA REFORMA PROTESTANTE

Mientras Savonarola, en el centro del mundo civilizado, batallaba por la pureza de la moral y las creencias cristianas, crecía en las selvas teutónicas un niño, que más tarde había de realizar el sueño de éste y llevar a cabo la obra colosal de la reforma del Cristianismo. Se llamaba Martín Lutero. Nació en Eisleben, Alemania, en 1483, de padres de humilde condición, que sin embargo, se empeñaron por la educación de su hijo. Acabados los estudios elementales en su pueblo, pasó un año en una escuela de Magdeburgo y después fue a Eisennach a un colegio de los franciscanos. La pobreza de sus padres lo obligó a vivir como "estudiante pobre", es decir, recibiendo albergue libre y pidiendo limosna a los ricos. En Eisennach encontró protección en la familia Cotta, que se interesó por él, hasta el punto de ofrecerle un hogar en su casa*.

En el año 1501, Lutero estaba listo para entrar en la Universidad de Erfurt, centro entonces de la vida intelectual de Alemania. Su padre había prosperado en su oficio de marinero y resolvió hacer de Martín, su hijo, un abogado. Progresaba en sus estudios hasta el año de 1505, cuando repentinamente dejó la carrera de la abogacía para entrar en el Monasterio de los Agustinos, en Erfurt**. Hay varias leyendas que explican este cambio inesperado, pero lo único que sabemos de los escritos del mismo Lutero es que ciertas "dudas" respecto al estado de su alma, le impulsaron a tomar los votos monásticos. Estas dudas le atormentaban aún después de entrar en el convento. Se sentía pecador y anhelaba el perdón de Dios. No encontraba lo que su alma deseaba, en las costumbres y prácticas monásticas, a pesar de cansar a sus superiores con sus continuas confesiones y de castigar su cuerpo con un ascetismo riguroso. Desengañado de estas cosas, se dedicó al estudio de las Sagradas Escrituras, una copia de las cuales había encontrado encadenada a un pilar de la biblioteca de la Universidad. De estas y de las explicaciones de un anciano hermano, del monasterio, llegó a entender que el perdón de Dios no se alcanza por las penitencias y "buenas obras", sino simplemente por aceptar el perdón que su amor ha previsto.

Así, después de dos años de lucha, su alma encontró la paz que anhelaba.

Más o menos en el año 1510, sus superiores mandaron a Lutero a Roma, para desempeñar allí una comisión del convento. El había esperado encontrar en el sumo pontífice y su corte, modelos de virtud cristiana y quedó sorprendido y horrorizado, al contemplar la corrupción que existía en los lugares que él creía verdaderamente santos. Sin embargo, consideró necesario seguir las costumbres de los peregrinos en Roma, y así, entre otras cosas, subió la "escalera santa" (que se cree transportada por manos de ángeles, de Jerusalén a Roma) de rodillas y diciendo un padre nuestro en cada escalón.* Repentinamente recordó la declaración del profeta Habacuc, citada después por el apóstol Pablo: "El justo vivirá por su fe", y le ocurrió que todas aquellas penitencias y todos esos rezos forzados, no valían absolutamente nada.

Sin embargo, no pensó de sí sino como fiel hijo de la Iglesia romana, y al regresar a su convento en 1512, recibió el título de Doctor de la Sagrada Escritura, en su Universidad de Erfurt, y aceptó el profesorado de teología en la recién fundada y pequeña Universidad de Wittenberg.** Al principio de su actividad como profesor, Lutero enseñaba la misma teología que había aprendido en Erfurt. La única diferencia entre él y los demás profesores, era de que él basaba los dogmas en la experiencia, más bien que en los principios filosóficos o autoridad del papa o de la Iglesia. Pero poco a poco vino a entender que era imposible reconciliar sus principios con los de la teología antigua. Así pasaron cinco años.

En 1517, llegó cerca de Wittenberg un fraile llamado Juan Tetzel, recogiendo dinero para acabar la construcción de la iglesia de San Pedro en Roma, dando indulgencias en cambio, con autorización del mismo papa y del arzobispo de Mainz. Tetzel afirmaba que cada vez que se oía sonar el dinero al caer en la caja de recaudación, se libraba un alma del purgatorio. El pueblo entendía que se compraba, no sólo el perdón de los pecados, sino aún el derecho de pecar durante unos días futuros; doctrina que soltó todos los lazos de la moralidad. Lutero conoció el desastroso efecto de la venta de las indulgencias, por medio del confesionario, e indignado escribió sus famosas 95 tesis, clavando lo escrito en las puertas de la iglesia del castillo de Wittenberg, un día antes del de "Todos los Santos", para que fueran leídas por los que llegaran a la celebración de este día.

En estas tesis, sostuvo que el papa no podía absolver sino de los castigos que él mismo hubiera impuesto, y que éstos no se extendían más allá de la muerte, que la absolución del sacerdote se debe a los penitentes y que no es indispensable que éste la dé. Más valen las obras de piedad y misericordia. Pregunta: por qué el papa no libra a todas las almas de una vez del purgatorio, si es que de veras tiene este poder, movido de compasión por sus sufrimientos, en lugar de sacarlas poco a poco por dinero. Estas tesis, luego precipitaron una gran discusión, que aumentó en intensidad durante tres años. En este tiempo, Lutero se alejaba paulatinamente del dogma católico-romano, mientras su comprensión de las grandes verdades evangélicas se aclaraba cada vez más. Vino a reconocer como verdaderos cristianos a algunos, como Wycliffe y Huss, que la Iglesia había condenado por herejes; y aún llegó al extremo de criticar severamente unas resoluciones de papa y concilios, alegando que éstos, como humanos, podían errar. Llegó a basarse en las Sagradas Escrituras y en la razón convincente, como las únicas autoridades a quienes debía de reconocer el cristiano.

El papa, después de permitir la discusión durante tres años, vio que no era posible convencer a Lutero, y pensó hacerle callar por la fuerza, una vez que no había logrado hacerlo con argumentos. En 1520 lazó al mundo la bula de excomunión, condenando 41 de las tesis de Lutero y ordenando a todos los magistrados, que si no se retractaba dentro de sesenta días, que le prendieran y le entregaran a Roma.

Durante los tres años de discusión, grandes masas del pueblo y muchos de los príncipes alemanes, habían reconocido en Lutero a aquel que podía salvarlos del yugo y de la corrupción romana. Así, no tenía él por qué temer. Publicó un folleto contestando lo que él llamaba "la bula del Anticristo", y el 10 de Diciembre de 1520, en una plaza a la orilla del pueblo de Wittenberg, ante una asamblea compuesta de profesores de la universidad, estudiantes y otras muchas personas, quemó la bula con el libro de la ley canónica y otros escritos romanistas.*

Por este tiempo, después de muchas negociaciones diplomáticas, fue aceptado como emperador de Alemania el Rey español, con el título de Carlos V. Era éste un joven monarca, enérgico y desapasionado, y algunas veces en esta época, bastante transigente en cosas religiosas. Al subir al trono imperial vio con alarma que una gran parte de sus súbditos habían aceptado la doctrina de Lutero, y que el imperio estaba en graves dificultades con el papa, como consecuencia. Con la esperanza de arreglar algo, invitó a Lutero a que compareciese ante la Dieta de Works, bajo su protección. Este obedeció, y durante el viaje que hizo en un carro abierto de campesino, fue predicando en todos los pueblos que halló a su paso, siendo recibido por grandes muchedumbres que se llenaron de entusiasmo por su causa. La víspera de su llegada a Works, un canciller del príncipe Federico, su amigo, le recordó el fin trágico de Juan Huss, quien también había confiado en la palabra de honor de un emperador, y sin embargo había sido quemado vivo. A esto contestó Lutero: "Huss ha sido quemado pero no la verdad con él. Iré, aunque se dirigiesen contra mí tantos demonios como tejas hay en los tejados".

Al llegar a works se presentó ante la Dieta, compuesta por el mismo emperador y sus ministros, altos prelados, sacerdotes, nobles y príncipes del Imperio y doctores de las universidades. Le mostraron sus libros y le preguntaron si los reconocía como de su propiedad. A esta pregunta les contestó que sí. En seguida le leyeron algunos pasajes de estos mismos libros y le preguntaron si se retractaba de lo escrito. La presencia de tantas altas personalidades en la asamblea, hizo desfallecer un tanto el carácter enérgico de Lutero, quien al oír la tremenda pregunta que le hicieron, pidió un día de plazo para contestarla. Ese día lo pasó en oración en su cuarto, pidiendo que Dios le diera pode para confesar su error, si había error en él, o para mantenerse firme, si lo que había dicho era verdad. Al comparecer nuevamente ante el tribunal al día siguiente, y al repetírsele la pregunta, contestó que no se retractaba mientras que no se probase con argumentos basados en las Sagradas Escrituras, o en rigurosa lógica, que sus doctrinas eran falsas. Al exigírsele una respuesta final y categórica, acerca de su retractación, dijo: que su conciencia no le permitía retractarse. "Aquí estoy, no puedo obrar de otra manera, ampárame Dios, Amén". Salió en seguida de la asamblea sin que fuese molestado, y luego emprendió camino para Wittenberg, bajo el mismo salvoconducto del emperador, mientras que éste, en consejo de ministros, acordó ponerle bajo el bando del imperio. Mientras Lutero seguía el camino para Wittenberg se encontró con un escuadrón de caballeros que le apresaron y le llevaron al Wartburgo, castillo inexpugnable de la Turingia.* Estos eran unos de sus mismos partidarios, que se valieron de ese acto para ponerlo en un lugar seguro. Allí pasó un año, tiempo que empleó en hacer una traducción del Nuevo Testamento al alemán.

Aún estando en el Wartburgo, Lutero tuvo noticias de unos desórdenes entre sus mismos partidarios, quienes en su celo por la Reforma, habían empezado a romper imágenes y destruir altares. Al saber esto, decidió salir del Wartburgo para ir a corregir estos desmanes y predicar una Reforma más transigente. Manifestó su decisión a su ilustre huésped, y éste le hizo ver lo arriesgado de su empresa, pues estando bajo el bando del imperio, era deber de cada súbdito fiel del emperador, matarlo. Lutero contestó: que si cayera, sería con Cristo y que él preferiría caer con Cristo, que estar de pie con el César. La salida no le fue impedida y con pocas predicaciones logró calmar los ánimos de los iconoclastas.

El tiempo que siguió, lo empleó en escribir tratados en defensa de la fe evangélica. En menos de un año había escrito 183 folletos y obras religiosas.

Una de sus principales controversias fue contra Enrique VIII de Inglaterra, quien había escrito contra Lutero, repitiendo las declaraciones de concilios y papas, sin ninguna solidez filosófica. Por esto él, que después se separó de la iglesia romana, recibió del papa el título de "Defensor de la Fe". Lutero pulverizó todos sus argumentos y llegó al extremo de llamarle "un asno con corona".

Una lucha parecida sostuvo con Erasmo. Este era uno de los más notables hombres de su época por su erudición. También deseaba la Reforma de la Iglesia, pero no se atrevió a separarse de Roma. El papa le obligó a que atacara a Lutero, y lo hizo, dirigiéndose contra la doctrina luterana de la predestinación. Pero era más bien una controversia de personalismos, en que Lutero echó en cara a Erasmo su falta de sinceridad y Erasmo trató a Lutero de grosero y fanático campesino.

Los príncipes alemanes fueron fieles a la Reforma y rehusaron entregar a Lutero al papa, como éste les exigía en 1522 y también en 1524. En el año 1525, Lutero contrajo matrimonio con Catarina von Bohra, quien había sido monja y con otras varias había escapado de su convento, y llegaron a pedir la protección del iniciador de la Reforma. Algunos historiadores aseguran que la separación de Lutero de la Iglesia romana fue motivada por su deseo de casarse; deseo que no podía satisfacer como ministro de esta organización. Esta aseveración no puede ser más infundada. Hemos visto el desarrollo de circunstancias que causó su separación, culminando en su excomunión en 1520. No pensó en casarse sino hasta en el mismo año de 1526, cuando la Reforma estaba bien establecida por una gran parte de Europa. Tomó esta resolución súbitamente, pensando que tal vez no iba a vivir mucho tiempo y que antes de morir, deseaba dejar un ejemplo que hiciera patente que los pastores de la Iglesia no tienen ningún obstáculo para fundar hogares honradamente. Este suceso, como era de suponerse, hizo aún más profundo el abismo que separaba la nueva Iglesia de Lutero, de la antigua romana. Muchos afirmaban que de este matrimonio de un fraile hereje, con una monja renegada, tenía quehacer el Anticristo.

Así como los campesinos ingleses, en tiempo de Wycliffe, se insurreccionaron contra la nobleza; rebelión debida, aunque indirectamente, al espíritu de libertad y de justicia que las doctrinas evangélicas habían sembrado en el pueblo; así mismo en tiempo de Lutero, los campesinos alemanes se levantaron contra sus príncipes. El gran Reformador comprendió, que si bien era cierto que aquel movimiento era justo, no podría engendrar más que la anarquía del país, y por esto, en bien del mismo pueblo, se puso del lado de los príncipes, lanzando sus predicaciones a los rebeldes para que respetaran a las autoridades constituidas, y a éstas para que hicieran justicia. Pero ni el poder de la palabra de Lutero pudo evitar una guerra amarga, entre los príncipes y sus súbditos, en la cual éstos al fin perdieron.

Desde el edicto de Works (1521) hasta el año 1555, la política del imperio alemán estuvo en una gran incertidumbre. El emperador Carlos V mantuvo su residencia en España, y es muy natural que por esto no pudiera gobernar inteligentemente a un país tan lejano, como lo era la nación teutónica. Aunque Carlos V es considerado como uno de los monarcas más católico-romanos de la historia, sin embargo, la incertidumbre de su política respecto a la Iglesia, llegó hasta el grado de apresar al mismo sumo pontífice, después de haber atacado a Roma por medio de un ejército, que en su mayor parte se componía de luteranos.

En el año 1529, se reunió en Espira una conferencia con el objeto de arreglar los asuntos religiosos, que tan profundamente afectaban el imperio, y en ella se dispuso que en todos los lugares donde ya se había establecido la doctrina evangélica, se diera libertad para que continuara; pero que en las regiones donde no se había establecido, se prohibiera en lo absoluto la propaganda anti-romanista. Los príncipes alemanes evangélicos protestaron contra esta disposición y ésta es la razón histórica por la cual se ha denominado "Protestantes" a todos los partidarios de la nueva Iglesia.

La conferencia de Augsburgo, en 1530, queriendo zanjar las dificultades que se habían suscitado entre ambos bandos religiosos, atizó más las desavenencias que había entre ellos, dando lugar, como resultado final, a una liga que se formó entre los príncipes protestantes contra la soberanía de Carlos V. a causa de esto, comenzó una larga guerra entre este emperador y la alianza de los príncipes referidos.

Alemania, Holanda, Dinamarca, Noruega, Suecia e Inglaterra aceptaron la Reforma Evangélica iniciada por Lutero, y la Liga Alemana procuró ensancharse en una Liga de las naciones protestantes. Para esto, se creyó necesario alcanzar la unidad doctrinal entre todos los partidarios de la Reforma. Desde dos años antes de que Lutero comenzara abiertamente su rebelión contra el poder de Roma, se había comenzado ya una Reforma independiente en Suiza, bajo la dirección de Zwinglio. Este movimiento no estaba en completo acuerdo con el que iba dirigido por Lutero, por tener algunas diferencias doctrinales; y por esto, los príncipes interesados organizaron la conferencia de Marburgo, entre Lutero y Zwinglio, como principales, juntamente con algunos de sus partidarios. El asunto más importante se refería a la doctrina de consubstanciación que defendía Lutero. Según éste, después de la bendición sacerdotal, había en el pan y el vino, además de sus propias substancias, efectivamente el cuerpo y la sangre de Cristo. Zwinglio no quiso aceptar esta doctrina, bajo ningún concepto, y aseguraba que la Santa Cena no era más que una comida simbólica y recordatoria del sacrificio de Cristo.

Así, todos los esfuerzos de los príncipes, para asegurar la unidad confesional entre los partidarios de la Reforma, fracasaron, pero los protestantes no dejaron de defender sus derechos, junta y separadamente.

En el año 1546 murió Lutero. Los últimos años de su vida habían sido de cuidados y amarguras, pero su muerte fue la de un cristiano que, como Pablo, había peleado la buena batalla; había guardado la fe y esperaba el galardón que el Señor, el Justo Juez, le daría en aquel día.

En el mismo año, la guerra que estaba latente entre protestantes y católicos, estalló en una realidad desconsoladora. Los protestantes perdieron primero y el emperador dictó leyes provisionales que no gustaron ni a los unos ni a los otros; pero en 1552, los protestantes ganaron una campaña contra el emperador, lo cual le obligó a convocar al fin la Dieta de Augsburgo en 1555, en la cual se hizo la paz, por la famosa sentencia: "Cujus regio ejius religio", lo cual quiere decir: que cada príncipe en el imperio alemán tenía que escoger entre el catolicismo y el protestantismo, y que sus súbditos tenían que adoptar la religión de sus respectivos príncipes.

Mientras esto pasaba en Alemania, Calvino estaba sentando la base de la Reforma del protestantismo, que lleva su nombre, en Ginebra, ciudad que sirvió como centro para la propaganda reformista en la Europa latina.

La rebelión contra Roma, comenzaba en Inglaterra en el reinado de Enrique VIII, vino a ser bajo Eduardo VI, su hijo, un movimiento abiertamente protestante en sus doctrinas y prácticas. En cuanto a Francia, la propaganda de la Reforma se desarrollaba a pesar de las persecuciones rigurosas de que era objeto. En Italia y en España, también habían aparecido unos destellos de la nueva luz, pero pronto fueron apagados por la Iglesia, antes de que alcanzaran grandes proporciones.

Así pues, Lutero tuvo la dicha de ver en vida a más de media Europa, adhiriéndose a la Reforma de que él había sido tan importante y elocuente vocero, y el éxito alcanzado para la restauración de la verdad evangélica se debe, después de Dios, a su valor, fe y perseverancia.