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20 Siglos del cristianismo - XV


SAVONAROLA: EL CRISTIANISMO Y EL RENACIMIENTO

El Concilio de Constanza (1415-1418), que condenó la enseñanza de Wycliffe y decretó la muerte de su principal discípulo, Juan Huss, también logró poner fin al cisma en la Iglesia romana, deponiendo a los dos papas rivales y nombrando a Martín V, como aquel a quien todos los cristianos debían de reconocer. Este Concilio acordó muchas reformas, pero todo quedó más o menos como antes. La Iglesia seguía en su carrera de corrupción e imponencia. Pero a pesar de todo, había verdadera piedad en algunos corazones. De este siglo viene la "Imitación de Cristo". Por Kempis, libro en que todos los cristianos han encontrado gran provecho espiritual.

El siglo que ahora describimos, es uno de gran importancia en la historia. En él se inventó la "imprenta" y la "brújula" del marinero. En él se descubrió América, y en él (1453), Constantinopla cayó en poder de los turcos; y el Imperio Oriental, que había sobrevivido a las vicisitudes de los reinos durante más de mil años, terminó su existencia. Este imperio había heredado la cultura griega, y había podido seguir su desarrollo sin sufrir los atrasos que las invasiones de los bárbaros habían causado en Italia. Pero al caer Constantinopla, los filósofos y literatos no podían esta más con su antigua libertad, y en su mayor parte emigraron a Italia, trayendo consigo sus bibliotecas y esparciendo la cultura griega en los lugares donde llegaron a habitar. Esto resultó en un resurgimiento de los estudios clásicos y de la literatura griega en Italia. Las letras se separaron del eclesiasticismo con que habían estado unidas en la Edad Media. Se volvía a lo pagano con cierto gozo, al encontrar que también los antiguos habían sido hombres de idénticos sentimientos. Los príncipes, y aún la misma Iglesia, apadrinaban la nueva erudición que vino a ser "de moda". Este movimiento se conoce como "Renacimiento".

En el año 1452 nació Girolamo Savonarola. Era nieto del médico del príncipe de Ferrara, en Italia. Creció en la atmósfera del Renacimiento, dedicándose muy joven al estudio de la filosofía. Pero siendo de una naturaleza muy sensible y rechazado en un amor juvenil, dirigió sus pensamientos a la religión y entró en un monasterio dominicano.

El periodo de 1464 - 1503 se reconoce en la historia como el de los "papas malvados", y con sobrada razón. El papado cayó a casi el mismo nivel en que había estado en los siglos X y XI. Noticias de esta corrupción llegaron al joven Savonarola en su convento y su corazón ardía por remediarla. Después de unos años de vida tranquila, pasados en meditación y oración en el monasterio, sus superiores le dieron su consentimiento para que predicase.

Al principio, sus sermones no tuvieron buen éxito. Hablaba en la terminología del escolasticismo, sin que le entendieran sus oyentes. Pero no continuó así. Dejó la teología por la religión; y a Aristóteles por la Biblia. Lentamente creció en el poder de expresarse y de conmover a sus oyentes. A la edad de veintiocho años (1481), fue mandado por sus superiores a Florencia, donde ingresó al monasterio de San Marcos (*), centro famoso por sus antigüedades y el rigor de su disciplina.

Florencia, entonces, aunque república de nombre, obedecía a Lorenzo de Médicis (el Magnífico) como a un dictador. Este usaba los fondos del Estado para sus extravagancias privadas, y vivía una vida depravada. Pero patrocinaba las artes y las letras y gozaba de cierta popularidad.

Al establecerse en el convento de San Marcos, Savonarola tomó el cargo de instruir a los novicios. Su ardiente celo por la justicia de Dios influyó poderosamente en estos. Se sublevó contra la corrupción de los papas Sixto IV e Inocente VIII, que hacían la guerra a los estados italianos, para conquistar reinos para sus hijos, y que habían hecho de la corte papal un punto de citas de rameras y libertinos. Savonarola no expresó solamente a sus alumnos la indignación que sentía, también en una convención de su orden en Reggio, habló con una claridad que asustó mucho a sus hermanos. En esta asamblea y en predicaciones que hizo en varios pueblos de Italia por este tiempo, afirmó que la Iglesia iba a ser castigada y regenerada. Dondequiera fue saludando por inmensos auditorios y durante la Cuaresma de 1491, sus predicaciones fueron trasladadas a la catedral de Florencia, por ser la Iglesia del convento demasiada pequeña para los que querían oírle.

Pero no se limitó a exponer la corrupción del clero, sino también lanzó anatemas contra la tiranía de Lorenzo el Magnífico. Este, esperando cambiar el ánimo del predicador con su presencia asistió a las predicaciones y mandó grandes cantidades de dinero al monasterio del cual Savonarola había sido nombrado abad de esos días. El dinero fue aceptado y distribuido a los pobres, y Lorenzo recibió una contestación que decía: "un perro fiel no deja de ladrar en defensa de su maestro, porque le echan un hueso". Savonarola continuó sus predicaciones y profetizó en el púlpito y en presencia del mismo Lorenzo, que éste, el rey de Nápoles y el papa, iban a morir dentro de poco por sus pecados. Y en verdad, al poco tiempo "el Magnífico" se encontraba moribundo como tantos de su tiempo, Lorenzo, bajo la apariencia de cultura guardaba un alma supersticiosa. Al encontrarse cerca de la muerte, llamó a un sacerdote y se confesó y recibió la absolución pero su alma seguía atormentada. Recordando la sinceridad de Savonarola, pensó que la absolución de éste le valdría más que la del sacerdote que lo había absuelto y lo mandó a llamar. Lorenzo le explicó que tenía tres pecados que deseaba confesar: el haber saqueado al pueblo de Volterra, el haber robado fondos destinados como dotes de huérfanas, echándose así a cientos e niñas a la prostitución y el haber tomado sangrientas represalias por una revolución levantada contra él. Savonarola le contestó: que tres eran también las condiciones de su salvación. Primera: "fe en la misericordia de Dios en Cristo". "La tengo" contestó Lorenzo. Segunda, dijo Savonarola: "devuelve tu dinero mal adquirido o encarga a tus hijos hacerlo". El Magnífico no esperaba condición tan dura, pero prometió cumplirla. "Y ahora" exclamó Savonarola, levantándose sobre el moribundo: "tienes que restaurar sus libertades al pueblo de Florencia". Lorenzo al oír esto, volvió las espaldas sin dar respuesta y poco después murió rebelde hasta el fin. Tres meses después, el papa Inocente VIII murió también. Por supuesto, la muerte de estos dos personajes, inmediata a la profecía de Savonarola, elevó mucho su fama en la opinión popular.

Rodrigo Borgia compró el papado, sin ninguna vergüenza a la muerte de Inocente, y ascendió a la dignidad de Vicario de Cristo, bajo el nombre de Alejandro VI. Este llevó sus hechos vergonzosos al extremo de procrear con su propia hija Lucrecia. Poco después de la elección del nuevo papa, Savonarola tuvo una visión de una cruz negra que se levantaba de Roma y otra cruz de oro que se levantaba de Jerusalén, la primera, era la cruz de la ira de Dios y la segunda, era de la misericordia divina. El hecho de que contó esta visión al pueblo, en una predicación, desagradó a Pierro de Médicis, quien había quedado como gobernador de Florencia, a la muerte de su padre, Lorenzo y logró que se mandase a Savonarola a Bolonia, donde continuó sus predicaciones.

Pero al poco tiempo estaba de nuevo en Florencia, con una orden del papa, haciendo del convento de San Marcos una congregación independiente y así, fuera del dominio de Perro. Establecido de nuevo como abad de su monasterio, predicó una serie de sermones sobre el Arca de Noé, profetizando la próxima venida de un conquistador que había de castigar a Italia. Al poco tiempo se cumplió esta profecía también con la venida de Carlos VIII, rey de Francia, para invadir los estados italianos.

Pierro de Médicis al oír esta noticia, fue inmediatamente al campamento del rey de Francia, e hizo un tratado ignominioso de paz con éste, cediéndole todas las fortalezas más importantes de la república. El pueblo se llenó de indignación por este acto de cobardía y antes de que Pierro regresara se declaró la república, libre de aquel tirano. Savonarola y otros embajadores del pueblo, fueron a explicar esta acción al rey de Francia y a hacer una paz con él por parte de la república florentina. Esta paz, una vez concluida, se constituyó en una especie de alianza, que muchas veces estuvo a punto de romperse, pero que Savonarola supo mantener firme durante algunos años. Savonarola tomó una parte principal en la formación del nuevo gobierno de Florencia, estableciendo una verdadera democracia, de conformidad con la enseñanza cristiana. Su programa incluía cuatro divisiones: 1ª. - Predicar el temor de Dios y la reforma de las costumbres. 2ª. - Poner el bien público con preferencia sobre cualquier interés particular. 3ª. - Perdonar a todos los enemigos del gobierno anterior. 4ª. - Hacer que el pueblo entero eligiera sus magistrados y formara sus leyes. Savonarola pudo ver realizadas todas estas reformas, sin verter una sola gota de sangre. El pueblo entero estaba conmovido de amor al bien y la justicia, por la elocuencia de este insigne predicador. Las mujeres dejaron sus joyas y vestidos lujosos, jóvenes que habían sido esclavos de nefandos vicios,, se transformaron en hombres piadosos, se oían himnos en las calles, en lugar de los cantos obscenos de tiempos anteriores y se veían en las tiendas y plazas a las gentes, en sus ratos desocupados, leyendo la Biblia o los sermones de Savonarola. Banqueros y comerciantes devolvieron sus ilícitas ganancias y todos asistían con frecuencia a las iglesias. Esta reforma de costumbres llegó a su colmo en los días de carnestolendas, en 1497, cuando siguiendo los consejos de Savonarola, en lugar de las engrías acostumbradas en este tiempo, se hizo un montón de objetos de vanidad en la plaza central. Allí se juntaron máscaras, vestidos de carnaval, pelucas, postizos, libros obscenos, etc., y al canto de himnos piadosos, se quemó todo aquello.

Pero el nuevo gobierno tuvo sus dificultades. En la misma Florencia, si bien es seguro que el pueblo en general (los piagnone) favorecía a Savonarola y a la república; siempre había un partido fuerte que deseaba el regreso de Pierro de Médicis (los bigi) y otro que resistía el puritanismo de Savonarola y que deseaba el libertinaje de antes, bajo cualquier gobierno que fuera (los arrabbiati). También los príncipes de los demás estados italianos, viendo un peligro en la república, para ellos mismos, trataban de regresar a Pierro de Médicis a su antiguo poder. El mismo papa tomó parte en estas conspiraciones, valiéndose de su poder como superior de Savonarola, para prohibir a éste seguir sus predicaciones, esperando que la república cayera si éste dejaba de hablar. Savonarola obedeció por un tiempo, dedicándose a escribir libros y tratados. Su obra literaria es considerable. Trata de filosofía, ramo en que el no queda en nada atrás de los mejores filósofos de su época; de teología, en que asienta la doctrina de la salvación por la fe, no por las buenas obras y de la vida cristiana, basando ésta en la enseñanza de la Biblia, más bien que en tradiciones y costumbres.

Entre sus libros, debe mencionarse: "El Triunfo de la Cruz", que presenta a su autor como evangélico y protestante, sin lugar a duda.

A repetidos ruegos de los ciudadanos de Florencia, se consiguió el permiso del papa para que Savonarola predicase en la Cuaresma de 1496 y el sumo pontífice, pensando cohecharle, junto con el permiso le ofreció a Savonarola el birrete de cardenal. En lugar de aceptarlo, Savonarola dirigió sus sermones, en esta cuaresma, directamente contra el papa y el sistema de penitencias de la Iglesia romana. "Dios no quiere ayunos, sino que evitéis el pecado en lustra vida. Huid de Roma, porque Babilonia significa confusión y roma ha confundido las Escrituras, confundido la virtud con los vicios, confundido todo. Huid de Roma y venid al arrepentimiento". Con estas o semejantes palabras exhortaba al pueblo. Su fama creció. De Alemania, Inglaterra y Francia, llegaron cartas preguntando acerca de la nueva enseñanza. El mismo sultán de Turquía mandó traducir los sermones de Savonarola a su idioma.

El papa le mandó que callase otra vez, pero en este tiempo, la "muerte negra" hacía sus estragos en Florencia y las predicaciones de Savonarola parecían necesarias para tranquilizar el ánimo del pueblo. La mayor parte de los ciudadanos huyeron de la ciudad; pero Savonarola quedó predicando a los afligidos, cuidando a los enfermos y consolando a los moribundos. El papa no toleró más esta desobediencia y lo excomulgó. Poco tiempo después, el hijo mayor del papa fue muerto por un hermano suyo, a causa de amores que ambos tenían con su propia hermana Lucrecia. Por primera vez en su vida, Alejandro VI pareció conmovido y arrepentido. Sabiéndolo Savonarola, excomulgado como estaba, le escribió una carta llena de simpatía y buenos consejos. El papa le dio las gracias con mucha sinceridad, pero pasado el primer dolor volvió a su mal camino y amenazó a Florecia con el interdicto, si no obligaba a Savonarola a callar. Los florentinos querían a Savonarola, pero el interdicto significaría la confiscación de los bienes de ellos, repartidos por todo el mundo y la ruina del comercio de que vivía la ciudad. Por un tiempo, las autoridades se mantuvieron firmes. Savonarola continuó sus predicaciones y escribía cartas a los emperadores y reyes de Europa, incitándolos a llamar a un concilio general para deponer al papa. Casi todas estas cartas cayeron en manos del mismo Alejandro VI y la situación se hizo más difícil cada día para Savonarola.

La crisis llegó cuando un monje franciscano desafió a Savonarola, para las llamadas ordalías de fuego. Los ciudadanos de Florencia, mirando en estas un modo de salir de sus apuros, obligaron a Savonarola a aceptar. Se hizo un túnel de madera en la plaza, por el cual, una vez encendido debía de pasar un monje del partido de Savonarola y un franciscano. El que pasara vivo por ese fuego debía de tener razón y el pueblo debía seguir su dirección. Por discusiones y pretextos de los dos lados, nunca se encendió el túnel ni se llevaron a cabo las ordalías. Por la noche, el pueblo exasperado y creyendo que Savonarola tenía la culpa, como afirmaron sus enemigos, atacó el Monasterio de San Marcos y metieron a Savonarola a la cárcel. Desacreditado y puesto en tormentos, su muerte fue decretada sin apariencia de justicia. El 23 de mayo de 1498, él y dos de sus discípulos fueron ahorcados y después quemados. Los piagnoni siguieron fieles a su memoria a pesar de las persecuciones. Celebraban sus cultos en secreto y cada año en el aniversario de su muerte, ponían flores por la noche en el lugar donde fue quemado, hasta 200 años después de aquel injusto martirio*.

Savonarola ocupa un lugar de suma importancia en la historia. En esa "edad de duda y de superstición, de helada indiferencia y de alta exaltación, cuando hombres incapaces de tirar de la espada para defender a su patria, sufrieron mil peligros para lograr un manuscrito antiguo y creían en espíritus y en la influencia de los astros, mientras negaban la existencia de Dios", en esa época del Renacimiento, que esperaba la reconstrucción de la sociedad conforme el modelo del antiguo paganismo, él demostró que el mensaje de Jesús tiene algo más poderoso, algo infinitamente mejor para la sociedad y el individuo, que lo más escogido del paganismo y que el Renacimiento de la literatura y la filosofía, ni debía, ni podía separarse de aquella rica y preciosa herencia que tenemos en el Evangelio del Crucificado.