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20 Siglos del cristianismo - XIV

SIGLO XIV JUAN WYCLIFFE - PRINCIPIOS DE LA DECADENCIA DEL ROMANISMO

En el siglo de Francisco de Asis, bajo Inocente III, el papado había llegado a la más grande altura de su prestigio y poder. Pero, después de la muerte de este papa, su influencia empezó a disminuir debido a luchas que se entablaron entre los obispos de Roma y los emperadores de Alemania y los reyes de Francia. Después de ochenta años de lucha, ascendió a la dignidad papal Bonifacio VIII (1294-1303), hombre enérgico que determinó reconquistar para la jerarquía romana, el prestigio que había gozado en tiempos de Inocente III.

Felipe "el Hermoso" reinaba en Francia. Este rey había tomado para usos de su gobierno, varias propiedades de la Iglesia, hecho que dio lugar a reclamos por parte de Bonifacio. Felipe le contestó; que en las cosas temporales, todos los propietarios de terrenos situados en su reino, aún el mismo papa, tenían que estar sujetos a su autoridad. Entonces fue cuando Bonifacio lanzó al mundo su famosa bula: "Unam Sanctam", en la cual reclamaba que todos los cristianos estaban sujetos a su autoridad, tanto en lo temporal como en l espiritual y que nadie que se rebelare contra el papa, aún en sus disposiciones políticas, podría esperar la salvación. La contestación de Felipe a esta bula, fue hacer la guerra al papa, a quien venció e hizo su prisionero, muriendo Bonifacio en la prisión. Su sucesor, Benedicto XI, murió repentinamente, después de ejercer la autoridad papal por solo nueve meses. Felipe, valiéndose de este suceso, logró, por medio de intrigas y sobornos, que se eligiera como papa a Clemente V, persona de su agrado e instrumento dócil en sus manos. Para tener al papa más cerca y para que obedeciera mejor así sus indicaciones, Felipe dispuso que la corte papal se trasladara de Roma a Avignon, en Francia, donde quedó por setenta años. Durante esta "Cautividad babilónica" del papado (1305-1375), como se le ha llamado a este período en la historia, los papas sucesores de Clemente V no fueron sino instrumentos de los reyes de Francia.

Por este tiempo, Inglaterra sostenía contra Francia la interminable guerra "de los cien años". Esta guerra contribuía a causar cierta fricción entre el gobierno de Inglaterra y el papado. En primer lugar, el papa vendía los obispados y otros oficios eclesiásticos a extranjeros que explotaban a sus feligreses en lugar de mirar por sus intereses espirituales. Muchos prelados recibían las rentas hasta de cuarenta y cincuenta parroquias, siendo establecidos como vicarios en todas ellas; pero, por supuesto, no visitando la mayor parte de ellas ni una vez al año. Desagradó al gobierno y al pueblo inglés tener a estos extranjeros, muchos de ellos de la nación a quien hacían la guerra, como directores religiosos. También mirando en el papa a un instrumento de su enemigo, el rey de Francia, y pensando que cualquier apoyo que se prestara al papa vendría en ayuda de su enemigo, dejaron de pagar la contribución acostumbrada. Agotados los recursos de la nación, por los enormes gastos que tenía que hacer para sostener al ejército inglés que luchaba en el continente, el gobierno real determinó tomar una medida más radical, la cual era de imponer una contribución sobre los bienes de la Iglesia en Inglaterra, que en ese tiempo abarcaban la tercera parte de los bienes inmuebles del reino. Se dice que las rentas de la jerarquía romana, entonces, eran el doble de las que recibían el mismo gobierno. Para justificar al gobierno de este proceder, se contaba la siguiente parábola por este tiempo: Un búho desplumado, para no morirse del frío, suplicó a los demás pájaros que le dieran plumas con que taparse, y éstos complacidos, le regalaron más de las que necesitaba. En esto, vino un halcón que amenazaba raptar a los pájaros. Como éstos habían dado tantas plumas al búho, no podían volar para escaparse. Así, pidieron al búho que se las devolviera. Este no quiso, alegando que ya eran de él. Entonces todos los pájaros cayeron sobre el infeliz y le quitaron todo el plumaje regalado, dejándolo más desnudo que antes. Con esta fábula se quería decir: que la Iglesia había recibido mucho del pueblo de Inglaterra y que por consiguiente debía cooperar para la defensa de la patria, en la hora de peligro para ésta. Si no lo hacía de buena voluntad, tenía que esperar la misma suerte del búho.

El gobierno inglés no se hubiera atrevido a hacer semejante demanda en aquellos tiempos, si no hubiera encontrado algún apoyo entre el mismo clero y especialmente entre los doctores de Teología en las universidades. Uno, que por la profundidad de su razonamiento y el vigor con que defendía sus opiniones se distinguía entre éstos, era Juan Wycliffe. Había nacido en 1320, siendo hijo de una familia de la aristocracia rural. Como no gozaba de muy buena salud, sus padres lo dedicaron al servicio de la Iglesia, mandándolo, cuando tenía quince años a la Universidad de Oxford para comenzar sus estudios de Teología. Desde entonces su vida fue estrechamente ligada a la Universidad. Acabados sus estudios preliminares, continuó tomando los cursos más avanzados, llegando al fin a distinguirse como uno de los más agudos de los escolásticos y siendo reconocido como profesor. Aunque aceptó la dirección de una parroquia, nunca dejó de dar sus conferencias en la Universidad, ni de seguir sus estudios.

Las universidades de la época gozaban de cierta libertad. Como ha sido siempre, así fue entonces; estos centros de enseñanza eran los lugares que más incitaba a pensar por sí mismo. Hemos mencionado el desarrollo del escolasticismo en los siglos XII y XIII, con sus grandes luces: Anselmo, Abelardo y Tomás de Aquino. Más tarde se distinguieron Guillermo de Ocam y Marsigilio, personajes que encarnaban ideas altamente liberales. No obstante su oposición al dogma católico, no fueron perseguidos, en parte, porque eran profesores en las universidades y en parte, porque sabían vestir sus ideas liberales con el ropaje de una respetuosa ortodoxia. Wycliffe puede considerarse como la última y una de las más grandes luces de este movimiento escolástico.

El, desde el principio, había defendido el curso del gobierno inglés al tomar los bienes de la iglesia y talvez por esto fue honrado con el nombramiento de capellán para el segundo hijo del rey. Esto fue en el año 1366. En este mismo año, el papa se valió de un monje para reclamar al Parlamento inglés, las contribuciones que desde 1333 no se habían pagado. El Parlamento nombró a Wycliffe para que defendiera su negativa a este reclamo. Wycliffe aceptó. Viendo el peligro que corría al defender abiertamente la acción del Parlamento, pues le podía traer la excomunión, se valió de una hermosa estratagema. Dijo que había oído hablar a siete lores ingleses sobre la cuestión. El primer lord había dicho: que Inglaterra no pagaba tributo a ninguno que no lo conquistara con la espada. El segundo: que el tributo se pagaba a quien le correspondía y que no le tocaba al papa, pues él debía ser pobre como Cristo, quien había dejado los tributos para el César. El tercer lord sostenía: que sólo se pagaba a quien hacía un servicio; que el papa no hacía ninguno a Inglaterra y por consiguiente, no podía esperar ninguna recompensa. El cuarto afirmaba: que un rey no puede pagar tributo. Siendo el rey de Inglaterra, señor de los bienes eclesiásticos, el papa debía pagar tributo a él y no al contrario. El quinto observó: que el rey Juan Había establecido la costumbre de pagar las contribuciones al papa, para conseguir su propia absolución, acto inmoral que debía repudiarse. El sexto, pensaba que era ridículo el reclamo del papa, de disponer a su antojo de los bienes cristianos. El último, dijo que para un contrato se necesitaba el consentimiento de las dos partes. El rey y el Parlamento de entonces nunca habían convenido en pagar tributos al papa. Desde luego, no se les podía exigir.

Bastó esta contestación para que el papa no siguiera exigiendo su tributo y ninguna tentativa se hizo contra Wycliffe. Seguía su vida de estudio, de profesor y de predicador, gozando de alta estimación en la corte. Así pasaron unos ocho años. En 1374 recibió del rey la parroquia de Lutterworth, que desempeñó hasta su muerte. También fue nombrado en ese año miembro de una comisión para conferenciar con representantes del papa. El objeto de esta conferencia, era el de ver si era posible remediar los abusos de mandar tantos extranjeros eclesiásticos a Inglaterra, y de nombrar un solo prelado para percibir las rentas de muchos diferentes cargos. Esta conferencia se verificó en Brujas (Bélgica), pero no se arregló nada. Wycliffe regresó de ella constituido en enemigo acérrimo de la jerarquía romana. Empezó a escribir y a hablar contra ella y también a hacer planes para una Iglesia nacional inglesa.

Por supuesto, los partidarios del romanismo empezaron a mirar en él un gran peligro para su sistema. En 1376 se mandaron quejas formales contra él a los obispos ingleses y al papa, y en el año 1377 fue llamado por el obispo de Londres para dar cuenta de su creencia. Compareció para defender sus convicciones. Su protector Juan, el segundo hijo del rey, estaba a su lado, e insistía que como doctor y anciano, Wyclliffe debía estar sentado para su examen. El obispo dijo: que como acusado debía estar de pie. Empezó una disputa en que los ciudadanos de Londres, que habían llegado para oír el examen, también se introdujeron de modo que se hizo imposible seguir el juicio. En este año, también el papa mandó cinco bulas contra Wycliffe, que por tecnicismos vinieron a parar en nada. Continuó éste sus estudios y sus conferencias en la Universidad, su vida como vicario, y su actividad como consejero del rey y del Parlamento, en sus relaciones con el papa.

En 1378 se hizo otra tentativa de declararle hereje, pero mientras se hacía la averiguación y él se sostuvo en sus opiniones, los ciudadanos de Londres interrumpieron otra vez, y la madre del rey mandó decir que no se siguiera el proceso. Este año de 1378 es de gran importancia en la vida de Wycliffe. En él, la Iglesia romana se dividió: unos cardenales abogaban por Urbano VI como papa y por Roma como la residencia de éste; otros por Clemente VII, y por Avignon como su residencia, resultando así el "gran cisma" que duró más de cuarenta años en la Iglesia romana. Este cisma acabó de destruir la fe de Wycliffe en esta Iglesia. En el mismo año, también Wycliffe acabó una tarea que se había impuesto en bien de su pueblo, cual fue la traducción del Nuevo Testamento al idioma inglés y la institución de una compañía conocida como la de los "sacerdotes pobres", que iban de lugar en lugar enseñando la Biblia, más o menos como los discípulos de Francisco.

Dos años más tarde, hizo la traducción del Antiguo Testamento. Como no se había inventado la imprenta aún, la Biblia tenía que copiarse a mano; pero a pesar de este inconveniente, copias de ellas se multiplicaban con rapidez. Por esta traducción y por sus numerosos tratados en inglés atacando el Romanismo y defendiendo el Evangelio, Wycliffe ha llegado a conocerse como el padre de la prosa inglesa. Sus "sacerdotes pobres" trabajaban con actividad. Muchos de ellos salieron de entre los estudiantes de la Universidad, que eran discípulos de Wycliffe. Se unieron con los artesanos y campesinos que demostraban aptitudes para la predicación. Parecía que su obra iba a dar por resultado la formación de una Iglesia evangélica y protestante, en toda Inglaterra. Dondequiera, el pueblo les oía con gusto. La necesidad de que hubiera predicadores como ellos, que se dedicaran a la enseñanza de las verdades sencillas de la Biblia; se ve en el hecho que un obispo inglés, viendo que sus sacerdotes nunca predicaban, les exigía que debían de dar el conocimiento del Evangelio en su pureza y la luz y consolación que éste trae consigo. Esperaba además, una justicia más completa en las relaciones sociales, como resultado de esta propaganda, pero no pensaba que ésta vendría por vía de revolución. Sus estrechas relaciones con los de la corte, y muchos pasajes en sus escritos, prueban esto suficientemente. Sin embargo, había quienes le acusaban de haber fomentado la famosa rebelión de los campesinos, en 1381, cuando éstos, incitados por las injusticias que habían sufrido de los dueños de las tierras, se levantaron en revolución. Wycliffe ha de haber simpatizado con su causa, pues era una causa justa, pero no por esto justificaba sus actos cuando mataron a todos los dueños de tierras y a todos los abogados y oficiales, pensando, en su sencillez, librarse de de la opresión de esta manera.

Wycliffe había comenzado su oposición contra Roma, como profesor de Teología, defendiendo con las mismas ideas filosóficas reconocidas por la "Santa Sede", el curso del gobierno inglés en despojar a la Iglesia de sus bienes. Era una cuestión puramente política, de interés para el círculo de los gobernantes principalmente. Pero con los años, y el estudio y su experiencia práctica de lo que era la Iglesia, se iba alejando más y más de sus doctrinas, hasta que negó la de la Transubstanciación. Hasta aquí no quisieron seguirle sus amigos de la corte. La Universidad deseaba protegerlo, pero no fue posible resistir a sus opositores. Así, su Universidad tuvo que despedirlo. Con él se retiraron cuatro quintos de los estudiantes. El llamado "sínodo del terremoto", le declaró hereje y lo separó de la comunión de la Iglesia. Sus discípulos fueron encarcelados y su obra opuesta por los romanistas. Sin embargo, él pudo retirarse a su parroquia en Lutterworth sin que le molestaran, donde murió y fue sepultado en paz, el último día de 1384. Cuarenta y cuatro años después, su cuero fue exhumado y quemado, pero su influencia continuaba. Su biblia quedó para el pueblo inglés. También su doctrina encontró discípulos después de su muerte. Fue Wycliffe quien inspiró a Hua en Bohemia, y así la Iglesia moraba, que aún existe y trabaja con celo apostólico, puede considerarse como legado al mundo del "doctor evangelicus", Juan Wycliffe, "estrella matutina de la Reforma.