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20 Siglos del cristianismo - XIII

SIGLO XIII
FRANCISCO DE ASIS - VOLVIENDO A JESUS

Después de la muerte de Bernardo de Claraval se organizó la tercera cruzada para librar la Tierra Santa de los sarracenos. Esta también fracasó, dejando la Palestina en poder de los mahometanos. Los papas continuaban luchando con los emperadores alemanes. Viendo la confusión que había resultado del método seguido en la elección de los papas, el Tercer Concilio Luterano, celebrado en 1179, dictó las reglas que se han seguido desde entonces, evitando así muchos de los abusos anteriores.

En el año 1189, y en el pueblo de Asís, región montañosa de la Italia central, nació Francisco Bernandone, conocido en la historia como Francisco de Asís (*). Su padre era mercader ambulante, que en pocos años reunió una fortuna considerable y llegó a ser uno de los principales de su pueblo. Su madre era una mujer muy devota, pero sin gran fuerza de carácter. Francisco era el único hijo de este matrimonio y por ausencia de su padre y la poca disciplina de su madre, creció a su capricho y voluntad, sin que hubiera ninguna persona que le pusiera obstáculos a sus desvíos. Llegando a la mocedad, trató de ayudar a su padre en el negocio y demostró gran capacidad para el comercio; sin embargo, la mayor parte de su tiempo lo pasaba entre sus amigos, vagando y bebiendo. Tomó parte en una batalla de su pueblo con Perugia; cayó en manos del enemigo y pasó un año en la prisión. Saliendo de ésta, volvió a su vida antigua, hasta que un día, a causa de sus excesos alcohólicos, cayó enfermo.

Por varias semanas estuvo entre la vida y la muerte, pero al fin pasó la crisis y entró en la convalecencia. Esta enfermedad sirvió para llamar la atención de Francisco a la seriedad de la vida, y para mostrarle que los llamados placeres del mundo, lejos de dar un gozo verdadero a la vida, llevan a las personas que los prueban, hasta el extremo de tener asco de sí mismos.

Ya restablecido Francisco, trató de evitar la compañía de sus amigos libertinos de antes, prefiriendo pasear solo por el campo, que estar con ellos. En uno de sus paseos, encontrándose con el maestro de la escuela del pueblo, quien también amaba más la soledad del campo que las alegres reuniones. Fue este maestro de escuela el que primero dirigió el pensamiento de Francisco hacia Dios, y le habló de la paz del alma, que se encuentra en la contemplación de las cosas eternas.

Pero no era tan fácil desprenderse de sus amigos anteriores, que constantemente le invitaban a reunirse con ellos; y al fin, Francisco pareció ceder ante sus instancias y los invitó a un suntuoso banquete. Pero se ponía alegre como antes y sus compañeros empezaron a reprocharle su tristeza, diciendo por vía de broma que sin duda estaba enamorado y pensaba casarse. Francisco contestó: "Sí estoy resuelto a tomar esposa, pero es una esposa infinitamente más rica, más bella y más pura, de lo que vosotros os podéis imaginar". Había resuelto dedicarse al servicio de Dios.

Esta resolución la había tomado Francisco, sin pensar en los detalles de cómo iba a servir a Dios. Empezó por dar un socorro a cada mendigo que encontraba, y por pasar mucho tiempo en oración en las diferentes iglesias y capillas que había en el pueblo de Asís. Cerca del hogar de Francisco, había una pobre capilla con un cuadro de Jesús crucificado (*), muy expresivo, que parecía decirle: "Todo esto sufrí por ti, ven a mí". Frecuentaba aquel lugar más que a los otros templos, pagando al sacerdote encargado para que cantara muchas misas y le leyera las Sagradas Escrituras. Un día, mientras que escuchaba la lectura atentamente, oyó las palabras de Jesús, recordadas en Mateo, capítulo 10: "Id pues y predicad diciendo: ¡El reino de los cielos se ha acercado! Sanad enfermos, resucitad muertos, limpiad leprosos, echad fuera demonios. De gracia recibisteis, dad de gracia. No proveáis de oro, ni de plata, ni de cobre en vuestros cintos, ni de alforjas para el camino, ni de dos túnicas, ni de zapatos, ni de báculo, porque el trabajador es digno de su alimento". Estas palabras llegaron a Francisco como la voz del mismo Dios, y luego trató de poner en práctica lo oído. Fue a un pueblo vecino, vendió su caballo y sus vestidos elegantes y regresando, puso este dinero sobre el altar de la capilla, en donde Dios le había hablado. La noticia de este hecho corrió por el pueblo y llegó a oídos del padre de Francisco, quien miraba en aquello una vergüenza para la familia y fue iracundo a la capilla a pedir al sacerdote que le devolviera a su hijo y su dinero. Éste devolvió el dinero al padre, pero Francisco se escondió, renunciando a su herencia poco tiempo después, y entrando al servicio de la Iglesia. Su padre, encolerizado de tener un hijo que hiciera cosas tan locas, a su modo de pensar, quiso desterrarle para no oír más su nombre en el pueblo. Pero el obispo protegía a Francisco. Así es que su padre le acusó ante éste de haberle robado. Al oír esta acusación, Francisco se quitó toda su ropa, y haciendo un paquete de ella con las demás posesiones mundanales que había adquirido con el dinero que su padre le había dado, le entregó todo, diciendo que desde aquel momento, no tenía otro padre que su Padre Celestial. Salido de la presencia de ellos, desnudo como estaba, un viejo hortelano le dio una ruda y gastada túnica que fue su único vestido al comenzar su ministerio.

Trabajando con sus propias manos principió a reedificar algunas capillas arruinadas en el vecindario, recibiendo su sustento de los sacerdotes y campesinos que le querían ayudar. Este procedimiento tan extraño, llamó mucho la atención del pueblo, y todos hablaban de él, unos en pro y otros en contra. Cierto hombre rico de Asís, que sufría remordimientos de conciencia, hondamente impresionado por la conducta de Francisco, le llamó a su casa un día para hablarle de su alma. Toda la noche conversaron, y a la mañana siguiente, este rico, convencido por Francisco de que la verdadera felicidad solo podía encontrarse despojándose de sus posesiones materiales, llamó al pueblo a su casa y regaló todos sus bienes, primeramente a los mendigos y pobres, después, a cualquiera que llegara. Entonces se vistió con una túnica pobre, como la de Francisco, y salió con éste a ganar su pan con los campesinos y a predicar el Evangelio. Otros individuos siguieron luego este ejemplo, y Francisco le dio una regla para su vida; consistiendo en consejos sobre el trabajo manual, juntamente con las palabras de Jesús, ya citadas, que habían engendrado en él la idea de seguir la vida de pobreza.

El papa Inocente III, al principio no quería permitir este nuevo movimiento, mayormente porque el año anterior el Cuarto Concilio Luterano había prohibido la formación de nuevas órdenes monásticas. Pero cuando el mismo Francisco fue a Roma y abogó por su causa, el papa comprendió que la nueva orden podía suplir, precisamente lo que faltaba a la Iglesia, es decir, la confianza que ésta había perdido, por las mismas riquezas del clero y su lujo de vida. Así no tardó en dar su aprobación al movimiento iniciado por Francisco.

Habiendo cumplido la segunda parte del mandamiento de Jesús, que encomendaba despojarse de bienes mundanos, y armado con la aprobación del papa, Francisco empezó a cumplir la primera parte del mandamiento, la de predicar el Evangelio y sanar a los enfermos. Comenzando con Italia, emprendió una campaña evangelizadora que ocupó sus esfuerzos durante los años que aún le quedaban de vida, y antes de su muerte, vio extendida esta campaña, por medio de sus discípulos, hasta Alemania, Hungría, y aún a ciertos países mahometanos, como Siria y Marruecos.

Tanto en su predicación, como en su modo de vida, Francisco y sus monjes siguieron el ejemplo de Cristo, hasta llevarlo al ridículo. Se cuenta de Francisco, por ejemplo: que una noche estaba hospedado en la torre de un castillo, con relativa comodidad, cuando su conciencia empezó a acusarle de estar bien, y salió de la torre aquella noche que era oscura y tempestuosa, y en la nieve caminó a pie hasta encontrar una posada más humilde. Otra vez, encontrándose con un hermano le contestó: que venía de la choza del mismo Francisco. Al oír esto, Francisco quedó pensativo, y entonces dijo: "Este mi discípulo puede decir, por lo menos, que yo tengo una choza que puede llamarse mía, cuando el Divino Maestro dijo: "Las zorras tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, mas el Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza". Desde entonces, no quiso tener ni siquiera una choza como propia y dormía donde la noche le encontrase.

No hemos de pensar, sin embargo, que Francisco seguía el ejemplo de Cristo como una ley muerta a la cual tenía que conformarse. El espíritu de Cristo, obraba en él una libertad de pensamiento y de acción verdaderamente maravillosa, cuando consideramos la época en que vivía. Miraba en las bestias y pájaros, y aún en los cuerpos celestiales, hermanos suyos, criaturas del mismo Padre que había dado a él la vida. Hablaba con ellos como con sus amigos. Pero la comunión que más gozaba fue con Dios mismo, y lo que contemplaba con más devoción era el cuadro de los sufrimientos del Salvador en la cruz, padeciendo con amor por el mundo. Muchas veces, como el mismo Jesús, pasaba la noche en oración, experimentando un éxtasis que lo privaba del conocimiento del mundo exterior. En uno de estos éxtasis, vio un querubín que descendía desde lo alto de los cielos, con una cruz en la mano y acompañado de una música dulcísimo. Cuando salió de su éxtasis, se encontró con que sus manos y pies, y sobre su costado, tenía una cicatrices como las que el Señor tenía por su crucifixión. No nos ocupamos en explicar cómo sucedió esto. Creemos que el hecho está probado sin dejar lugar a dudas.

Si antes de este suceso el pueblo había mirado en Francisco un santo, por su modo apostólico de vida, después vino a ser considerado como una verdadera reliquia viviente, capaz de estupendos milagros. Hasta sus uñas y sus cabellos recortados, se usaban como amuletos para curar a los enfermos. Se cuenta que una mujer enferma sanó inmediatamente, con solo haber arrollado sobre su cuerpo el freno del caballo de Francisco.

Siguieron las cruzadas en el tiempo de Francisco, y él acompañaba una expedición, no con el objeto de pelear sino con el deseo, si fuera posible, de convertir a los musulmanes por medio de la razón y el amor. Varias veces, antes de que entraran a combate los ejércitos, Francisco logró acercarse a los mahometanos y predicarles el Evangelio. Fue oído con todo respeto, pero no tuvo ningún fruto de conversiones. En este tiempo visitó a Jerusalén y se estableció unos meses en Belén.

Juntamente con la Orden de Francisco se había fundado la de los dominicanos. Estas dos órdenes monásticas se diferenciaban de las demás, en el hecho de que mientras las otras huían del mundo, encerrándose entre unas paredes para buscar a Dios, éstas se dedicaban a una actividad en medio del mundo. Su crecimiento fue rápido, y muy pronto llegaron a ser las verdaderas guías espirituales de los pueblos europeos, que cansados con la corrupción y egoísmo del clero regular, habían empezado a entrar en sectas como la de los catarenses, los albigenses y otras. Algunas de estas sectas predicaban el Evangelio en toda su pureza; otras lo habían mezclado con elementos extraños al Cristianismo, resultando un sistema más o menos como el del espiritismo y el día de hoy. Todas cedieron ante la actividad de los monjes de las órdenes de San Francisco y Santo Domingo, que por su manifiesta sinceridad, la sencillez de su predicación, y el ejemplo de una vida de pureza y sacrificio, ganaron la confianza de todos. El papa, viendo cómo andaban las cosas, quiso sustituir al clero regular por los hermanos de estas órdenes y así ganar de nuevo la buena voluntad de las masas para la Iglesia. Tomó esta disposición mientras Francisco estaba en Belén. Al oírla Francisco, regresó inmediatamente a Italia, oponiéndose a semejante medida. Él sabía que en el momento en que sus discípulos escalaran los elevados puestos en las grandes iglesias, nacerían celos, entraría la corrupción y serían odiados por las masas, como era el clero regular. A pesar de la oposición de Francisco, la disposición del papa se cumplió. Francisco tenía una extremada humildad. Aunque él centralizaba su doctrina en una comunión directa con Dios, por medio de la meditación y la oración, y aunque la doctrina católico-romana pone multitud de intermediarios entre Dios y los hombres, como son la virgen, los santos y los sacerdotes, Francisco nunca expresó dudas sobre estos puntos, ni se rebelaba contra el papa, en quien miró hasta el fin de su vida, al Vicario de Cristo. Al ver sus convicciones más íntimas contrariadas por el papa, no se separó de la Iglesia para fundar una organización separatista. Lo que hizo fue retirarse de dirigir su Orden, puesto que ya no andaba conforme a sus convicciones.

Solo dos años le quedaban de vida y éstos los empleó predicando de pueblo en pueblo por la Italia central. Sin residencia fija, se hospedaba en las casas de las gentes piadosas o pernoctaba en cualquier punto del campo. En una ocasión perdió la vista temporalmente, por espacio de unos quince días, siendo atormentado además por una multitud de ratas que había en el lugar donde se encontraba. Cuando recobró la vista, compuso un himno titulado "Al Sol", que es famoso en la historia (*).

En seguida de haber escrito este himno, Francisco y algunos de sus discípulos fueron cantándolo de pueblo en pueblo, y tomaron el nombre de "Juglares del Señor". Como este canto no hacía ninguna alusión a la Iglesia ni a sus sacramentos, el papa se enfadó muchísimo y dijo que era un canto herético; pero la gente siempre lo oía con mucho gusto, recibiendo a Francisco y a sus hermanos con gran regocijo. De todas partes acudían a él para tocar sus manos y sus pies y así curarse, y tal era la fama de de milagroso tenía, que hasta sus huellas también se les suponía poder de obrar milagros. La vida tan severa que llevaba, debilitaba más cada día su cuerpo; y las diferentes poblaciones por donde pasaba, trabajaban por retenerlo en su seno, con la mira de que si moría, sepultarlo en su recinto, pues se consideraba una gran dicha la que una ciudad guardara el cadáver de un santo entre sus muros.

Francisco, sin embargo, no quiso aceptar nunca las propuestas que le hacían para radicarse en determinada población; y entre una escolta de soldados que le dieron en uno de los puntos de tránsito, regresó a Asís, su pueblo natal, donde falleció el 3 de Octubre de 1222, a la temprana edad de 46 años (*).

Dos años después de su muerte, fue canonizado por el papa, pero sus discípulos que imitaron su gran ejemplo de vida apostólica, fueron perseguidos y muertos. La regla de su Orden fue cambiada en su esencia y finalidad por el sumo pontífice, con el fin de poder aprovechar los servicios de la orden a favor de la Iglesia Romana, y la historia de la vida de Francisco, aunque en realidad está llena de episodios interesantes y de gran valor moral, fue completamente cambiada, añadiéndose elementos fantásticos para apoyar mejor el sistema papal. Francisco, que fue en su vida gran amigo y educador del pueblo, después de su muerte, fue usado como medio de mantenerlo en la ignorancia y la superstición.

Vemos ahora que el método de Francisco, de seguir a Jesús, renunciando a toda posesión material, no es un medio efectivo de ayudar a nuestros semejantes y no resuelve los problemas económicos y sociales de una manera definitiva. Sin embargo, no podemos menos que admirar la sinceridad con que este creyente en Jesucristo se dedicó a cumplir el Evangelio en su vida, ni dejar de ver en él al cristiano, "por excelencia", de su siglo.