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20 Siglos del cristianismo - XII

SIGLO XII
BERNARDO DE CLARAVAL, EL PUNTO MAS ALTO DEL ROMANISMO

Los últimos cinco años del siglo XI, fueron señalados por la primera cruzada contra los mahometanos. Desde el tiempo de Hildebrando se había concebido la idea de librar la Tierra Santa de los sarracenos, que molestaban de muchos modos a los peregrinos cristianos que la visitaban. Hildebrando no había podido llevar a cabo su idea, por las luchas que tenía que sostener en la reorganización y moralización de la Iglesia; pero un amigo suyo, Urbano II, unió a toda la Europa, como en una gran avalancha que debía de aplastar a los enemigos del Cristianismo. Jerusalén cayó en manos de los cristianos en el último año del siglo. ¡Qué cambio tan maravilloso se nota desde el año 1,048 que era testigo ge la venta del papado por Benedicto, y cincuenta años más tarde, cuando toda Europa, con entusiasmo y fe, se unió a la bandera de la Iglesia, olvidando sus diferencias locales y sacrificando bienes y vidas por ella! Este cambio corresponde casi exclusivamente a la perseverancia, sagacidad y sobre todo, a la fe de Hildebrando.

Europa esta para empezar la primera cruzada, cuando nació Bernardo en el año 1,091. Era el tercer hijo de una familia aristocrática de Borgoña. Sus padres eran personas piadosas, unidas en el propósito de criar a sus hijos en la fe cristiana y enseñarles a vivir conforme a la regla evangélica. Se dice del padre de Bernardo, que como jefe feudal, siempre auxiliaba a los pobres y que prefirió tener pérdidas en sus intereses antes que parecer injusto. Aún muy joven, Bernardo quedó huérfano de madre. Manifestó ésta, en su lecho de muerte, el gran deseo que tenía de que sus hijos se dedicaran al servicio de Dios; deseo que impresionó hondamente a Bernardo.

Sin embargo, no dispuso dedicarse a la vida religiosa, cuando ya como joven empezaba a pensar en la carrera que había de elegir. Vacilaba entre la vocación de caballero de armas y la científica, pues desde niño demostró aptitudes para la vida intelectual. Estaba aún indeciso, cuando un día, yendo a caballo a reunirse con su padre y sus hermanos para el asalto de un castillo enemigo, sintió que su madre le apareció en el camino, reconviniéndole por no haberse dedicado al servicio de Dios. Se apeó ante una capilla, al lado del camino y entrando oró al Ser Supremo, pidiendo le recibiese, "derramando su corazón como agua en la presencia de Dios". Refiriendo lo ocurrido a sus hermanos, después, los instó para que para que todos juntos entraran en un monasterio y se dedicasen así a servir a Dios exclusivamente. Tal era su sinceridad y el ascendiente que tenía sobre los que le rodeaban, que todos sus hermanos y varios otros jóvenes de entre sus amigos, entraron como aspirantes en el Monasterio de Chatillon, donde permanecieron por unos tres meses, mientras que se preparaban para su nueva vida y arreglaban sus negocios. Después de este tiempo, y en número de más de treinta, hicieron sus votos en el Monasterio de Citeaux. Este monasterio era uno de los más austeros. Bernardo quedó solo un año en él. Cumplido éste y cuando no tenía más que 23 años de edad, sus superiores lo escogieron para ser un prior de 12 monjes, que con él fueron destinados a fundar un nuevo monasterio en el lugar salvaje e inculto de Claraval.

Aquí estableció Bernardo la institución que había de hacerse famosa. Disputaron a la naturaleza palmo a palmo el terreno, construyendo su oratorio y su casa de habitación, y desmontando un pedazo de terreno para hacer las siembras que más necesitan. Muy pronto, aquellos lugares agrestes tomaron un aspecto pintoresco y culto por la presencia del monasterio, la fama del cual se extendió rápidamente por todas partes; y esta institución, después de pocos años, vino a ser de una gran importancia en toda Europa, habiendo sido la cuna de más de cien monasterios que se establecieron con monjes del centro primitivo.

Desde el principio, Bernardo observó e hizo observar a sus subordinados de manera estricta, la regla que él había adoptado, que mandaba la mayor sobriedad en el uso de alimentos y bebidas.

El monasterio de Bernardo llegó a convertirse en poco tiempo, en un gran centro de beneficencia y de instrucción. Allá acudían todos los pobres y necesitados de un auxilio y los enfermos que no tenían quién los curara; y éstos siempre encontraron amparo en el generoso corazón de Bernardo y de sus monjes. Enseñaba a los campesinos mejores métodos de cultivo, haciendo progresar la agricultura con esto; y en lo que toca a ciencia y a literatura, tenía ocupados siempre a varios monjes, tanto en el Monasterio central como en los otros de su orden, haciendo copias de las Sagradas Escrituras y de los mejores autores entre los filósofos y poetas griegos y latinos.

Bernardo de Claraval, como jefe de esta gran institución, y más que ningún otro de su tiempo, luchó por mejorar la condición del pobre y del criminal, trabajando en el ánimo de los señores feudales para lograr mejor tratamiento de sus vasallos, y dando el ejemplo con pobres que tenía a su mando, para el cultivo de los terrenos del Monasterio. Como ejemplo, puede citarse lo siguiente: Un día, Bernardo encontró en el camino a un conde que llevaba a un ladrón para ajusticiarlo en la horca, y le suplicó le perdonara la vida. Al no ceder el conde, Bernardo se despojó de su hábito de monje y se lo puso al ladrón, quitando el lazo con que llevaban del cuello al condenado. El conde, no queriendo deshonrar el hábito de los monjes, dejó que Bernardo llevara al reo al monasterio, donde vivió más de treinta años, habiéndosele reconocido como hermano.

Pero la importancia de Bernardo, para su siglo y para el Cristianismo en general, no consiste solamente en su obra de organización y sus obras de caridad y misericordia. Como filósofo, como teólogo y como místico ha dejado una herencia imperecedera. Muchos miran en él un protestante anterior a la reforma de Lutero, y no sin razón, pues participaba de muchas de las opiniones que han venido distinguiendo al protestantismo a través de los siglos. Sin negar otras fuentes de revelación, él se atuvo exclusivamente a la de las Sagradas Escrituras. Sin negar tampoco la doctrina de la adoración de los santos, buscaba la unión mística con Dios mismo. Veía claramente el peligro que encierra el sistema papal. Escribió una vez, al mismo papa: "Yo no tempo para ti ningún veneno, ninguna espada, tanto como tu deseo de dominación. Yo no te ahorro regaños para ahorrarte castigo, Pedro, cuyo representante eres tú, no supo nunca nada de ser llevado en procesión, en un caballo blanco cargado de adornos y alhajas, de seda y de oro, rodeado de soldados y ayudantes que cantaban tus alabanzas. En esto te muestras más sucesor de Constantino que de Pedro. Deberíais concretarte a tu misión de evangelista y pastor". "Tú tienes a la verdad plenitud de poder, pero parece que no tanta justicia. ¿Eres tú entonces más grande que tu Maestro, quien dijo: no vine a hacer mi voluntad propia?"

Otra cosa que une a Bernardo al protestantismo, es su oposición al dogma de la inmaculada concepción de María. Se debe a su oposición el hecho de que este dogma fue declarado como tal hasta el siglo XIX. Bernardo argüía, con mucha razón, que si era necesario admitir la inmaculada concepción de María para asegurar la de Cristo, también tendría que admitirse la inmaculada concepción de la madre de María y de todas sus ascendientes. La tolerancia que el protestantismo ha aprendido en el transcurso de su historia, era cosa que Bernardo predicaba constantemente. El sabía que el amor puede más que la fuerza. Quiso ganar prosélitos para la Iglesia, pero sólo por métodos persuasivos. Más de una vez interpuso su influencia ante los príncipes y el populacho, para evitar matanzas de los judíos vivientes en Europa, como también para que no se matasen a los cismáticos de la época.

Si en lo expuesto, Bernardo parece protestante, en otros conceptos está muy lejos de serlo. Su controversia con Abelardo y sus esfuerzos vehementes para que volvieran a la madre Iglesia romana todas las iglesias cismáticas, que ya se habían formado en este siglo y que tenían los primeros visos del protestantismo, son prueba suficientes de su amor por aquella.

Uno de los acontecimientos de mayor importancia en la vida de Bernardo, fue esa controversia con Abelardo. Este había tenido una carrera bastante variada, mas, aunque viejo y quebrantado de salud en el tiempo de su encuentro con Bernardo, era el maestro de dialéctica más temido de Europa. Se le acusó de herejía en un concilio eclesiástico en Sens, en el año 1,141. Bernardo llevaba la palabra como acusador, hablando con tanta convicción, claridad y amor, que el mismo Abelardo no quiso contestar y apeló a Roma, sin más trámites. La controversia con Abelardo puede entenderse como una, entre el racionalismo y el misticismo, o entre la cabeza y el corazón. Abelardo quería someter todas las doctrinas religiosas a la razón. Bernardo aceptaba con humilde fe la revelación divina.

El siglo de Bernardo, vio la formación de las primeras sectas que se separaron de la Iglesia romana, a causa de la corrupción de la misma. Entre éstas, la fundada por Pedro Waldo merece especial atención. Contaba cientos de miles de miembros en Francia, Alemania y Bohemia y era en todas sus prácticas y creencias, evangélica y protestante. Bernardo simpatizaba con la pureza de vida y costumbres predicada por los separatistas; pero con todo su misticismo miraba en la Iglesia histórica y visible, a la esposa de Cristo que debía llenar el mundo con su poder. Así trabajaba para que los separatistas volviesen a la Iglesia romana. Claro es pues, que Bernardo no puede considerarse protestante. Lo que nos interesa más, no es clasificarlo, sino notar cómo es espíritu de Jesús se manifiesta en él, y por su medio influía a su siglo.

Es sabido, cómo el reino establecido en la Tierra Santa por los ejércitos de la primera cruzada, se debilitó al poco tiempo por estar lejos de su base y por rivalidades entre sus mismos miembros. No tenía cincuenta años aún, cuando se encontró en la necesidad de ceder algunos de los territorios conquistados a los sarracenos. Esto causó un sentimiento de vergüenza en el alma ardiente de Bernardo y lo determinó a hacer cuanto pudiera, para fortalecer el reino cristiano en Palestina. Iba de ciudad en ciudad predicando una nueva cruzada, haciendo la reseña de los sufrimientos que los peregrinos cristianos soportaban entre los musulmanes y la gran necesidad de ayudar a los hermanos que estaban casi sitiados en Jerusalén. Decía que era un deber cristiano correr en ayuda de aquellos; y su elocuencia era tal, que muchas mujeres procuraban que sus esposos e hijos no le oyeran, temiendo ser olvidadas y que éstos tomarían las armas para alistarse en las filas de la cruzada, a causa del entusiasmo que Bernardo hacía nacer en su corazón, por recuperar la Tierra Santa. Como muestra del poder de la elocuencia de Bernardo, citaremos el caso del emperador de Alemania, que al principio demostró muy poco interés en la cruzada, no queriendo imponer a su pueblo los grandes sacrificios de dinero y vidas que esta campaña requería. Sin embargo, Bernardo logró predicar en una iglesia en presencia del emperador y se dirigió a él, pintando todas las bendiciones que Dios había dado a la persona y familia imperiales, indicando los honores, riquezas, poder, vastas posesiones e influencia con que el Creador había querido agraciarlos; y entonces, refiriéndose al Juicio Final exclamó: "Qué contestarás cuando en el tribunal supremo Cristo te diga: ¡Oh hombre! ¿Qué no he podido hacer por ti que no haya hecho? Y tú ¿no has querido hacer algún poco por mí?". En medio de este discurso, Conrado, el emperador grandemente afectado por las palabras de Bernardo, comenzó a llorar y exclamó; "Yo reconozco las dádivas del favor divino y no me mostraré ingrato por ellas. El me ayuda y yo le serviré". Un grito de gozo del pueblo acogió estas palabras; y Conrado, tomando de Bernardo la enseña de la cruzada salió del templo entre los vítores de sus súbditos.

Bernardo no se sintió llamado a acompañar personalmente a la expedición y se quedó en su monasterio una vez que la cruzada había empezado su marcha. No estando él para animarlos, los cruzados perdieron luego su entusiasmo y su celo, como suele suceder cuando un movimiento se debe a la visión y energía de una persona y ésta se encuentra ausente. Apenas empezado el camino, comenzaron a reñir entre sí y no llegó a Palestina sino una pequeña parte de los que con tal objeto salieron de Europa, y éstos, lejos de ayudar a sus hermanos cristianos, comenzaron a atacarlos, debilitando aún más la causa de la cristiandad, cosa que llenó de gran tristeza al alma de Bernardo.

Aunque la cruzada iniciada por éste fue un fracaso, legó sin embargo, un gran bien a la posteridad en la Orden de los Templarios, fundada por él. Estos caballeros, se encargaban de defender de la barbarie de los turcos a los peregrinos que iban a la Tierra Santa.

El papa Honorio II murió en el año 1,180. Antes de su muerte, en una sesión familiar que hubo entre los cardenales, se había designado como el más apto para sucederle, al que después se llamó Inocente II. Pero cuando los cardenales se unieron en cónclave formal, la mayoría de votos fue a favor de Pedro Leonidas, que ascendió al trono papal con el nombre de Anacleto II. Este individuo era nieto de un judío que por conveniencia más bien que por convicción, se había convertido al Cristianismo. Se acusaba a Anacleto de haber logrado su elección por medio de intrigas y soborno, y se formaron dos partidos entre los cardenales. Anacleto, siendo el electo, quedó como papa; e Inocente fue a quejarse a los monarcas europeos. Cuando llegó a Francia, el rey reunió un concilio para estudiar el caso y este concilio decidió dejar la resolución de este asunto difícil al arbitraje de Bernardo, prometiendo, tanto el rey como también el concilio, seguir su juicio. Bernardo opinó que Inocente debía ser el papa, guiado por el hecho de que Anacleto había usado medios poco cristianos para lograr su elección, y de que Inocente estaba más animado por los ideales espirituales del Cristianismo que su antagonista. Por esta decisión de Bernardo, Francia reconoció a Inocente como papa, y con este apoyo, Bernardo comenzó una campaña a favor de su amigo, en todos los países europeos, que fue una serie no interrumpida de triunfos, hasta poner a Inocente en el solio papal.

A pesar de estas actividades, que ligan el nombre de Bernardo indisolublemente a la historia de su siglo, no eran ellas el centro de su vida. Su anhelo constante fue por la tranquilidad del monasterio y la comunión íntima con su Dios. Todas las demás fases de su carácter, no son más que el resultado de la espiritualidad de su alma. Bernardo es un buen ejemplo para desconcertar a los que piensan que el misticismo es estéril para la vida práctica. Otras personalidades contemporáneas, de puros y elevados sentimientos, se habían desesperado de este mundo y de la Iglesia a causa de la corrupción que reinaba por todos lados. Ellos se refugiaron en un misticismo inactivo que se contentaba con la esperanza de un mundo de ultratumba, justo y feliz. Entre estos personajes estuvo Bernardo de Cluny, autor del conocido himno "Jerusalén la excelsa". Nuestro Bernardo no fue así. Reconocía en la vida de comunión con Dios, la verdadera vida, pero este mismo misticismo le impulsaba a sufrir cualquier sacrificio y emprender cualquier empresa que fuera en provecho de la humanidad.

A la edad de 60 años, en 1153, falleció en su propio monasterio. Su muerte prematura se debió al cansancio que le ocasionaron sus múltiples y esforzados trabajos en pro de la fe cristiana, en unión con las privaciones que su ascetismo le impuso. Fue llorado por todo el mundo cristiano, que vio en él reflejado con una claridad innegable, el espíritu de su Maestro.

Los siglos XII y XIII quedan en la historia como el punto más alto en el desarrollo del catolicismo romano. Son su edad de oro. El papado ejercía un poder supremo, poniendo y quitando reyes, reuniendo a Europa contra los sarracenos y disponiendo las leyes que habían de regir en el mundo cristiano. En su mayoría, los papas eran hombres de talento y juzgados por las normas de su tiempo eran bueno. Es la edad de sus principales teólogos. Anselmo todavía alcanzó el siglo XII. Tomás de Aquino era del siglo XIII. Es también la época del misticismo más puro, manifestado en hombres como Bernardo y Francisco de Asís, de quien hablaremos en seguida.