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20 Siglos del cristianismo - XI

SIGLO XI
HILDEBRANDO, EL IDEAL PAPAL DE PODER TEMPORAL

La hora más negra de la noche, se dice que es la próxima al amanecer. Así ha pasado más de una vez en la historia de los pueblos y de las instituciones; y así resultó en el siglo X, estudiado en nuestro último capítulo. La desorganización y la desesperación se desvanecieron en el siglo XI, ante los adelantos positivos y una esperanza viva en el futuro de la sociedad. Sobre todo, se nota un aprecio de valores morales que en el siglo anterior parecía imposible. El año 1,000 llegó sin que se verificara el Juicio esperado. Al verse equivocados los profetas, supusieron que los mil años debían de contarse desde la ascensión de Jesús y no desde su nacimiento, y así fijaron el año 1,035, como el año en que había de verificarse la venida del Señor y el Juicio Final. Pero el pueblo en general, al mirar pasar el año 1,000 sin que se realizara el esperado Juicio, perdió el interés en el asunto y empezó a vivir con más confianza y a hacer sus planes para el porvenir.

Lo que faltaba más que otra cosa en el siglo X, era un carácter dominante que pudiera servir a los cristianos de guía, en medio de aquellos tiempos atribulados. Esto tenía el siglo XI en la persona de Hildebrando (después conocido con el nombre de Gregorio VII), quien nació durante los primeros años del siglo en un pequeño pueblo de la Toscana, en Italia. Era de origen humilde, siendo su padre un simple carpintero. Este, viendo las aptitudes para el trabajo intelectual que poseía su hijo, lo mandó a Roma a estudiar en el Monasterio de la Colina Avertina. Terminados sus estudios en esta institución, Hildebrando determinó dedicarse a la vida monástica y fue recibido en el rico y afamado Monasterio de Clugni. Siempre practicaba un ascetismo riguroso. Nunca comía carne. Se dice que una vez contó a un amigo que había dejado de comer aún los ejotes y cebollas, por el hecho de parecerle éstos muy sabrosos; pues él consideraba que el tomar placer en la comida era un pecado que había que evitar.

Desde el principio, Hildebrando demostró talentos especiales para la organización. Así fue que el Monasterio le mandó a Roma a arreglar algunos asuntos del mismo ante el peor de los papas, el infame Benedicto IX. Cuando León IX (1045-1054) tomó el gobierno papal, llamó a Hildebrando a su lado para que le sirviera de consejero. Este papa lo hizo superior del Monasterio de San Pablo Extramuros, en Roma. Dicho Monasterio estaba en una situación muy decaída cuando Hildebrando se encargó de él. Se usaba la capilla como un establo y los monjes celebraban sus orgías en compañía de mujeres rameras. Hildebrando con su energía característica, restauró la regla antigua y una disciplina severa.

León IX no tomó ninguna disposición de importancia durante su papado, sin consultar con Hildebrando y cuando murió esta papa, el mismo Hildebrando fue quien nombró al que debía de ocupar su puesto. Varios papas, sucesivamente debieron su elección a este "hacedor de papas", como llegaron a llamarle. Pero cuando en 1078 murió Alejandro II, tanto el pueblo como también el clero de Roma, insistieron en que Hildebrando mismo debía ejercer las funciones del Sumo Pontífice. Como nunca había sido ordenado, tuvo que hacerse sacerdote antes de hacerse papa; pero después de la tardanza que esta circunstancia causó, fue consagrado como Vicario de Cristo y guardián de las llaves de San Pedro. Los que le conocieron en este tiempo lo describen como "un hombre religioso, de gran ciencia, dotado de prudencia, muy amante de la justicia, fuerte en la desgracia, sobrio en la prosperidad, casto, modesto y hospitalario, desde su niñez bien instruido y enseñado". Pero no dejaba de tener un temperamento soberbio, un genio vehemente y útil, y un alma capaz de practicar el engaño cuando le parecía necesario. En fin, no hay título que le describa mejor que el de "San Satanás", que le dio un contemporáneo. Sin embargo, creo que no erraremos en designar como la fuerza motriz de su vida, una pasión de ver la justicia de Dios realizada en la tierra.

Desde luego, se impuso dos tareas principales como papa; la primera era de hacer la Iglesia suprema sobre todos los poderes seculares; y la segunda, la de reformar la vida moral, especialmente la del clero. En lo que toca a esta última, puede llamársele el gran puritano de la Edad Media. Luchaba con gran vigor contra la práctica de la simonía, tan común en aquel tiempo. También se oponía a que los obispos fueran nombrados por el poder civil, resultando de esta costumbre que éstos obedecieran más bien a sus jefes civiles que a su jefe espiritual, el papa. Resistía los vicios que se practicaban en los conventos y monasterios y el concubinato en que vivía casi todo el clero. Se oponía, lástima es decirlo, con igual fuerza a que los sacerdotes se casaran legítimamente; uso que aún persistía en esta época, a pesar de los decretos de varios de los papas en los siglos pasados.

A la luz de lo que sucedió después de la muerte de Hildebrando, es muy fácil criticar su ideal de dominar a toda la Europa por medio del papado. Pero, para apreciar este ideal justamente y para juzgar a su autor con imparcialidad, no debemos mirar tanto los malos resultados que a través de los siglos trajo consigo, como entender cuáles fueron las circunstancias y motivos que dieron lugar a él. Europa estaba completamente desorganizada, como vimos en nuestro último capítulo. Los pobres eran oprimidos; los jefes de los pueblos vivían del robo; era imposible viajar, comerciar o comunicarse con seguridad; la anarquía más completa reinaba. Había suma necesidad de un poder central para librar a los oprimidos, para poner freno a los abusos de los jefes feudales, para restaurar la seguridad personal, y para servir como una corte suprema para adjudicar las diferencias entre los pueblos. Dada esta necesidad y estas pruebas tan claras, de que los poderes seculares existentes no daban los frutos de la justicia y el bienestar; y dando un papado que por ser organización reconocida en todos los pueblos, se prestaba a ejercer este poder central necesario y dado un Hildebrando, con su convicción ferviente de que lo religioso tenía que dominar lo civil, por ser Dios el Rey de todos los reyes, podemos entender por qué éste deseaba un poder temporal para el obispo de Roma, con motivos sinceros y puros, pensando él que sólo así fuera Dios honrado dignamente y que sólo así la justicia de Dios estaría establecida en la tierra. Su ideal de un mundo dominado por Dios, es el mismo ideal que los cristianos de todos los tiempos han tenido. Su equivocación fue la de confundir la causa de Dios con la del papa. La historia subsiguiente demostró que por ser el papa un hombre, podía abusar de su poder temporal como cualquier otro hombre y que así, la soñada teocracia, no pasaba de ser un sueño.

Por supuesto, Hildebrando tenía que encontrar opositores muy fuertes, contra su plan de hacer del papa el jefe supremo de Europa. Los poderes civiles resistían enérgicamente a cada esfuerzo para limitar sus privilegios. Ellos querían emplear a la Iglesia en apoyo de ellos mismos; y dar órdenes a los papas en lugar de recibirlas de ellos. Algunos, como el emperador de Alemania, tenían la esperanza de unir a Europa bajo su propio dominio.

No sólo tenía Hildebrando que hacer frente a esta oposición de los poderes civiles. También en la misma Iglesia se levantaron enemigos contra él. Cada obispo que había comprado su título, mientras temblaba ante Hildebrando, secretamente buscaba cómo arruinarlo. Cada monje libertino, cada sacerdote desenfrenado, le odiaba por haberse opuesto a su libertinaje anterior y le ponía obstáculos hasta donde le era posible. Los decretos de éste, ordenando reformas en la vida y costumbres de los monjes y del clero, fueron frecuentemente ocasión de motines. Muchas veces, los que leyeron los decretos apenas escaparon con la vida; y llegó el caso de que se quemara vivo a un sacerdote, por defender las ideas de Hildebrando. Este no tenía ejércitos para realizar sus grandes ambiciones y en consecuencia estaba en muchos peligros, de sus opositores, dentro y fuera de la Iglesia. El que reclamaba autoridad sobre los emperadores y reyes, cuyo privilegio era besar sus pies, fue tomado preso y maltratado por unos ladrones dentro de la misma Roma.

Por otra parte, le ayudaban las supersticiones de su tiempo. La creencia en el "poder de las llaves" era muy viva. Todos pensaban que él podía mandar a sus almas al infierno, si él quería. Este hecho, unido a la energía y visión de Hildebrando, explica cómo él sólo, sin ejércitos, pudo establecer su poder sobre toda la Europa.

Entre todas las luchas que Hildebrando había de sostener, la más novelesca fue la que tuvo con Enrique IV, emperador de Alemania. Este, al ver que el papa quería hacerse jefe de Europa, miraba en aquello una usurpación de la dignidad que él reclamaba para sí y llamó a un concilio de obispos, priores y nobles de todas partes de Europa, que se reunió en Worman en 1,075. Este concilio, a instancias de Enrique, declaró que Hildebrando era un monje apóstata que se había apoderado del papado contra la ley, que usaba de las artes de la magia, que introducía nuevas doctrinas en el Evangelio, etc., etc. La respuesta de Hildebrando fue un decreto destronando a Enrique, librando a su pueblo del voto de obediencia hacia él y llamando a los príncipes cristianos a unirse contra un emperador que no respetaba ni a Dios, ni a sus representantes en la tierra. El resultado de esto fue que Enrique se halló haciendo frente a una rebelión poderosa de sus mismos súbditos; una rebelión que tomaba incremento de tal modo, que se vio en peligro de perder su dominio. No encontró otra cosa qué hacer, que pedir perdón al papa. Restituido a su derecho por éste, podía contar con el apoyo de su país. El viaje desde Alemania a Italia, lo hizo Enrique en uno de los inviernos más fuertes de todo el siglo, acompañado solo por su esposa y un hijo, con muy pocos criados, y éstos sin armas. Todos iban a pie. Pasados que fueron los Alpes, el emperador se presentó delante del Castillo de Canossa, donde Hildebrando estaba entonces. Tres días tuvo que esperar Enrique en el patio, entre la primera y la segunda muralla, descalzo, en la nieve y sin comer nada hasta el anochecer. ¡A semejante humillación pudo Hildebrando reducir a sus enemigos! El día cuatro fue admitido a la presencia del papa, todavía descalzo y vestido de penitente. Echándose en tierra ante Hildebrando le pidió perdón. Las severas condiciones que le iba a imponer Hildebrando, para que recibiese su reino de nuevo, habían sido ya aceptadas por Enrique y el papa procedió a darle la absolución y recibirle otra vez en el seño de la iglesia católica.

Cantaba el Salmo "ten piedad de mi oh Dios", y al terminar cada estrofa, golpeaba al emperador en el hombro con una vara que tenía en la mano. Entonces, después de hacer una oración, le absolvió, devolviéndole su reino y reincorporándolo a la comunión de la Iglesia. En seguida hizo preparaciones para celebrar la Eucaristía y propuso a Enrique: que tomaran los dos elementos del cuerpo y la sangre del Señor, bajo la condición de que por medio de este hecho, el inocente en la pasada contienda fuera limpiado de los crímenes falsamente imputados contra él, mientras que el culpable fuera muerto en el acto. Enrique tenía miedo, o su conciencia le acusaba de haber sido culpable, o la superstición le hizo temer a Hildebrando como a un hechicero. Rehusó tomar la Eucaristía con el papa y por tanto, aunque salió de la presencia de éste absuelto y restituido como miembro de la Iglesia y como emperador de Alemania, a los ojos del mundo parecía más degradado y culpable que nunca. La espada no se apartó de su casa y al fin murió haciendo frente a una rebelión encabezada por sus mismos hijos.

Sin embargo, antes de morir este emperador, logró juntar otro concilio, reunido con el objeto de deponer a Hildebrando y habiendo sido dado el decreto de deposición, Enrique entro en triunfo a Roma, a la cabeza de sus ejércitos en 1,083 y puso su candidato en el trono pontifical, siendo éste un individuo que se conoce con el nombre de Clemente. Hildebrando había tenidos que huir ante los ejércitos del emperador a quien había humillado; sin embargo pudo juntar un ejército propio, con el cual regresó y habiendo vencido a las tropas del emperador, los soldados de Hildebrando saquearon y quemaron la ciudad de Roma; hecho que encendió la ira de los ciudadanos romanos contra él, de tal manera, que no creyó prudente quedarse en este lugar y se fue a Salerno con su ejército, donde murió en 1,085. Sus últimas palabras fueron éstas: "He amado la justicia y he odiado la iniquidad. Por esto muero desterrado".

Hildebrando no ejerció el poder papal más que doce años. Su vida había durado menos de sesenta. Pero en el relativamente corto tiempo que había manejado el papado, primero como consejero y después como el mismo papa, lo había librado de ser juguete de libertinos y lo había hecho el poder dominante de Europa. Después de él, nunca se pidió la aprobación de ningún emperador para la elección de un papa. Después de él, la única unión que se esperaba en Europa, era la unión bajo el poder papal. Hildebrando fue para Europa, en el siglo XI, lo que Carlomagno había sido en el siglo VIII y lo que Napoleón fue en el siglo XIX.

Con todas sus faltas, tenemos que reconocer en él a un cristiano que luchaba por el ideal de una teocracia en que Dios fuera honrado como jefe supremo. Este ideal lo habían tenido los profetas del Antiguo Testamento. El mismo Jesús enseñaba: que debíamos "amar al Señor, nuestro Dios, con todo el corazón y con toda el alma y con toda la fuerza", en fin, que Dios debe tener el primer lugar en la vida. El que toma esta enseñanza en serio, tiene que protestar cuando mira que Dios y su justicia son excluidos de los gobiernos de la tierra. Para el Cristianismo, Dios ha de reinar, no sólo en el alma individual, sino también en las reilaciones sociales. Así, mientras que reconocemos el error en que caía Hildebrando en su deseo de lograr este ideal, su ejemplo, sin embargo, nos inspira a perseguir el mismo fin.