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20 Siglos del cristianismo - X

SIGLO X
VLADIMIRO Y LA CONVERSIÓN DE RUSIA

El Imperio que Carlomagno había fundado se desintegró después de su muerte y en el siglo décimo, Europa se encontraba dividida en multitud de fragmentos y en cada uno de ellos había surgido un reyezuelo, que sin más derecho que el de la fuerza, se había erigido en jefe de los que por su debilidad, no podían defender su propia existencia. Este siglo marca pues, el principio del feudalismo en Europa. El poder central había desaparecido por completo y con él las artes fueron olvidadas, pues aquella época no ha legado a la posteridad ningún monumento; la ciencia carecía de adeptos, hasta el grado de que eran considerados como hechiceros los pocos que habían conservado algunos conocimientos científicos; los hospitales y casas de beneficencia del siglo anterior, se habían convertido en fuertes de los grandes señores y nadie pensaba en ayudar a su prójimo. Las epidemias invadieron Europa y con ellas los barbaros paganos de Dinamarca, de Hungría, etc., devastaron los países cristianos. Diezmada la gente por el hambre, las plagas y la guerra, los bosques brotaron en los campos que habían servido anteriormente para la siempre de granos y los ciervos y los lobos llegaron a ser los únicos habitantes de algunas regiones que cien años antes habían sostenido a florecientes pueblos. Una especie de terror se había apoderado de las personas, que paralizaba toda iniciativa personal y colectiva, causando la decadencia de los estados.

Si este cuadro desolador se nos presenta bajo en concepto político, podía creerse que a lo menos la Iglesia tuviera algo mejor. Pero no fue así. El caos religioso fue peor que el político. El papado se había convertido en un centro de inmoralidad, intrigas y crímenes. En el corto espacio de trece años (890 - 903), nueve diferentes individuos se apoderaron, uno tras otro, de la silla pontifical. En 903, Sergio, por primera vez en la historia, se apoderó del papado a viva fuerza. Con él empieza el período que se conoce en la historia eclesiástica con el nombre de la "Pornocracia", o reinado de rameras. En esta época, una mujer de familia aristocrática pero de conducta depravada, llamada Teodora, y sus dos hijas, Teodora y Marozia, manejaron el papado durante más de medio siglo, poniendo y quitando a los papas según su capricho. Después de unos diez años de gobierno, Teodora, que había dirigido el papado por medio de Sergio, de quien era concubina, a la muerte de éste, logró que fuera declarado su sucesor otro favorito suyo, quien se conoce en la historia con el nombre de Juan X. Este era un hombre enérgico, quien organizó una expedición contra los sarracenos; pero que después de catorce años de ser papa desagradó a Marozia, quien le echó a la cárcel para hacer papa a su propio hijo, Juan XI, hijo espurio de ella con el papa Sergio; él mismo, querido de su madre. Poco después, un hermano de Juan XI, Juan XII, logró arrojarlo de la silla de San Pedro y se hizo papa a la edad de diecinueve años. Este papa fue un conjunto de todos los vicios humanos que pueden imaginarse reunidos en una sola persona. Era homicida, libertino, hasta el extremo de convertir el palacio de su gobierno en un harén, incestuoso, sacrílego y aumentaba a todos estos vicios la costumbre de libar el honor del Diablo y de llamar a los dioses paganos en su ayuda para que le depararan buena suerte en el juego. Murió al fin sin sacramentos, ultimado por un esposo que le sorprendió en adulterio con su mujer. La inmoralidad, las intrigas y los crímenes, siguieron su marcha para colocar a diferentes individuos en el papado; culminando en el siglo siguiente en el papa Benedicto IX, quien subió a su puesto mediante las intrigas y trabajos de sus amigos, a la tierna edad de doce años. Aunque no era más que un niño cuando fue hecho papa, Benedicto no tardó en manifestar en sí todos los vicios, aventajando a sus más depravados predecesores, llagando a tal extremo, que los habitantes de Roma lo echaron del palacio y lo expulsaron del país; pero regresó al frente de un ejército, y así quedó con las llaves de San Pedro nuevamente. Bajando el alto puesto de jefe de la cristiandad al nivel de un negocio, le ofreció a quien más diera por él, recibiendo de Gregorio VI el valor efectivo, en que se había tratado y renunciando sus derechos como papa a favor de éste. Después se arrepintió del trato y reclamó al comprador la devolución del papado, alegando que como era institución divina, no podía venderse. De esta confusión resultaron tres papas ejerciendo las funciones del Vicario de Cristo: el que había comprado el papado por su buen oro, el que lo había vendido y lo reclamaba otra vez y un tercero que el pueblo disgustado por esta desmoralización, había elegido. Al fin, el emperador Enrique II intervino y desechando a los tres litigantes, puso otro de su gusto. Con un papa de 12 años, no es de extrañarse que hubiera obispos como el de Rheima en este siglo, que al consagrarse no tenía más de cinco años de edad. Los obispados en general, se consideraban como buenas fincas que producían pingües ganancias. Aún se llegó al caso de dar iglesias con sus rentas como dotes de casamiento. La depravación invadió también a los monasterios y muchos de éstos no eran más que centros de borrachera y libertinaje. Se llegó al grado de que los mismos sacerdotes hicieran escarnio de la religión. Estos celebraban a veces, una llamada "misa del burro", en que imitaban el rebuzno del asno, llenaban los incensarios de basura, entonaban cantos obscenos, y vestidos fantásticamente ofrecían homenaje a uno de sus compañeros con el nombre de "obispo de los tontos".

No es de extrañarse que la gente común, viendo este estado de cosas en el Imperio y en la Iglesia, se dejara sumergir en la más abyecta superstición que aumentaba con el gran número de calamidades, invasiones, pestes, malas cosechas y otras desgracias que Europa sufrió en este siglo. Conforme iba pasando el siglo, crecía el terror y la confusión, porque se creía que al llegar el año mil, el Diablo sería desatado, sobreviniendo el Juicio Final. Esta teoría se basaba en una interpretación del capítulo 20 del Apocalipsis, que contaba los mil años a que se refiere este capítulo, desde nacimiento de Jesús. Esta interpretación llegó a constituirse en un axioma popular. Basados todos en esta creencia, pocos eran los intentos para salir de aquella parálisis. ¿Para qué edificar templos durables, si éstos habían de acabar entre pocos años? ¿Para qué escribir historias, si el mundo iba a acabar y no iba haber quién las leyera?

En toda esta inmensa obscuridad no faltaban algunos puntos luminosos que constituyeran una esperanza para el porvenir. Había no pocos de los que se llamaban cristianos y entre ellos algunos sacerdotes y obispos, animados por un espíritu verdaderamente evangélico. En Alemania especialmente, tanto en el clero como en el pueblo, el Cristianismo verdadero obraba como sólo él puede cuando se le da oportunidad. Aquí, a pesar del terror general, se notaban algunos progresos positivos en la organización eclesiástica y en la vida y costumbres del pueblo. Odón de Cluny comenzó en esta época una completa reorganización de los monasterios, agrupando muchos que estaban diseminados alrededor de un poder central directivo y trabajando para mejorar los servicios y moralidad de estos centros.

Si en el Occidente encontramos toda la confusión que acabamos de escribir: en el Oriente por el contrario, el Cristianismo se desarrollaba progresivamente, compensando por medio de la conversión de nuevos pueblos paganos, las pérdidas que había sufrido ante el mahometismo. El siglo décimo marca la conversión nominal de Rusia al Cristianismo. En 945, Igor, el príncipe de Kiev, murió dejando un hijo, Sviatoslaf, que no había aún alcanzado su mayoría como heredero. La viuda Olga quedó como regente. Ella había oído hablar del Cristianismo y estando en Constantinopla en 955, recibió más instrucción y fue bautizada. Olga trataba de convencer a su hijo -que había llegado a la mayoría de edad y tomado la dirección del gobierno-, de la verdad cristiana. El rehusó prestar oídos a sus súplicas, afirmando que si él como rey aceptaba el Cristianismo, sus soldados se burlarían de él y perdería el prestigio de que como rey tenía necesidad. Sin embargo, dio libertad para que se hiciera propaganda cristiana y se formó, durante su reinado, una pequeña comunidad cristiana.

Cuando Sviatoslaf murió, dejó el reino dividido entre sus tres hijos: Iaropolk, Oleg y Vladimiro. Estos no quedaron contentos con la división que había hecho su padre y se pusieron a pelear entre sí. Siguió un tiempo de guerra civil en que Iaropolk venció y mató a su hermano Oleg, solo para morir asesinado por Vladimiro, quien así quedó como único señor del reino. Era éste el tipo del pagano ruso, apasionado, sangriento y cruel. Tenía a la vez, cinco princesas como esposas, además de unas ochocientas concubinas en los diferentes lugares de su reino. Pero el alma brutal de este bárbaro, fue atribulada por dudas y aspiraciones religiosas.

No conociendo nada mejor, se dirigió primero a los dioses paganos. Mandó a hacer nuevos santuarios y nuevas imágenes. Sacrificó a dos cristianos* ante sus ídolos.

Mas, Vladimiro no encontró en el paganismo lo que su alma anhelaba, y así dispuso mandar una comisión para estudiar las diferentes religiones conocidas entonces, para ver si encontraba una mejor. Esta comisión se dirigió al mahometismo, al judaísmo, al catolicismo romano y al Cristianismo oriental ortodoxo. Informó a Vladimiro que no podía recomendarle la religión del Islam (mahometismo), porque esta religión exigía la circuncisión y prohibía el vino tan querido de los rusos. "Es una religión sin gozo", le dijeron. El judaísmo no les parecía bien, porque sus discípulos andaban por la tierra sin tener domicilio fijo. El catolicismo romano tampoco les pareció, al compararle con la magnificencia del culto ortodoxo, que la comisión recomendó como la mejor religión que había encontrado y la que él debía adoptar, siendo que "sin abuela (Olga), la más sabia de los mortales, no la hubiera adoptado a no ser que fuera la mejor". Impulsado por estos motivos, no es extraño que Vladimiro considerara el bautismo como cualquier otro bien que podía conquistar a fuerza de las armas. Juntó sus ejércitos y empezó una expedición contra Constantinopla, demandando de los emperadores Basil y Constantino que le dieran a su hermana Ana como esposa. Ellos, temiendo al bárbaro ruso y pensando que sería mucho mejor tenerlo por amigo que como enemigo, consintieron con la condición de que Vladimiro se dejara bautizar primero. Como esto era precisamente lo que Vladimiro deseaba, mandó a decir que le dieran sacerdotes para bautizarlo y hecha la ceremonia, se llevó a éstos como cautivos junto con la nueva esposa, para su capital. Allí mandó a dar azotes a sus ídolos y los echó al río. Hecho esto, mandó a todos los habitantes de su ciudad, hombres y mujeres, maestros y esclavos, ancianos y niños, a meterse al río también mientras que los sacerdotes leyeron en la playa la ceremonia bautismal. Así como un apóstol armado, Vladimiro empezó la conversión de Rusia al Cristianismo. Hecha la conversión nominal, Vladimiro no perseguía las prácticas antiguas, pero sí se ocupó en hacer el culto cristiano tan atractivo como podía.

Se nota un fenómeno extraño en este cruel bárbaro que había conquistado su bautismo a viva fuerza, e hizo a su país cristiano por la espada. Conforme él iba estudiando y entendiendo la religión que había adoptado por motivos tan mezquinos, el espíritu de Cristo iba modificando su carácter. El pensó conquistar a Cristo para sí, pero el fin fue que Cristo venció a Vladimiro. Reconoció el mal que había hecho en vivir con tantas mujeres y fue fiel a la esposa que había traído de Constantinopla. Su amor por la guerra se extinguió. En lugar de salir a conquistar nuevos territorios a fuerza de sangre y sufrimientos indecibles para los habitantes de ellos, se dedicó a administrar la justicia en su propio país.

Fundó varias escuelas para enseñar a los niños de su reino a leer las Sagradas Escrituras traducidas en la lengua popular. Tenía sus dificultades para conseguir alumnos, puesto que los padres miraron en el arte de leer y escribir, una nueva clase de magia y temían por sus niños. Solo valiéndose de la fuerza que ejercía como rey, Vladimiro logró alumnos al principio.

Edificó muchas iglesias. En el lugar donde había sacrificado a los dos cristianos al principio de su reinado, levantó un hermoso templo a la memoria de aquellos mártires. En el lugar donde el dios Perún había estado, hizo otra iglesia hermosa; y así buscaba la manera de dirigir la atención de su pueblo al Cristianismo.

Trató de introducir las reformas correspondientes a su nueva fe en las leyes del país a efecto de templar las costumbres bárbaras. Esto, al principio, dio por resultado un aumento en el número de delitos y crímenes. Pero a pesar de esto, no quiso usar de la pena de muerte contra los malhechores. "Temo pecar", respondía a los que le aconsejaban que procediera con más energía contra los criminales. El que había sido cruel y taciturno, se llenó de ternura cristiana y el pueblo puso a su rey el apodo de "el gozoso". Cuando murió, en el año 1,015 (se había convertido en 988), su cuerpo fue despedazado y se dejaron reliquias en todas las principales iglesias de su reino. Su reino fue dividido entre doce hijos y un sobrino.

Así fue como Rusia se hizo cristiana. El Cristianismo que recibió fue un Cristianismo a medias, es verdad, bien diferente de la enseñanza de Jesús. El culto a las imágenes, la celebración de la misa, las vestiduras y demás pompas de los sacerdotes, habían suplantado la sencillez evangélica. Se modificó aún más por su síntesis con las antiguas creencias rusas. Pero esto no debe ocultarnos el hecho de que al fin llegó al pueblo ruso el conocimiento del Evangelio en las Sagradas Escrituras. El hecho de que Rusia recibió el Cristianismo de Constantinopla y no de Roma, a lo menos le trajo este bien de darle al pueblo la Biblia en su propio idioma y de permitir su lectura a todo aquel que sabía leer. Y por supuesto, muchos otros bienes sociales, como la abolición de la poligamia, mayor unidad y justicia en la administración del Estado, etc., etc., llegaron a Rusia con el Cristianismo.