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20 Siglos del cristianismo - IX

SIGLO IX
ANSCARIO Y LA EVANGELIZACIÓN DE ESCANDINAVIA

Nos hemos fijado en nuestro último capítulo, en las luchas respecto al uso de las imágenes en las iglesias, que ocupó tanto la atención de los cristianos del siglo octavo y en el hecho de que esta cuestión no fue definitivamente decidida, sino que seguía agitando la cristiandad en el siglo a que nos referimos ahora.

El siglo octavo terminó, estando en el poder los que querían rendir culto a las imágenes. Pero después de la muerte de la infame Irene, en el año 802, una reacción empezó en la Iglesia, tomando tal incremento, que el emperador León el Armenio (813-820), dio orden otra vez de suprimir el uso de las imágenes y poco después el emperador Teófilo (829-842) prohibió terminantemente todo culto a ellas, ya fuera público o privado. Esta reforma no iba a durar mucho tiempo sin embargo, porque cuando murió este Emperador iconoclasta, su viuda restauró la misma práctica de antes. El sínodo de Constantinopla, reunido en 842 reafirmó las decisiones del séptimo Concilio Ecuménico y estableció la fiesta de Ortodoxía, en conmemoración del triunfo del culto a las imágenes.

La iglesia romana se había puesto al lado del partido que abogaba por este culto, durante toda la controversia. Pero en este siglo la iglesia romana, con todo su poder, fue eclipsada por el gran imperio que se formaba en Europa Occidental por Carlos el Grande (Carlomagno), nieto de Carlos Martel. En el primer año del siglo que estudiamos (800), éste había sido coronado "Emperador de los Romanos", por el mismo papa, restableciendo así el Imperio Romano en el Occidente. Aunque Carlomagno murió en el año 814, su influencia se dejó sentir durante todo el siglo. Estableció un imperio que fue uno de los más grandes de que nos habla la historia. Unió en un mismo estado a sajones, lombardos, bávaros, húngaros, daneses, eslavos y griegos. El gobierno central atendía los intereses de los pueblos, hasta los últimos confines del imperio. Las artes se desarrollaban a grandes pasos. Los establecimientos de instrucción se multiplicaban por doquiera. Los hospitales, asilos y otras obras de beneficencia prestaban sus servicios en las distintas regiones del Imperio. Y sobre todo, la seguridad personal y del tráfico estaba plenamente garantizadas. Es de interés notar que Carlomagno y la iglesia gálica, de que era patrón, no habían aceptado el decreto del séptimo Concilio Ecuménico, autorizando el culto a las imágenes. Esta iglesia decretó: que si bien se podía ponerlas en las iglesias, bajo ninguna circunstancia podía rendírseles culto.

De este siglo noveno, vienen los llamados Decretos Isodorienses. Estos pretenden ser respuestas a preguntas que se les hacían a los obispos de Roma, desde el tiempo de los apóstoles en adelante y fueron publicados bajo el nombre de Teodoro de Sevilla. El verdadero autor no es conocido, pero es evidente que estos decretos no son verídicas respuestas dadas por los papas mencionados en ellos, por el lenguaje, la versión de la Biblia citada y otras muchas razones. Son falsificaciones hechas con el objeto de apoyar la doctrina de la supremacía del papa romano en la Iglesia cristiana, la independencia de ésta del estado y la dignidad del clero.

También en este siglo pueden notarse las primeras señales de una separación definitiva y final entre la iglesia de Occidente o romana y la iglesia oriental. Esta división provino en parte de la separación política que existía entre los dos imperios, el del Oriente y el del Occidente, pero también fue el resultado de algunas diferencias menores en prácticas y creencias. Por ejemplo, la iglesia oriental reconocía 83 cánones apostólicos, mientras la iglesia romana sólo reconocía 50. La iglesia oriental ordenaba en el sacerdocio a hombres casados, mientras la iglesia romana prohibía el casamiento de sus sacerdotes. La iglesia oriental no concedía a sus feligreses el comer sangre y cosas estranguladas, siguiendo el decreto del concilio de Jerusalén del siglo primero; mientras que la iglesia romana permitía estas cosas.

Pero lo que definitivamente separa las dos iglesias hasta el día de hoy es la cuestión de que: si el Espíritu Santo procede del Padre y el Hijo, como la iglesia romana sostiene, o sólo del Padre, como enseña la iglesia oriental. La controversia sobre este punto siguió su curso, pero no fue posible llegar a un acuerdo; y al fin se hizo la separación, lanzándose anatemas y mutuas acusaciones de ser cismáticos, quedando el cisma entre "ortodoxos" y "romanos" en pie, hasta el día de hoy.

Lo que hasta aquí hemos expuesto en nuestro estudio del siglo noveno, muestra un Cristianismo aún más degradado que antes. Mas el cuadro no debe ser sólo sombra. Hay pruebas de que el espíritu de Jesús estaba también potente en su influencia sobre aquellos que se dejaban guiar por él.

Este siglo se distingue por la gran actividad misionera desplegada por la Iglesia.

En él, Metodio llevó el Evangelio a Bulgaria, y este país se convirtió al Cristianismo. La Moravia también recibió el Evangelio, y se hizo en su lengua una traducción de la Biblia.

Pero el misionero que nos llama la atención especialmente en esta época es el apóstol de Escandinavia, Anscario. Este era de sangre sajona, y habiendo sido recogido muy joven por el Monasterio de Corney, fue instruido por los monjes con otros jóvenes que procuraron prepararlo para ser un misionero para su propio pueblo, recién convertido (por la fuerza) al Cristianismo por Carlomagno. Desde luego, se distinguió como un joven de entendimiento y de tacto.

En el año 822 el rey de Dinamarca, Haraldo klog, se encontró en peligro de perder su reino por una revolución encabezada por otro que reclamaba el trono. Con la esperanza de ganar el territorio perdido y establecerse firmemente en su trono, este monarca profesó conversión al Cristianismo y pidió la ayuda de Luis, hijo de Carlomagno, emperador de los francos. Este mismo emperador le sirvió como padrino, cuando se bautizó con mucha pompa en el palacio de Ingelheim, hecho por el mismo Carlomagno. Juntamente con él se bautizaron su reina, su hijo y 400 vasallos suyos. Después del bautismo, Haraldo regresó a su país y con la ayuda del emperador pudo sofocar la rebelión; y así, fuera el motivo de su bautismo lo que fuera, abrió la puerta para que entrara el Cristianismo en Dinamarca.

Anscario fue escogido por sus superiores, como el más llamado para la comisión de enseñar el Cristianismo a los paganos dinamarqueses, y a pesar de los peligros, se mostró muy deseoso de empezar el trabajo. Había tenido una visión una vez, que él había sido recogido hasta la misma presencia del Eterno y oído una voz de gloria inefable, que decía: "Vete y vuélvete a mi otra vez, coronado con martirio". Esta visión le daba ánimo para soportar cualquier peligro. Sólo hubo uno de sus compañeros que quiso acompañarlo, mas no había ningún criado que tuviese valor de servirle en su viaje.

El tiempo de preparación, antes de la ida, lo empleaba Anscario en un estudio diligente de las Sagradas Escrituras, que fueron para él una fuente de inspiración y fuerza.

Lejos de querer para sí el don de hacer milagros, o hacerse un santo para los ojos del mundo, él acostumbraba decir: "Si yo me considerara digno de tal favor del Señor, yo le pediría que me concediera un solo milagro: que por su gracia me hiciera un hombre bueno".

En el año 826, Anscario y su compañero se fueron a Dinamarca y trabajaron dos años, esforzándose para convertir a los dinamarqueses al Cristianismo. Empezó su obra fundando una escuela, en la cual los jóvenes del país podían instruirse, para así llevar el Evangelio a los de su lengua y nación. Pero después de dos años, el compañero de Anscario se enfermó, y Haraldo, odiado por su pueblo por haber profesado la religión cristiana, fue arrojado de su trono.

Así, Anscario no pudo quedarse en el país con ninguna seguridad. Pero no regresó a su hogar, sino buscó un nuevo campo de actividad en Suecia. Aquí halló a muchos que, como esclavos o comerciantes en otros lugares, habían creído en el Cristianismo, pero casi todos sin instrucción. Se quedó año y medio en Suecia, instruyendo a los que ya profesaban la religión cristiana, y atrayendo a muchos nuevos convertidos. Fueron fundadas escuelas y levantadas iglesias en muchas partes del país, en este corto tiempo. Después del año y medio referido, Anscario fue nombrado arzobispo de Escandinavia, con residencia en Hamburgo (*). Dejando a un tal Gauzberto encargado de la obra establecida en Suecia, Anscario fue a su nuevo hogar y empezó otra vez a pensar en la evangelización de Dinamarca. Fundó una escuela en Hamburgo, y cuando no podía conseguir alumnos dinamarqueses de otra manera, redimió a jóvenes esclavos para educarlos en el Cristianismo y mandarlos después como misioneros a su país. Así pasaron unos catorce años, sin que la obra en Dinamarca adelantara gran cosa. El rey era pagano y perseguía a la iglesia cristiana de muchas maneras. Esta persecución fue tanta, que en el año 845 el dinamarqués, con su ejército, tomó Hamburgo y quemó la escuela de Anscario, juntamente con su biblioteca y demás posesiones, dejando enteramente devastado el territorio del alrededor. Así fue como los esfuerzos a los cuales había dedicado la mitad de su vida, se redujeron a cenizas en un momento. Se dice que cuando Anscario vio las ruinas de su escuela e iglesia, dijo reverentemente aquellas palabras que Job habló en circunstancias semejantes: "Dios ha dado y Dios ha quitado, sea el nombre de Dios bendito". Para hacer la calamidad más completa, llegó luego la noticia de que Gauzberto había sido expulsado de Suecia por los paganos y que su trabajo lo habían destruido en lo que les había sido posible. Pero a pesar de todas estas circunstancias desanimadotas, Anscario se dedicó a levantar otra vez las instituciones destruidas y continuaba anunciando el Evangelio como antes. Pasaron algunos años más, y al fin de ellos, Anscario pudo alegrarse al conseguir permiso del rey Horik de Dinamarca (el mismo que había quemado su escuela), para predicar dentro de sus dominios. Así fue como se inauguró una iglesia en Schleswig. Poco a poco, nuevos convertidos entraron y fueron bautizados, y aunque durante muchos años después hubo persecución, el Cristianismo siguió su desarrollo pacífico, hasta que el paganismo fue desapareciendo completamente ante la fe de Cristo.

Mientras tanto, Anscario no había olvidado a Suecia, y tan luego como pudo, mandó allá a otro misionero. La propaganda cristiana fue tolerada solamente por la influencia del gobernador Herigaro, quien había creído en el Evangelio por Anscario, y cuando en el año 852 Herigaro murió, los sacerdotes paganos empezaron un gran avivamiento de la religión antigua. La crisis llamó a Anscario a Suecia, y habiendo llegado en medio del entusiasmo del nuevo movimiento pagano, tuvo muchas dificultades en obtener una oportunidad de ser oído. Al fin arregló un banquete para el rey, y por sus regalos y su manera cortes de presentar su petición, juntamente con recomendaciones del rey de Dinamarca, su antiguo perseguidor pero su amigo firme entonces, logró el consentimiento del rey Olaf, para tolerar al Cristianismo entre los límites de su país.

Así, cuando llegó la hora de su muerte, en el año 865, Anscario ya pudo ver el buen principio de la obra cristiana en todos los países escandinavos.

Después de su muerte, su alumno Rimberto siguió su trabajo, pero aún en su tiempo no se convirtió todo el país. Hasta dos siglos más tarde, por medio del gran Canuto, quién oyó el Evangelio en Inglaterra, cuando estaba allí conquistando al país, el Cristianismo quedó firmemente establecido como religión oficial de Dinamarca. De la misma manera, poco a poco la religión de Cristo triunfaba en Noruega y Suecia, donde quedó definitivamente establecida en el siglo XII.

Aunque luchaba contra muchos obstáculos, Anscario edificó muy bien. Su obra, que no mostró grandes resultados durante su vida, ha permanecido, mientras que muchas que parecían más prosperas, han perecido. Queda así para siempre, como un ejemplo vivo para cada obrero cristiano que se vea en un campo duro. Y su caridad, su consagración y su valor quedarán en la historia como muestra del más alto desarrollo del espíritu cristiano.