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20 Siglos del cristianismo - VIII

SIGLO VIII
BONIFACIO Y LA EVANGELIZACIÓN DE ALEMANIA

Hemos notado en nuestro último capítulo el rápido crecimiento del mahometismo, que después de pocos años de existencia conquistó a Arabia, Siria y el Norte de Africa. Los mahometanos ejercían también toda la fuerza de que podían disponer contra Constantinopla, pero el imperio oriental, cuya capital era dicha ciudad, aún resistía eficazmente los ataques de los soldados del Profeta, en el siglo que ahora describimos.

Hallando cerrada la entrada a Europa por el Oriente, los mahometanos sin embargo pudieron introducirse desde el Africa a España y habiendo conquistado a este país, pasaron sobre los Pirineos a Francia. En el año 732 se libró la llamada batalla de Tours, entre los sarracenos (mahometanos) y los francos, quienes tenían por jefe a Carlos, nombrado después "Martel" (el martillo), por sus grandes y fuertes golpes contra el enemigo. Los mahometanos fueron definidamente vencidos en esta batalla y tuvieron que dejar a Francia. Así fue que Carlos Martel y sus francos salvaron a Europa para el Cristianismo.

Pero la Iglesia continuaba en su carrera de corrupción. No aprendía la lección que el mahometismo debía haberle enseñado. Este siglo fue testigo de una fuerte controversia sobre el uso de las imágenes en las iglesias. Como hemos ya notado, la costumbre de adorar a las imágenes había sido exigida originalmente por el pueblo al clero, pero debido a la resistencia de éste, se había propagado muy lentamente.

Pero en el siglo que ahora estudiamos, la costumbre era ya bastante generalizada. Sin embargo muchos cristianos sentían profundamente que ésta práctica hubiera entrado a corromper la religión pura y espiritual de Jesús. Resolvieron salvar al Cristianismo si fuera posible de este extravío y hallaron un adalid de su idea en el emperador León (716-741) quien en 726 mandó que todas las imágenes fueran puestas en alto, arriba del alcance de los adoradores, a quienes prohibió el culto a ellas. Cuatro años después mandó quitar todas las imágenes de las iglesias y blanquear las paredes. Se formó un partido a favor de las imágenes, del cual Juan de Damasco se hizo jefe, pues vivía en un país mahometano y por esto fuera del alcance del emperador. Juan de Damasco afirmó que el uso de las imágenes no era contrario al segundo mandamiento después de la venida de Cristo. Dijo que ya que Dios se había hecho hombre en Jesús, los hombres tenían derecho de hacer representaciones de la Deidad también. El papa romano, Gregorio II se unió al partido de los que querían el culto a las imágenes. En el 754 un concilio de toda la iglesia se declaró en contra de este culto y lo prohibió. Pero en 780 el emperador Khazarus León murió dejando a un heredero que no había alcanzado su mayoría. Por esto el manejo del gobierno recayó sobre la reina Irene, viuda de Khazarus. Ella para quedar en el poder, mandó quitar los ojos a su hijo, el heredero del trono imperial, para que estando ciego, nunca pudiera encargarse del gobierno, siguiendo ella por esta razón de regente mientras él viviera. Habiendo comenzado con este acto inhumano su reinado, su primer hecho notable subsiguiente fue la orden de restaurar las imágenes a las iglesias. En 787 convocó un concilio que se declaró a favor del culto a las imágenes. La controversia continuó sin embargo hasta el siguiente siglo.

La iglesia romana en esta época reclamaba para sí más y más, el derecho de mandar a toda la cristiandad, pero no se separó definitivamente de las iglesias del oriente que no reconocieron los derechos que ella pretendía ejercer. La organización eclesiástica era aún bastante libre.

Se unieron al fin las dos iglesias de Inglaterra, la antigua celta, mencionada en el último capítulo y la romana. En el sínodo de Whitby celebrado en el año 664, estas dos ramas del cristianismo se amalgamaron en un solo cuerpo.

En el seño de esta iglesia unida, llena del celo misionera y fuerte en la conciencia de poder vencer el paganismo que aún quedaba a su alrededor, nació en el año 680 un niño que la historia conoce con el título de San Bonifacio. A la edad de 7 años fue entregado a los monjes de Exeter para ser educado por ellos y joven aún dedicó su vida al servicio de Cristo, como él entendía este servicio. Entró en el monasterio de Nutscalle, tomando los votos de monje. Luego mostró aptitudes especiales y fue mandado en comisiones importantes tanto por orden sus superiores en el monasterio, como también por el mismo rey del país.

Los cristianos de Inglaterra habían mandado misioneros a sus parientes en Alemania y seguían su actividad con interés y oración. Bonifacio al oír de los hechos de estos misioneros, no quería quedar más en Inglaterra donde la obra evangelizadora estaba casi completa, anhelando para sí una obra más heroica. Así en el año 715 pidió a su abad que le mandase como misionero a los paganos de Alemania. Varias dificultades se presentaron, pero en 718 cuando ya tenía 38 años Bonifacio, se le comisionó para llevar la fe cristiana al extenso territorio que hoy se le llama Alemania. Fue enviado como jefe de las varias misiones que ya habían sido establecidas y su celo y sabiduría transformaron a Alemania, en los 30 años de su obra misionera, en una nación cristiana, a lo menos de nombre. La Alemania que César con todas sus legiones no había podido vencer, la conquistó Bonifacio sin otras armas que la Biblia que llevaba en su mano y el amor a Cristo que tenían en su corazón.

A su llegada encontró al país todavía bajo el poder del paganismo. Los habitantes celebraban aún sus ritos a los dioses Tor y Woden. De los creyentes que habían sido bautizados, muchos habían vuelto a estas prácticas paganas. Bonifacio usaba de gran tacto y mucho amor para reclamar a éstos su regreso a la fe cristiana y también para convencer a los paganos que nunca habían dejado su antigua creencia, de la verdad que él anunciaba. Después de cinco años de esfuerzo, pudo ver a los príncipes de Hesse y Turingia recibir el bautismo cristiano.

Pero el amor y las razones de Bonifacio no alcanzaron a convencer a todos. Siempre había muchos que necesitaban de algo más fuerte para que se hicieran cristianos. Bonifacio no seguía el método de Clodoveo, de convertir con la espada. El usaba una hacha.

La historia es así: Había en Geismar un gran roble que se tenía por sagrado por los devotos al dios Tor. En el año 724 Bonifacio dejó dicho a todos los paganos que el día de la Natividad de Jesús, él iba a botar este árbol y que les invitaba para asistir al acto.

Cuando él llegó al árbol acompañado de unos pocos cristianos, encontró una gran multitud de paganos que esperaban su llegada. Había un círculo de piedras alrededor del árbol y alrededor de este círculo estaban sentados miles de los adoradores de Tor, convencidos de que su dios mataría al sacerdote cristiano que iba a profanar su santuario. Antes de hacer la prueba, Bonifacio leyó a la multitud una carta del papa romano, en que decía que debían dejar sus falsos dioses y malas costumbres y seguir sólo al Dios que Bonifacio les iba a anunciar. Habiendo acabado la lectura de la carta, Bonifacio tomó un hacha y con un ayudante empezó a cortar el gran roble. Golpe tras golpe cae sobre el árbol, pero Tor no se venga. Al fin, cuando la tarea se iba acabando, un fuerte soplo de viento hizo caer el árbol con gran estruendo, ante la muchedumbre que siempre lo había considerado de tal manera sagrado, que ni siquiera se acercaba a él, y todos tenían que desengañarse de que su dios no había podido salvar su santuario. Luego, uno de los concurrentes lanzó un grito: de que el Dios del extranjero era más fuerte que los dioses a quienes ellos adoraban y que serían más cuerdos sirviendo al Dios de él y no más a los suyos. Los demás acordaron que así era y Bonifacio mandó a estos nuevos creyentes a que hicieran un templo cristiano, de la madera que se sacara de este árbol de Tor.