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20 Siglos del cristianismo - VII

SIGLO VII
AIDAN Y LA EVANGELIZACIÓN DE LOS ANGLOSAJONES

Al hablar del siglo séptimo de la era cristiana, se nos presenta el extraño fenómeno de que el hombre que más influencia ejercía sobre el Cristianismo en aquel tiempo, y cuyo nombre se repite con más frecuencia en las historias de la época referida, no era cristiano. Era el profeta de una nueva religión, que había de luchar durante mucos siglos con el Cristianismo, y que, aún en nuestros días, muestra muchas señas de vida y de crecimiento. Nos referimos a Mahoma.

Para entender el crecimiento tan rápido y el poder que ejercía y que ejerce el mahometismo, tenemos que recordar que la Iglesia cristiana se había alejado muchísimo de la fe sencilla enseñada por su Señor. Había en las ciudades, entre los filósofos y prelados del siglo, muchos verdaderos cristianos. Pero en el campo y los desiertos, el paganismo apenas había sido bautizado con el nombre de cristiano, y las costumbres y las supersticiones de antes habían quedado sin cambio alguno. En la Arabia por ejemplo, donde el mahometismo nació, el vulgo cristiano conceptuaba la doctrina de la Trinidad de tal forma que decía que constaba de Dios el Padre, de la virgen María, la madre, y del niño Jesús. Los árabes que se llamaban cristianos, eran tan idólatras como sus vecinos paganos; en su moralidad, no iban mucho más allá de las costumbres crueles de su pueblo, que ordenaba la muerte de las hijas que venían sobrando y practicaban la venganza de sangre y el exterminio del enemigo.

Mahoma nació en la Meca, centro del culto pagano de los árabes, por ser el sitio donde se encontraba la famosa piedra negra llamada "Kaaba", que aún hoy es el objeto de miles de visitas cada año. El año de su nacimiento fue como por 570 de nuestra era. Fue hijo póstumo y aún su madre falleció cuando tenía pocos años, quedando así en la completa orfandad y bajo el cuidado de un abuelo.

Criado en la pobreza, se casó a los 25 años con una rica viuda, a quien servía de mayordomo. Era de temperamento nervioso y sufría desde su juventud ataques epilépticos, en los cuales veías visiones y oía voces.

Cuando tenía 40 años, o sea en el año 610, se creía llamado por Dios mismo, para ir como profeta suyo a anunciar las dos grandes verdades: que sólo un Dios había y que Mahoma era su profeta. Tres años después empezó su actividad pública, predicando y organizando a sus creyentes. Se nota cierto cambio en él conforme crecía su poder. Primero toleró el Judaísmo y el Cristianismo, con la esperanza de que los judíos le recibieran como su Mesías esperado, y los cristianos como Cristo venido por segunda vez. Después, habiendo crecido notablemente el número de sus discípulos, no solo obligaba a los paganos que venían en su contra a aceptarle como el profeta de Dios al vencerlos, sino que mataba judíos y cristianos con el objeto de regalar sus terrenos y demás bienes a los seguidores de él mismo; y por fin declaró la Guerra Santa contra todos aquellos que no le reconocían como profeta del Altísimo. Esto se nota especialmente después de su "hégira", o fuga de la Meca a Medina en el año 622, que vino a ser la crisis de su carrera y la fecha desde la cual data su era el mahometismo.

Parece que las doctrinas de Mahoma y su persona, vinieron a buen tiempo, para unir las diferentes tribus de la Arabia en una nación formidable. Cuando en 632 murió Mahoma, en medio de sus preparaciones para una campaña vigorosa contra Siria, toda la Arabia había dejado a sus ídolos antiguos y lo reconocía como profeta de Dios.

El Korán, libro dictado por Mahoma en sus éxtasis, contiene en resumen las doctrinas principales que enseñó éste, que son las siguientes:

1.- Dios es uno, Todopoderoso y sabio, y todos debemos obedecerle.

2.- Todos los acontecimientos han sido predestinados por él y no pueden cambiarse por nada.

3.- Hay dos clases de ángeles, los buenos y los malos.

4.- Dios ha dado su revelación en las Escrituras.

5.- Dios ha mandado varios profetas para enseñar a los hombres, de los cuales los más grandes son: Adán, Moisés, Jesús y Mahoma. Este último es el Paráclito prometido por Jesús.

6.- Dios juzgará a todos los hombres, recompensándolos o castigándolos, según los hechos cometidos en la vida.

Además, el Korán enseña las virtudes de la honradez, la humildad, el valor y la temperancia. Por otra parte, permite la poligamia y la esclavitud y obliga a la propagación de la fe por medio de la espada. Recomienda como virtudes principales: la oración, las limosnas, los ayunos y la peregrinación a la Meca.

Durante la vida de Mahoma, su religión no se extendió más allá de Arabia, pero después de su muerte, sus discípulos siguieron la Guerra Santa. En 637, Jerusalén cayó en poder de ellos; en 639 toda la Siria había sido conquistada y en 641 Egipto cayó también en sus manos. El espíritu insolente de los discípulos "del profeta" destruía la civilización cristiana donde quiera que llegaba (*). Un ejemplo puede bastar para ilustrar una multitud de acontecimientos. La famosa Biblioteca de Alejandría contenía todos los escritos más importantes de la antigüedad, habiendo adquirido en sus volúmenes la sabiduría destilada de los siglos pasados. El general mahometano que había tomado la ciudad, preguntó a su jefe: qué debía hacer con todos estos libros. La respuesta es muy conocida: "Si estos libros están de acuerdo con el Korán, son superfluos; si no están de acuerdo con el Korán, son viciosos. En todo caso, son inútiles y hay que destruirlos". De conformidad con esta orden, fueron repartidos entre los baños de la ciudad y sirvieron de combustible para varios meses, yéndose así en humo, tesoros literarios de inestimable valor.

Desde Egipto, poco a poco, en este siglo séptimo del Cristianismo, los mahometanos se apoderaron de toda el Ã�frica del Norte, hasta que, a fines del mismo, quedaron en plena posesión de esta parte de la tierra. Hicieron varios ataques contra Constantinopla, pero el imperio del Oriente resistió con eficacia sus ataques, hasta setecientos años después. En los lugares conquistados no lograron convertir a todos los habitantes, como se ve en el hecho de que en Persia existe todavía una iglesia cristiana, la nestoriana; en Egipto otra, la cóptica; lo mismo que en la Siria y en otras regiones sojuzgadas por los ejércitos del profeta. Pero sí, lograron convertir a grandes multitudes, y más importante aún, lograron cambiar toda la cultura y forma de gobierno de los países conquistados, haciéndolos al modo mahometano.

Pero mientras el Cristianismo perdía los lugares consagrados por el recuerdo de la presencia de Jesús en ellos; mientras millones de creyentes le desconocían por seguir a Mahoma; mientras él mismo se corrompía cada día más; el espíritu de Jesús obraba todavía en el mundo, y testigos fieles se levantaron a llamar la atención de las multitudes, para volverlas hacia el Dios que habían conocido los primeros apóstoles.

Vimos en nuestro último capítulo, cómo a fines del siglo sexto, Gregorio el grande había mandado misioneros cristianos a Inglaterra, y cómo ellos habían empezado la conversión de los anglosajones al Cristianismo. Pero ya había desde antes una iglesia cristiana en Inglaterra, entre los habitantes aborígenes, los celtas, quienes habían sido empujados al interior de la isla por los invasores anglosajones. El Cristianismo, siendo religión de los celtas, había sido despreciado por los invasores, pero los celtas habían guardado su creencia en él.

Esta iglesia celta no era rama de la iglesia romana, sino había tenido un origen independiente. Se distinguía de la iglesia romana, en la forma de la tonsura que usaban los sacerdotes y en el tiempo en que se celebraba la Pascua de la Resurrección. Naturalmente, cuando los anglosajones empezaron a convertirse al Cristianismo y a organizarse en una iglesia cristiana, bajo la dirección de los misioneros romanos, la cuestión de la relación de estas dos ramas de la Iglesia, que representaban las dos razas de Inglaterra, vino a ocupar mucho la atención de los caudillos de ambas organizaciones.

Varias veces se hizo la prueba de unir las dos iglesias, pero siempre sin éxito. La iglesia romana hizo fracasar todas estas tentativas, por la exigencia con que insistía sobre que ella sola tenía derecho en Inglaterra. Se dice que una ocasión, cuando se trataba de unirlas, los representantes celtas fueron instruidos antes de ir a la conferencia, para proceder a la fusión de las iglesias, si ellos vieran que la Iglesia romana reflejaba el espíritu del Señor. Cuando llegaron al árbol donde iban a tener la conferencia, hallaron sentado al representante de la Iglesia romana, quien al verlos acercarse, lejos de levantarse para saludarlos, se quedó como estaba, esperando que le rindieran homenaje. Al ver que no lo hicieron, les reclamó la falta de respeto para él, que como representante del papa, decía, le correspondía. Después, al tratar la unión, el misionero romano insistía en que la única manera de hacerla, sería que la Iglesia celta se entregara sin ninguna reserva a la romana, dejando sus prácticas y libertades particulares. No tanto las demandas, como el espíritu en que lo hicieron, disgustó a los representantes de la Iglesia celta, y sus delegados recomendaron a sus correligionarios: que no se hiciera ninguna paz con la Iglesia tan alejada del espíritu de Cristo, como lo era la Iglesia romana.

Si buscamos representante del verdadero Cristianismo en este siglo, es difícil encontrar uno en la Iglesia oriental, que estaba en lucha respecto al uso de las imágenes en las iglesias, y sumamente corrompida en sus prácticas y doctrinas. Tampoco hallaremos con facilidad un representante de la religión de Jesús en la Iglesia romana, con su orgullo y soberbia. Pero en esta Iglesia celta vamos a uno, la fragancia de cuyo carácter ha permanecido hasta el día de hoy, como una memoria refrescante en el desierto de aquellos tiempos; a uno quien, como su Maestro, dejó sobre los siglos que le siguieron, la impresión de un amor no fingido y una devoción a Dios, pura y sin mancha. Se llamaba Aidán. Había nacido en Irlanda. En aquellos tiempos de anarquía general, un caudillo anglo-sajón llamado Oswaldo, había tenido que huir ante sus enemigos y se había refugiado en Irlanda con sus principales jefes. Eran aún paganos entonces, mas encontrando buena acogida entre los irlandeses y viviendo confiadamente entre ellos, oyeron el Evangelio de aquellos cristianos y fueron bautizados. Regresaron después de cierto tiempo a Inglaterra para seguir su lucha, y esta vez les salió mejor su empresa y Oswaldo llegó a unir casi todo lo que hoy se conoce como la Gran Bretaña, bajo su mando. Como era natural, deseaba implantar en su reino la misma forma de fe cristiana que él había recibido, y con este objeto mandó pedir al obispo celta en Irlanda, que mandara un misionero que trabajara en ese sentido. Y aquí, mejor dejemos hablar al Venerable Bede, el historiador que nos cuenta todos los detalles que sabemos de la vida de Aidán. Dice así:

"Cuando el Rey Oswaldo pidió a los celtas un obispo para administrar a él y a su nación la Palabra de la Fe le mandaron primero a otro hombre de una disposición más severa, quien después de algún tiempo de predicar a los ingleses sin ningún éxito, regresó a su hogar, y en la asamblea de los ancianos dijo: que no había podido hacer nada con aquellos a quienes había ido a enseñar, porque eran hombres muy brutos y bárbaros. El concilio, entonces discutía qué había de hacer, deseando que la nación recibiera la salvación que había perdido, pero triste porque no querían recibir al predicador que había mandado. Entonces dijo Aidán al sacerdote que había regresado sin fruto: me parece, hermano, que has usado demasiada severidad en tus oyentes incultos, y que no has seguido la regla apostólica de darles la leche de la doctrina más fácil primero, hasta que siendo poco a poco instruidos por la Palabra de Dios, sean capaces de recibir los más perfecto y de cumplir con los preceptos más altos del Señor". Habiendo oído estas razones, todos los que estaban presentes empezaron a pensar en sus palabras, y desde luego decidieron que él era digno de ser obispo, y que era el hombre más a propósito para instruir a los incrédulos e indoctos, porque tenía la virtud de la discreción, que es la madre de todas las virtudes. Así es que le mandaron a predicar y con el tiempo sus otras virtudes fueron manifestadas, además de su discreción que se vio primero"

El rey le dio una isla en la costa, donde estableció un monasterio y de donde dirigía la obra de la evangelización de Inglaterra. Al principio Aidán que hablaba la lengua de los celtas, no podía predicar el evangelio con mucha claridad a los anglosajones, pero el rey tenía la costumbre de ayudarle, traduciendo al idioma de sus súbditos las palabras del predicador.

El venerable Bede, que escribió un siglo después, y quien consideraba a Aidán como hereje, por observar la Pascua de la Resurrección en otro tiempo que la iglesia romana, es el único, como hemos dicho, que nos da la historia de Aidán. Podemos pues, estar seguros que Aidán era un hombre extraordinario, cuando aún los que le miraban como hereje en aquel entonces dan testimonio de la santidad de su vida y de la plenitud del espíritu de Cristo que en él moraba. Dice Bede: "Entre otras lecciones en la santidad de vida, Aidán dejó al clero un ejemplo saludable de abstinencia y de continencia; la recomendación más grande entre todos de la doctrina que predicaba fue el hecho que no enseñaba nada que no practicaba en su vida y entre sus hermanos, porque ni buscaba ni amaba las cosas de este mundo, sino se complacía en distribuir luego a los pobres a quienes encontraba, cualquiera cosa que le había sido regalada por los reyes o ricos de este mundo... Acostumbraba andar en los pueblos o en el campo siempre a pie, para poder hablar mejor así con todos, y si fuesen incrédulos, invitarles a recibir la fe; y si eran creyentes, fortalecerles en su fe. Su modo de vida era tal que todos los que vivían en su compañía, fueran sacerdotes o laicos, tenían que estudiar las Escrituras. Nunca por temor o respeto de persona callaba respecto a los pecados de los ricos, sino los reprendía severamente". En otra parte dice así: "No puedo aprobar la falta de sabiduría de Aidán en cuanto al tiempo cuando se debe celebrar la Pascua de la Resurrección de Cristo. Aborrezco al contrario este error como se puede ver en mi libro "De Temporibus". Mas como historiador imparcial me conviene relatar y alabar las cosas buenas de su vida para edificación de los lectores. En él se veía amor a la paz y a la caridad, continencia y humildad. Su mente era superior a la ira y a la avaricia. Desechaba el orgullo y la vanagloria. Era muy fiel en guardar y en enseñar los divinos mandamientos, como también en estudiar y orar. Usaba su autoridad sacerdotal para reprender a los orgullosos y poderosos, mostrando a la vez ternura en socorrer a los afligidos y defender a los pobres. En una palabra hasta donde he podido averiguar de aquellos que le conocieron, no sólo enseñaba todas aquellas cosas que encontró en los evangelios y en los escritos de los apóstoles y profetas, sino también hizo todo esfuerzo de practicarlos en sus acciones".

El hecho de que semejantes palabras podían escribirse por un adversario teológico, muchos años después de la muerte de Aidán, muestra cómo un espíritu verdaderamente cristiano nunca se manifiesta de balde, y que no se pierde aún en los lugares más retirados de la civilización ni entre la corrupción más evidente.

También el siglo séptimo del Cristianismo tuvo sus cristianos.