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20 Siglos del cristianismo - VI

SIGLO VI
GREGORIO EL GRANDE: PRINCIPIO DE LA SUPREMACIA ROMANA

Desde la muerte de Agustín, en el año 430, hasta el nacimiento de Gregorio, en el año 540 hay más de un siglo; un siglo de caos político y de corrupción creciente en la Iglesia. Fue entonces cuando vinieron los godos y los vándalos de sus hogares en el Norte helado, inundando a Europa y al Africa de Norte cual un diluvio. El imperio romano acostumbrado al lujo y a la comodidad, y degenerado por el vicio, no pudo poner resistencia efectiva a estas hordas de bárbaros. Ya en el año 410 la ciudad de Roma, la reina del mundo hasta entonces, fue saqueada por Alarico. Los bárbaros establecieron sus reinos en Francia, España y Africa. El Imperio romano se hacía más pequeño cada día. En el año 455, los vándalos saquearon a Roma por segunda vez, y el 476, el alemán Odoacre tomó el gobierno, aboliendo hasta el título de emperador.

Mientras que el Imperio romano se desmoronaba, la Iglesia cristiana aumentaba su influencia constantemente. Muchos de los bárbaros habían sido ya convertidos al Cristianismo y por lo tanto respetaban los templos y sacerdotes cristianos, y sobre todo al obispo de Roma. Aún los bárbaros paganos guardaban cierto respeto ante el papa. Se ve por ejemplo, que a súplicas del papa León I (440-461), el huno Atila desistió de su plan de tomar la ciudad de Roma. Aunque este papa no pudo evitar ya el mencionado saqueo de la ciudad por los vándalos, en 455 sí logró que se perdonasen las vidas de sus habitantes.

Pero no solo aumentaba la Iglesia su poder sobre las tribus semisalvajes que devastaban a Europa en esta época, sino también sobre los mismos habitantes de Italia. Los siglos de propaganda empezaban a dar su fruto. Las creencias y prácticas paganas se iban extinguiendo, y el pueblo se volvía hacia el Cristianismo. El año 404 fue testigo de la última lucha de gladiadores (*), cuando un monje cristiano, con un crucifijo en la mano, corrió entre los combatientes llamándoles a pensar en el amor de Cristo y a desistir de práctica tan brutal. Los gladiadores mataron sin misericordia al monje, pero nunca después hubo otro combate gladiatorio en Roma.

La filosofía pagana decía no tanto por ser probada falsa por los apologistas cristianos, como porque no traía a los hombres ningún mensaje orientador en medio de los trastornos de la época. La necesidad que se hacía sentir, no era de meditaciones abstractas sobre la naturaleza y fin del hombre, sino de seguridad y consolación. En el "Así dice Jehová" de la Iglesia Cristiana, encontraron los hombres de entonces la paz para sus atribuladas almas.

Pero la misma Iglesia que dominaba más y más a los habitantes del imperio romano y a los bárbaros que iban venciendo a éstos, seguía alejándose, lenta, más seguramente, de su Señor. Algunos ejemplos bastaron para mostrar las tendencias de la época.

La antigua costumbre de rogar a Dios por los santos mártires que iban a ser probados por el nombre de su Señor, se cambiaba por la de orar por ellos. Cada año se celebraba con más animación y se daba más importancia a las fiestas religiosas, como la Navidad, la Epifanía, la Pascua de la Resurrección, etc.... La manera de celebrar el culto también se iba modificando. La sencillez de la Santa Cena dio lugar, poco a poco, a la celebración de la misa. La virgen María empieza a asumir cierta importancia desconocida antes en la historia de la Iglesia. Fue en este siglo cuando por primera vez surgió la opinión de su virginidad perpetua. También en este siglo comienza el uso de las imágenes en las iglesias.

Esta costumbre se propagó con mucha dificultad. La mayoría de los eclesiásticos no querían admitirla, pero el pueblo acostumbrado al uso de imágenes en el paganismo, no podía desprenderse de ellas, y el clero, mayormente en el Oriente, cedía al fin al clamor de la muchedumbre, bautizando a las imágenes paganas con nombres cristianos. En este tiempo también se instituyó la confesión privada, y fue designado un sacerdote para oír de los fieles sus pecados e imponerles penitencias. Esta costumbre tampoco ganó popularidad muy luego, por los muchos abusos que se unieron a ella.

La controversia sobre la naturaleza de Cristo había seguido y en el año 451 se reunió un concilio en Calcedonia, que definió la divinidad verdadera y la humanidad verdadera de Jesús y que afirmaba que estos dos elementos existían en él, "sin entremezcladura, sin transmitación, sin división ni separación".

En la organización eclesiástica, vemos que el desarrollo comenzado anteriormente sigue sin interrupción. Todavía el obispo era elegido por los miembros de sus diócesis. León I dijo: "Aquel debe ser colocado por encima de todos, debe de ser elegido por todos", y así era. La Iglesia de Roma no era reconocida todavía como suprema en el Oriente. El Obispo de Roma era considerado como un patriarca a la par del obispo de Jerusalén, de Antioquia, etc. Pero esto no les gustó a los obispos de Roma, ellos reclamaron que la iglesia de Roma era apostólica en su origen, y que todas las iglesias del Occidente no eran más que ramas de ella. Las iglesias orientales no negaron que la Iglesia de Roma fuera apostólica, pero sí negaron que el obispo de Roma tuviera derecho de mandar a los otros obispos. Pero León I insistió en los derechos de los obispos de Roma, como sucesores de San Pedro, y citó todos los pasajes de la Biblia que hablan de Pedro, como jefe e interlocutor de los apóstoles en sus relaciones con Cristo. Pero de más importancia que sus reclamos fue la sabiduría con que manejó los asuntos de la iglesia, tomando para ella funciones que el imperio romano había tenido, y sugestionando y dirigiendo al mundo cristiano de entonces.

Es de notarse en este tiempo, como hecho representativo de la época, la conversión de Clodoveo y los francos.

Este era un rey pagano, casado con una princesa cristiana, quien le invitaba con paciencia y constancia a abrazar su religión. Él hacía caso omiso de sus ruegos, mas en una batalla que se libró entre los francos y los alemanes, éstos últimos iban de triunfo, y Clodoveo se veía en peligro de perder no solo su reino, sino también su misma vida. Entonces, recordando las exhortaciones de su esposa, ofreció al Dios de los cristianos, que si le concedía la victoria en esa batalla, le reconocería y le seguiría. Fue así en efecto, pues de repente hubo un cambio en el desarrollo de la batalla que favoreció a Clodoveo, y los francos derrotaron al enemigo. Fiel a su promesa, Clodoveo se fue a la ciudad de Reims, donde fue bautizado con tres mil de sus soldados en la Noche Buena del año 496.

Se comprende fácilmente que acontecimientos de esta naturaleza, si bien ganaron muchos prosélitos para la religión cristiana, no dejaban de tener también efectos bastante lamentables para la misma, pues dieron lugar a que muchísimas personas, no plenamente convencidas de la verdad de Cristo, abrazaran una causa a la cual las conveniencias o aún la misma fuerza bruta, las hacía pertenecer. Esto dio por resultado inmediato que los bárbaros aportaron a la religión cristiana, costumbres paganas. Se ve por esta circunstancia, que se facilitaría la costumbre de adorar imágenes, de comprar obispados al rey y la corrupción moral, tanto del clero como del pueblo.

Mientras este caos reinaba en el Occidente, el imperio del Oriente, con su capital en Constantinopla, seguía su existencia, pues aunque tenía que luchar también contra los bárbaros, supo mantener sus posesiones y su independencia, debido indudablemente a que sus emperadores fueron unos hombres de mucha astucia en la política. Entre éstos merece especial distinción Justiniano, que reinó desde el año 527 al 565. Codificó todas las leyes romanas, guardándolas así para la posteridad, a lo cual se debe que se le ha llamado "Legislador de la Civilización". Su general Belisario supo rechazar los ataques e incursiones en su reino, manteniendo así la integridad territorial.

Así se presentaba la situación en el estado y en la Iglesia, cuando nació Gregorio, en el año 540. Pertenecía a una familia cristiana de Roma, siendo bisnieto del papa Félix II. Heredó muchos bienes por ser vástago de una familia rica y noble. Sus padres dispusieron prepararle para la carrera política. Obediente a sus deseos, hizo estudios con este fin, y efectivamente llegó a ser senador y después, en el año 575, prefecto de la ciudad de Roma. Pero como la vida política no le gustó, se retiró de ella, empleando todas sus riquezas para fundar monasterios, de los cuales dejó establecidos no menos de seis en la isla de Sicilia y uno en la misma Roma. En esta última, el famoso monasterio de San Andrés, el mismo Gregorio se inscribió, tomando los votos y viviendo la vida tranquila de un monje. Tenía entonces 35 años. Pero no podía continuar esta clase de vida mucho tiempo. A los pocos meses de haber entrado en el monasterio fue llamado (en 579) por el papa de entonces, Pelagio II, para desempeñar una misión delicadísima, yendo como representante de éste ante la corte del emperador de Constantinopla. Debía de permanecer en este puesto siete años. Mostraba un respeto casi servil ante el emperador, pero era a la vez muy firme en sostener los derechos de la Iglesia romana, dando como resultado de sus gestiones, que el mismo emperador concedía muchos derechos al papa, y las relaciones entre ambos llegaron a ser de las más cordiales.

En el año 586, Gregorio volvió a Roma y fue elegido abad de su monasterio. Era muy querido por los monjes, a la vez que muy estricto en la disciplina. Se dedicó a estudios de las Sagradas Escrituras y durante este tiempo terminó su comentario sobre el libro de Job, comenzado en Constantinopla; y escribió nuevos comentarios sobre Los Reyes, Los Profetas, Proverbios y Cantares.

En el año 590, el papa Pelagio II murió, y Gregorio fue llamado a ocupar el puesto vacante. Fue el primer monje que había recibido esta honra, y no la aceptó sin muchas vacilaciones. Aunque su reinado no duró más que catorce años, ejercía el puesto con tanta habilidad, que se le ha llamado el "Padre del Papado", habiendo seguido este, durante mil años, los principios generales asentados por él.

La lucha milenaria entre la Iglesia y el Estado era aguda en su tiempo. La religión cristiana había venido a ser la religión oficial de Francia, España e Italia, y todos estos países cayeron bajo la jurisdicción del obispo de Roma, o sea el que actualmente se reconoce como papa. En el tiempo de Gregorio, el estado no dejaba a la Iglesia en libertad para elegir a sus propios obispos, y cuando moría uno de ellos, inmediatamente el rey vendía el obispado al que más dinero diera por él. Gregorio se opuso con toda su energía a esta práctica, mientras vivió logró detenerla hasta cierto punto.

La controversia sobre quién era el obispo universal de la Cristiandad, continuó en tiempo de Gregorio. Con verdadera o fingida humildad, él se llamaba "el ministro de los ministros de Dios". En sus relaciones con las iglesias de Ã�frica y las del Oriente, no pretendía el derecho de supervisión o autoridad. Más, cuando el obispo de Constantinopla reclamó para sí el título de obispo universal, Gregorio se opuso, logrando desvanecer las pretensiones de éste. Creía que el obispo de Roma tenía derecho de corregir faltas y ejercitar autoridad sobre todas las iglesias y por su prudencia y firmeza en sostener esta doctrina, ayudó mucho para establecer el absolutismo papal.

Gregorio se interesó mucho en las misiones. Se dice que su interés por éstas vino del hecho siguiente: Algún tiempo antes de ser elegido papa, de casualidad pasó por el mercado de esclavos de Roma, y vio unos cautivos de Inglaterra. Sus caras rubias y su pelo claro, tan diferentes de los otros esclavos que venían de Grecia y de Ã�frica le llamaron la atención, y él, para satisfacer su curiosidad, preguntó al que estaba vendiéndolos, de qué nación eran. El dueño le dijo: que eran anglos. "Usted Tiene razón", dijo Gregorio, "porque tienen una cara angélica, y a los tales les conviene ser coherederos de los ángeles de los cielos". No mucho después, Gregorio fue elegido papa y no olvidó a los esclavos de Inglaterra, sino mandó a un sacerdote llamado Agustín, con unos cuarenta monjes más a Inglaterra, para enseñar la fe cristiana en el año 596.

Los ingleses recibieron a los monjes con benevolencia, escuchando atentamente la historia que los misioneros les narraban, y habiendo sido convencidos de la verdad de ella quemaron los templos de Woden y Tor, y fueron muchos bautizados. El camino había sido preparado por Berta, esposa del rey Kent, que era cristiana.

Es de advertir que esta conversión solamente se operó en el reino mencionado, quedando el resto de Inglaterra anglosajona, en su primitivo estado de paganismo.

También por este tiempo entraron unos misioneros a Alemania, pero fueron perseguidos y tuvieron que dejar de trabajar allí.

Las misiones de este tiempo no son iguales a las primeras de la Iglesia cristiana. En la época a que nos referimos, los misioneros buscaban la conversión de la nación entera, convirtiendo primero al rey. También la conversión no consistía tanto en recibir a Cristo como salvador del pecado, sino en aceptar ciertas doctrinas y costumbres. También el Cristianismo era entonces, sinónimo de la civilización. La Iglesia tuvo que destruir las creencias y prácticas que halló y en su lugar implantó ideas mejores. Donde antes había ignorancia, fundó escuelas; y donde había costumbres bárbaras, las suprimió. Acerca de la esclavitud, hemos de manifestar: que si no la abolió la Iglesia, por lo menos tuvo grande influencia en el mejoramiento de la condición del esclavo. Varios grandes hombres cristianos, entre ellos Gregorio mismo, invirtieron muchísimo dinero para libertar esclavos.

Gregorio era un gran partidario de la enseñanza de la doctrina por medio del sermón, y no solamente él mismo era un gran predicador de la Palabra de Dios, sino que encarecía a todos sus subordinados, obispos y presbíteros, el aprendizaje y práctica de la predicación. A este respecto, destinó una obra llamada "Ayuda del Predicador", que escribió en esa época. Gregorio era también poeta y músico, y aunque no todo lo que se llamaba música gregoriana procede de él, no cabe duda que ejerciera su influencia sobre la liturgia de la Iglesia romana y que algunas partes de "El Oficio", en uso hoy día en esta iglesia, vienen de él.

En la administración de los bienes de las iglesias, dejó establecido el principio de que la cuarta parte de las entradas era para el papa, otra cuarta parte para el clero que administraba, otra cuarta parte para los pobres, y la que quedaba, para reparaciones de los templos. El papado se había hecho dueño de grandes extensiones de terreno en esta época, y los arrendatarios no estaban conformes con las condiciones en que trabajaban. Gregorio, por su talento, logró que quedaran satisfechos los arrendatarios y a la vez que los terrenos produjeran mayores entradas para el papado; dinero que Gregorio usó principalmente para socorrer a los pobres, pues guardaba la mayor sencillez y aún austeridad en la corte papal.

En general, podemos decir del siglo sexto, que fue un siglo en que la Iglesia se levantó sobre las ruinas del imperio romano, a la vez que seguía alejándose lentamente del espíritu y la enseñanza de su Señor. Quedaba mucho de bueno en la Iglesia todavía; Cristo era el centro, como antes; la Iglesia mostró un celo misionero y abrigaba en su seno a muchos fieles cristianos. Era la institución que ofrecía mayor esperanza que cualquiera otra de ese tiempo: los monasterios brindaban un refugio contra los bárbaros, y por esto hubo un creciente movimiento de los mejores elementos de la sociedad hacia ellos. Se acercaba la edad obscura en que la Iglesia y los monasterios fueron las únicas instituciones que daban un poco de luz. Desde este siglo hasta el décimo, el cuadro se vuelve cada vez más sombrío. En los próximos capítulos, veremos los pocos puntos de luz que hay en este lapso.