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20 Siglos del cristianismo - II

JUSTINO MARTIR Y LA HELENIZACIÓN DEL CRISTIANISMO

Queda dicho que el apóstol Pablo murió en la persecución neroniana en el año 65, después de Cristo. Esta persecución no tuvo por objeto exterminar la nueva creencia y la iglesia continuó creciendo en número y poder durante los años restantes del primer siglo.

En el año 70 una revolución fomentada por unos patrioteros de Galilea, trajo las legiones romanas contra la Tierra Santa. El general Tito, después emperador, atacó a los rebeldes, quienes se encerraron en Jerusalén, que después de ser sitiada por algunos meses se rindió.

El templo, orgullo de cada corazón judaico, fue destruido y la práctica de los ritos mosaicos prohibida ().

Durante el sitio de Jerusalén, los cristianos recordando las palabras de Jesús en Mateo 24:16, habían logrado escapar de la ciudad y se juntaron en Pella, en Transjordania, donde continuaron observando los ritos judaicos juntamente con las enseñanzas de su Maestro por muchos años. Pero para la generalidad de los cristianos, la controversia que había ocupado tanto la atención de Pablo, se había resuelto ya. El cristianismo se constituyó como una religión universal, distinta de la judaica.

Aún dejaron de observar el mismo sábado de los judíos, porque los cristianos celebraban el domingo en honra de la resurrección de Cristo.

Los cristianos no perdieron, sin embargo, todo contacto con el judaísmo. En sus reuniones siguieron hasta cierto punto la costumbre de las sinagogas. Leían el Antiguo Testamento como se hacía en éstas; pero leían también las epístolas que los apóstoles habían dejado escritas. Hacían oración y se exhortaban los unos a los otros a la fidelidad y el amor cristianos. El clero como tal, no estaba claramente distinguida de los laicos, aunque cada congregación tenía su presidente (obispo) y sus ancianos, diáconos y diaconisas. Según el mandamiento de Jesús, se celebraba la Santa Cena con regularidad.

Había unos llamados apóstoles, que andaban de lugar en lugar, predicando y exhortando y ellos sirvieron para unir a los cristianos en sentimientos e ideas; pero no había ninguna organización central de las iglesias.

Durante el segundo siglo, los emperadores garantizaban el orden público eficazmente. En cuanto a la vida religiosa, se notaba cierta decadencia de las antiguas creencias paganas. Sólo la gente ignorante y los campesinos adoraban ingenuamente a los dioses del Olimpo ().

La gente culta, en su mayoría había caído en el escepticismo, adoptando la filosofía de Epicuro. Algunos que no podían creer en las supersticiones populares ni recibir tampoco el materialismo de los epicúreos, aceptaron la filosofía estoica. A pesar del cinismo prevaleciente, reflejado en los escritos, de autores como Luciano, había un verdadero anhelo entre muchos de los espíritus más elevados, de una filosofía más satisfactoria que las entonces conocidas y también un deseo ardiente de una expresión de las verdades religiosas más adecuada que la del paganismo popular.

Todo esto vemos en Justino.

Este nació en Samaria, cerca del año 105, de padres paganos y muy temprano se dedicó al estudio de la filosofía. No estudió en un solo lugar, ni oyó los discursos de un solo maestro, sino que iba de ciudad en ciudad escuchando a los filósofos de más prestigio en aquella época.

El mismo nos dice: "Mi deseo ardiente de ser instruido en la esencia de la filosofía, no daba reposo a mi espíritu. Me fui en busca de un pitagórico que gozaba de gran fama, para suplicarle me aceptara entre sus discípulos. Este estaba orgulloso de su saber. Esperaba tener mejor suerte entre los platónicos que gozaban de cierta fama y a los cuales me dirigí. Visité con frecuencia al que tenía la reputación de ser el más docto entre todos ellos, con quien hice rápidos progresos en el conocimiento de su doctrina, con gran contentamiento mío, creyendo haber conseguido el cumplimiento de mis deseos. ¡Cuán equivocado estaba! Un día a orillas del mar, observé que me seguía un anciano, cuya agradable presencia, dulzura y gravedad, me causaron una impresión extraordinaria. No tardamos en trabar conversación, la cual giró luego sobre los deseos que yo tenía de conocer la verdad". Entonces nos refiere cómo el anciano le habló de Dios, del alma y de la venida de Jesucristo al mundo como enviado de Dios. Justino creyó el mensaje del anciano y aceptó desde entonces la fe cristiana.

Mirando en el Evangelio una filosofía más perfecta que las que se enseñaban en las escuelas de filosofía profana, continuó usando el traje y siguiendo el método de los demás filósofos; pero en verdad era un predicador del Evangelio, siendo uno de los primeros en expresar el mensaje de Cristo, en el lenguaje y con los conceptos de la gente ilustrada de su tiempo.

Esto hace de Justino, el hombre más importante en el desarrollo del Cristianismo durante el segundo siglo de su existencia. Mientras que la religión de Jesús se dirigía principalmente a los judíos, en el primer siglo, usaba los conceptos del Antiguo Testamento. Pero ahora que su tarea se presenta como la de evangelización del Imperio Romano, adopta el medio de pensar y de hablar popularizado por los filósofos griegos. Ya vimos que el apóstol Pablo dio el ejemplo de este proceder en el discurso que pronunció en el Areópago de Atenas. La misma tendencia se nota en la epístola a los Hebreos y sobre todo en el Evangelio de San Juan, escrito a fines del primer siglo.

Justino no estaba solo en su esfuerzo de justificar al Cristianismo ante la razón y la filosofía. Ignacio y Policarpo, Ireneo, y especialmente Tertuliano, trabajaron en el mismo sentido, y por su método merecieron el nombre de "Apologistas" que la historia les da.

Algunos creyentes modernos miran en esta síntesis del Cristianismo con el helenismo un paso hacia atrás, que ha introducido dentro de la Iglesia elementos ajenos a su genio, pero si recordamos que Jesús miraba en su doctrina un espíritu vivificante y no una letra muerta, reconocemos en esta síntesis la influencia del mismo fundador del Cristianismo. Si esta religión iba a ser una religión universal, como Jesús lo había pensado, y como Pablo se había esforzado en mantenerla, era necesaria esta nueva expresión de las verdades cristianas en los conceptos de la filosofía griega. Los filósofos de aquel tiempo miraban con desprecio al Cristianismo, como una abominable superstición. Las autoridades civiles estaban empeñadas en suprimirlo. Así es que Justino y los otros apologistas, tuvieron que demostrar a los filósofos que el Cristianismo era en verdad la mejor filosofía, y a las autoridades que ayudaba al Estado en lugar de oponérsele.

Pero no todos los filósofos griegos que fueron atraídos al Evangelio, lo comprendieron con tanta claridad como Justino. En su mayoría ellos no habían sido instruidos desde niños en el Antiguo Testamento, como los judíos que habían creído en el primer siglo. Tampoco habían conocido personalmente a los discípulos del Señor como los primeros gentiles convertidos. Ellos aceptaron el Cristianismo como filósofos y con orgullo intelectual empezaron a formar sus propias teorías acerca de Cristo. Porque aspiraban a un conocimiento muy profundo de las verdades cristianas, se les dio el nombre de "Gnósticos", del griego GNOSIS: "Conocimiento".

De los muchos que militaban en este movimiento, solo podemos mencionar a Marción, porque él fue, con toda probabilidad, la causa de que la Iglesia de entonces pusiera su sello de auténticos a los libros que forman el Nuevo Testamento, reconociéndolos como inspirados por Dios.

Marción era un hombre muy sincero y dio testimonio en su vida del poder del Evangelio. Creyó en la justificación por la fe de todo corazón. Atraía a un gran número de discípulos y cuando vio que los cristianos en su generalidad no aceptaban su enseñanza, fundó una secta distinta de la Iglesia Cristiana, cuya secta continuó su existencia hasta doscientos años después de su muerte.

Sus diferencias de los demás cristianos, provenían del hecho de que él rechazaba en un todo al Antiguo Testamento, diciendo que siendo éste una ley, no podía tener por autor al mismo Dios que vemos en Jesucristo, el cual es pura gracia. Tampoco quiso aceptar como divinos algunos otros de los escritos que forman parte de la Biblia que reconocemos. Solo aceptaba como inspirados divinamente el Evangelio de Lucas y las Epístolas de Pablo, menos las de Timoteo y la dirigida a Tito.

Hasta entonces los cristianos habían usado el Antiguo Testamento, reconociéndolo como la Palabra de Dios, a la vez que aprovechaban los escritos apostólicos sin haber formulado definitivamente el canon, o lista autorizada, de éstos últimos. El hecho de que Marción sí formuló su lista, obligó a los demás para que hiciesen igual cosa. Lo que los cristianos procuraban saber con certeza para reconocer un libro, era si en verdad venía de un apóstol. La mayor parte de los libros del Nuevo Testamento fueron reconocidos desde luego. En algunas listas encontramos libros no reconocidos hoy, y respecto a algunos que reconocemos, como la Epístola a los Hebreos, las cartas conocidas como de Santiago, Judas, II Pedro, II y III Juan, y el Libro del Apocalipsis, había todavía dudas; algunos cristianos los recibían como inspirados y otros no. La cuestión no fue decidida definitivamente sino hasta 200 años después, pero ya había llegado el tiempo en que se reconocía la existencia de un Nuevo Testamento, inspirado por Dios y con igual autoridad que la del Antiguo.

También, en cuanto a la naturaleza de Cristo, los gnósticos y Marción, tuvieron ideas muy distintas de la mayoría de los cristianos. Marción no pensaba de Cristo como de un hombre, era para él un Dios más grande que el mismo Jehová. Justino se opuso a esta idea. El creyó como los cristianos de todas las edades han creído, que Cristo es verdadero hombre y no que sólo tuvo esta apariencia. También tenía la fe cristiana que reconoce que en el hombre Jesús vemos el Logos, la Palabra, Dios mismo, que en una crisis histórica se encarnó para salvación de los hombres. Para aclarar esta idea, Justino pone el ejemplo de una llama de fuego, que a pesar de su unidad puede multiplicarse, habiendo combustible de qué aprovecharse. Así era Dios para Justino.

Consideramos pues, la gran importancia de este filósofo para el desarrollo del cristianismo en el siglo segundo. Por un lado defendía esta religión contra los intelectuales paganos y contra las autoridades hostiles, que miraban a los cristianos como trastornadores del orden, odiados por el pueblo por no mezclarse en sus placeres. Por otra parte, tuvo que defender al cristianismo verdadero, contra los que equivocadamente se llamaban cristianos, quienes aspiraban más a usar el cristianismo para su propio engrandecimiento, que en predicar la revelación de Dios en Cristo. Contra los unos y contra los otros tenía que usar la lógica y el método de la filosofía griega. Siendo este método el medio para defenderse, luego lo usó el Cristianismo para expresar sus doctrinas. Así fue trasplantándose el Evangelio de Jesús, del barco de los pescadores de Galilea a la sala de los filósofos griegos, como dice un profesor alemán. Si comenzó entre los pobres y esclavos, luego pudo dominar el pensamiento de los más sabios.

Un fenómeno notable del Cristianismo del segundo siglo, fue su rápido desarrollo. Hablando de esto, Justino dice: "No hay una sola raza de hombres, ya sean bárbaros o griegos, o de cualquier otro nombre, nómadas errantes o pastores viviendo en tiendas, entre los cuales no se hagan oraciones y acciones de gracias en el nombre del crucificado Jesús".

Este rápido crecimiento, y el hecho de que los cristianos tenían una hermandad fuerte entre sí, hizo que fueran muy temidos entre los gobernantes y aunque Justino y otros defendieron su fe procurando recomendarla al poder civil, hubo varias persecuciones de los cristianos por parte de éste durante el segundo siglo.

El Cristianismo no fue reconocido como una religión verdadera después de separarse de la religión judaica, y así aunque el gobierno romano reconocía a todos los dioses de los países conquistados por él, no reconoció al Cristianismo, antes bien persiguió a sus fieles como ateos. Siempre daba oportunidad a los cristianos a sacrificar a los dioses y así salvar sus vidas, pero muchos no queriendo dar culto a imágenes ni dioses falsos, fueron muertos. Nos han llegado las historias de muchos de los mártires de esta época, y podemos ver los sepulcros de algunos en las catacumbas de Roma ().

Sin embargo, no todos los creyentes fueron mártires. Algunos negaron ser cristianos para salvar sus vidas, pero pasada la persecución solicitaban ser recibidos nuevamente como miembros de la Iglesia y ésta tuvo que resolver lo que debía de hacer con ellos. Como regla general los recibía de nuevo, sólo que al renegar por segunda vez los excomulgaba definitivamente.

Ante las persecuciones del segundo siglo, Justino procuraba convencer a las autoridades de que el Cristianismo nada tenía que ver con la magia (que era contra la ley), y que eran falsas las acusaciones de crímenes cometidos a nombre de la religión, como parte del culto y que al contrario, el Cristianismo era consecuencia natural de la filosofía verdadera.

Aparentemente hubo una buena oportunidad para que Justino y los demás apologistas cristianos, lograran la tolerancia para su religión de parte del gobierno imperial, cuando el conocido filósofo Marco Aurelio fue coronado emperador en el año de 161. El era estoico y hombre de conducta intachable. Hubiera sido adepto de la verdad cristiana si no hubiera despreciado tanto toda excitación, especialmente el entusiasmo religioso y si no sintiera un odio tan profundo contra el dogma de la inmortalidad, que era creído con tanta firmeza por parte de los cristianos. Así, en lugar de convencerse por las razones de Justino y los demás apologistas, ordenó que las persecuciones continuaran.

Justino, a pesar de su traje de filósofo, fue acusado con otros seis cristianos, entre ellos una mujer. El juez le preguntó: "¿A qué estudio te aplicas?" -Justino respondió entonces: "Emprendí el estudio de toda ciencia y erudición, fijándome por último en la doctrina de los cristianos".

-"¡Desgraciado!", le dijo el juez, "¿Son estas las ideas que profesas?, ¿dónde os juntáis?".

-"Cada uno se junta donde quiere y donde puede: el Dios de los cristianos no está limitado a un lugar; es invisible, pero llena los cielos y la tierra; los fieles pueden adorarle en todas partes".

-"Pero tú, ¿dónde congregas a tus discípulos?"

-"Habito los baños de Timoteo, bajo la casa de un tal Martín. Si alguno ha venido a buscarme, le he comunicado la doctrina de la verdad".

Los demás compañeros de Justino, declararon igualmente ser cristianos. El juez les amenazó con la muerte y dirigiéndose a Justino, le preguntó: "¿Suponéis que si fuerais azotados y vuestras cabezas cortadas subirías al cielo para ser recompensados?" y Justino contestó: "No lo supongo, lo sé y estoy plenamente convencido de ello".

Entonces el juez mandó a los acusados que sacrificasen a los dioses, pero Justino respondió: "Quien es discreto no abandona la piedad para servir a la impiedad". Pero el juez le dijo: "Si no obedecéis seréis castigados sin misericordia". Entonces los prisioneros llenos de fe y del Espíritu de su Señor crucificado replicaron en alta voz:

-"Haced lo que queráis, nosotros somos cristianos y no ofrecemos sacrificio a los ídolos". Oído lo cual el juez dictó la siguiente sentencia:

-"Que los que se han negado a obedecer las órdenes del Emperador y no quieren sacrificar a los dioses, sean apaleados y decapitados según la ley". Y efectivamente, los prisioneros después de azotados fueron conducidos al suplicio, donde murieron glorificando a Dios. Así terminó la carrera de Justino Mártir, fiel testigo del poder de Cristo.

Pero las persecuciones no pudieron impedir que la Iglesia creciera. La sangre de los mártires fue como siempre la semilla de la Iglesia. La religión pagana, impotente ante el empuje de la nueva doctrina, veía alejarse a sus adeptos, dejando abandonados sus antiguos ritos. Las escuelas filosóficas existían todavía, pero siempre proponiendo teorías más fantásticas. El orden antiguo no había muerto aún, iba a sobrevivir cien años; iba a tener sus triunfos aparentes; iba a matar a millares de cristianos. Pero el Cristianismo se había definido como filosofía y como religión. Para cada uno de los que se oponía tenía respuestas e ideas claras y consecuentes contra el poder de las costumbres, de la superstición y del poder civil. El resultado no pudo ser otro que la victoria del Cristianismo.