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20 Siglos del cristianismo - I

La obra de Jesús en la tierra se ha terminado. El ha encargado a sus discípulos que prediquen su Evangelio a todas las naciones y ha retirado de ellos la inspiración de su presencia física. Esperando una manifestación especial del poder divino para empezar su obra, ésta les fue concedida en el día de Pentecostés y comenzaron a predicar el Evangelio, anunciando a Jesús como el Mesías esperado, el Hijo de Dios, muerto por los pecados del mundo, y resucitado para justificación de todo aquel que cree y se arrepiente. Tres mil personas creyeron en el primer día y su número fue aumentando ante el ardiente celo de los apóstoles.

Al principio los discípulos de Jesús no pensaban de sí, sino como buenos judíos. Asistían a las ceremonias del Templo y seguían todas las ordenanzas exteriores del Judaísmo, como había hecho su Maestro. Los fariseos, por su parte, contentos de haber cortado la Cabeza, esperaban que los miembros de aquel cuerpo, luego dejarían de moverse; y así al principio no se opusieron a la actividad de los predicadores cristianos.

Pero cuando pasaron los meses y el número de los cristianos continuaba creciendo, y los fariseos se encontraron enfrentados en las sinagogas con los representantes de la nueva secta, en quienes ardía un celo y claridad de razonamientos, contra los cuales se hallaron impotentes, pensaron ganar por la fuerza lo que no podían ganar por la razón. De conformidad con este pensamiento pusieron a los apóstoles Pedro y Juan en la cárcel. Después dieron muerte a uno de los abogados más elocuentes de la nueva doctrina, que se llamaba Esteban, y estalló sobre los cristianos una persecución de tanta fuerza, que muchos huyeron de Jerusalén a los pueblos vecinos a lo largo de Judá y Samaria.

Esta persecución, lejos de apagar el fuego, sólo sirvió para aumentarlo, porque donde quiera que llegara un creyente en Jesús huyendo de la persecución, formó alrededor suyo un nuevo grupo de cristianos. La persecución por los fariseos se extendía en pos de estos nuevos grupos, pero no pudo detener la marcha de tan poderoso movimiento.

Uno de los perseguidores más celosos de la nueva secta se llamaba Saulo, o Pablo, para darle de una vez el nombre que había de inmortalizarlo. Era más o menos de la misma edad de Jesús, pero no era como éste, hijo del campo, sino nacido en Tarso, ciudad de Asia Menor, eminente por su comercio y por su universidad, donde se enseñaba la filosofía y la literatura griegas. Los padres de Pablo eran judíos por descendencia, pero a la vez ciudadanos del imperio romano, sin duda por servicios importantes hechos al mismo. El joven Pablo, de esta manera, unió en su persona los tres elementos más sobresalientes de la civilización de su época: la cultura griega, la organización política romana y la religión judaica.

Desde muy niño, Pablo ha de haber tenido un gran interés en las cosas de su religión. Las historias de los patriarcas y profetas llamaron su atención juvenil, y la ley con la multitud de interpretaciones que a ella dieron los doctos escribas de su época, alimentó su sentido analítico de tal manera que, en posesión de los medios necesarios, resolvió dedicarse a los estudios rabínicos. Fue pues a Jerusalén, al colegio de los rabinos, a la edad, más o menos de trece años. Entre sus maestros contaba a uno de los más célebres que el judaísmo ha producido en toda su historia, que es Gamaliel. Con los demás aspirantes al título de rabí, Pablo estudiaba principalmente las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento, en su interpretación tradicional, y estas Escrituras vinieron a ser su vida, y todo su anhelo el cumplir la ley de Dios en ellas revelada. En la nueva secta que predicaba que Jesús era el Mesías, veía un gran peligro para la religión de sus padres, y con todo el celo de su ser intenso, se opuso al nuevo movimiento. Él había estado presente ayudando en el asesinato de Esteban, y después, cuando la creencia en Cristo se había extendido a otras partes, pidió cartas al Sumo Sacerdote de los judíos para perseguir a los discípulos del Crucificado, hasta los pueblos y aldeas más remotos donde pudieran refugiarse; pues la autoridad del Sanedrín se extendía a todas las comunidades judaicas del imperio romano, y éstas, si no tenían en verdad poder de vida y muerte sobre sus miembros, podían fácilmente hacerles sufrir de muchas maneras.

Así es que lo vemos llevando cartas que le autorizaban para aprehender a traer presos a Jerusalén, a todos los partidarios de la nueva creencia que encontrara, acercándose a Damasco, ciudad capitalina de la Siria.

Aquí mejor dejaremos a él mismo contar lo que le pasó. Dice: "Yendo por el camino, vi a medio día, una luz del cielo más resplandeciente que el sol, la cual brillaba en torno mío y de los que caminaban conmigo. Y caídos todos nosotros a tierra oí una voz que me decía en lengua hebrea: Saulo, Saulo: ¿por qué me persigues? Dura cosa te es dar coces contra el aguijón. Yo entonces pregunté ¿Quién eres, Señor? Y el Señor respondió: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; pero levántate y ponte sobre tus pies, porque para esto te he aparecido, para constituirte ministro y testigo, tanto de lo que has visto de mí, como de aquello en que te apareceré". Llegando a Damasco, ciego por la luz que había visto en el camino, fue visitado por un cristiano de este lugar y luego recobró la vista. Entonces al restablecerse, empezó a predicar que Jesús era el Mesías y Salvador, valiéndose se su carácter de rabí para hablar en las sinagogas de los judíos. La sorpresa de éstos era natural al ver a Pablo, el acérrimo enemigo del Cristianismo, que llegaba con el propósito de destruir la nueva secta en Damasco, predicando las doctrinas de la misma. Era un golpe duro para ellos, y determinaron hacerle callar a toda costa. Pero él, teniendo noticias de sus malévolos designios, escapó de la ciudad.
Así como Jesús, después de su bautismo se había ido al desierto, Pablo, después de su conversión, buscó las soledades de Arabia donde meditó en todas aquellas cosas que le habían acontecido. Su permanencia en Arabia fue de algunos años, pero no lo hemos de considerar como tiempo perdido, puesto que fue entonces cuando en la comunión con Dios y en el uso de su pensamiento analítico y agudo, puso los fundamentos de la comprensión más profunda del Cristianismo que se haya manifestado en cualquier época. Al final llegó el día que dejó la Arabia y se fue a Jerusalén. Se puso en contacto con Pedro y los demás apóstoles, oyendo de boca de ellos los pormenores de la vida de Jesús y tomando parte activa en la predicación. Pero no fue bien recibido. Los judíos no querían oírle, porque le miraban como a un traidor que había abandonado la religión que le había honrado con el título de rabí; los cristianos por su parte, tenían cierta desconfianza en la presencia de su antiguo perseguidor. Así no pasó en Jerusalén más que quince días, y se fue para Tarso, lugar de su nacimiento, donde quedó unos años retirado de la obra realizada por los demás apóstoles. Hasta esta época, casi todos los convertidos al Cristianismo habían sido judíos, o por lo menos paganos que habían aceptado la religión judaica antes de recibir el Cristianismo. Pero repentinamente en la gran metrópoli de Antioquia, unos paganos sin nociones del judaísmo, dejaron su idolatría y aceptaron la fe cristiana. Los apóstoles que dirigían la obra en Jerusalén mandaron a Bernabé a investigar el nuevo movimiento. Él se convenció que los nuevos creyentes eran en verdad cristianos, y se quedó en aquel lugar para dirigir la nueva iglesia. Bernabé había sido quien recomendara a Pablo a los apóstoles en su visita a Jerusalén y le tenía un cariño especial. Así cuando se encontró encabezando la obra en Antioquia, llamó a Pablo, que aún estaba en su retiro, para que lo ayudase.

Pablo acudió gozoso al llamamiento. Esto fue en el año 44 después de Cristo. La iglesia de Antioquia creció en número y también en celo misionero. No contentos con anunciar el Evangelio a los habitantes de su pueblo, los cristianos de Antioquia comisionaron a Pablo y a Bernabé para que fueran a las regiones inmediatas a predicar el Evangelio de Jesús. Salieron estos dos con Marcos, el sobrino de Bernabé y llegaron a la isla de Chipre. De ahí fueron a las regiones de Pamphylia, Pisidia y Licaonia, en Asia Menor.

Su método de propaganda era el de hablar en las sinagogas judaicas establecidas en los lugares que visitaban donde Pablo como rabí, sabía explicar la verdad cristiana de una manera bien adaptada al entendimiento de los hijos de Israel. También en las sinagogas nunca faltaron algunos gentiles que, atraídos por el sabio rabí y su nueva doctrina, invitaron a escucharle a otros de los suyos.

Mientras que las autoridades de las sinagogas les dejaban predicar, se quedaban. Pero casi siempre, después de tres o cuatro predicaciones, les era negado el uso de éstas y entonces Pablo y Bernabé, con los judíos y gentiles que habían creído, salían para fundar una iglesia cristiana.

Una vez bien establecida ésta, se iban a una ciudad cercana donde se repetían estos acontecimientos.

Al fin regresaron otra vez a Antioquia, donde contaron a los creyentes los éxitos de su viaje, causando gran regocijo con su historia.

En este tiempo se presentó una dificultad que amenazaba seriamente la unidad y el progreso del Cristianismo. Unos judíos cristianos llegaron a Antioquia, y predicaron que era necesario que los creyentes fueran circuncidados y que guardasen todos los ritos judaicos antes de poder recibir a Jesús como Salvador. Pablo y Bernabé enseñaron por contrario, que lo único necesario para la salvación, era recibir a Cristo como Salvador y seguir sus mandamientos. En su fondo esta cuestión se resolvía en la de si el Cristianismo iba a ser una secta del Judaísmo o una nueva religión universal. La discusión sobre este punto fue tan violenta, y el problema en sí tan importante para la vida del Cristianismo, que se convocó un concilio para decidirlo. ¿Debe el creyente en Cristo hacerse judío antes de poder ser cristiano, o le será lícito pasar directamente del paganismo al seno de la iglesia cristiana, sin la circuncisión y el cumplimiento de toda la ley ritual de Moisés? He aquí el problema que la naciente iglesia tenía que resolver.

El concilio se reunió en Jerusalén. Pablo y Bernabé defendieron con tanto celo y con tan buenas razones sus creencias y acciones, que los apóstoles y principales hermanos de la iglesia de Jerusalén se convencieron que la obra en Antioquia era de Dios; y así se decidió que el gentil podía volverse cristiano sin hacerse judío antes. El decreto de este concilio está consignado en el libro de los Hechos 15:23-29. Libra al Cristianismo definitivamente y para siempre del particularismo de la religión judaica y lo hace una religión universal, cumpliendo así el concepto de su Fundador.

Sin Pablo el Cristianismo hubiera quedado unido a la ley mosaica. Este ciudadano romano, nacido y crecido en ciudad griega, y de sangre y tradiciones judaicas, supo unir en un mismo movimiento los diversos elementos que constituían el mundo religioso de entonces, mostrando a los gentiles la necesidad que tenían de aceptar a Cristo, y persuadiendo a los cristianos judíos que habían guardado todos sus prejuicios rabínicos, de que estos gentiles eran "hermanos" en la fe, que debían ser reconocidos como tales. La universalidad del cristianismo en que "no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, esclavo ni libre, sino es Cristo el todo y en todos" (Carta a los Colosenses 3:11), vino a ser centro del pensamiento y del mensaje de Pablo, que guiaba toda su actividad, haciéndole merecedor del título: "Apóstol a los Gentiles" con el cual la historia le reconoce.

Después del concilio en Jerusalén, Pablo emprendió un viaje extenso por el Asia Menor, donde fundó muchas nuevas iglesias cristianas. En este viaje llegó hasta Troas, cerca de los "Dardanelos" de hoy.

Allí soñó a un hombre que le decía: "Pasa a Macedonia y ayúdanos". Considerando aquel sueño como un llamamiento de Dios, pasó a Europa y dejó iglesias fundadas en Filipos, Tesalónica, (la moderna Salónica) y Berea. De allí bajó a Atenas, el centro de la cultura antigua, donde por invitación de ciertos filósofos habló en el Areópago *

Mas, aunque presentó el Evangelio en un discurso altamente filosófico, muy pocas de las personas cultas de aquella ciudad creyeron. Bien pudo Pablo soportar serenamente la persecución más severa, pero la indiferencia y el desdén de los atenienses era para él peor que cárceles y azotes, y desanimado en extremo, dejó Atenas y se fue a Corinto. Esta era ciudad industrial y en sus costumbres era una de la mayor corrupción en un imperio corrompido. Pero allí entre los artesanos y esclavos, logró lo que no había podido hacer entre los intelectuales de Atenas, es decir: formó una importante y floreciente iglesia cristiana.

Al dejar Corinto, el apóstol se fue a Éfeso, desde donde tuvo que dedicarse principalmente a aconsejar y dirigir las iglesias ya formadas en al Asia Menor y en Grecia. Por medio de cartas y de visitas personales, ayudaba a los nuevos grupos de creyentes a resolver los problemas que iban surgiendo en la vida cristiana. En las epístolas que llevan su nombre y están transcritas en el Nuevo Testamento, tenemos una revelación de las dificultades que las iglesias experimentaban. Sirvan las siguientes como muestras.

Los mismos cristianos judíos que habían estorbado la paz de la iglesia en Antioquia, predicando que había que guardar la ley de Moisés, empezaron a inquietar a las iglesias del Asia Menor, después de la ida de Pablo y él, teniendo noticias de tal actividad, escribió la carta "A los Gálatas" para aclarar que "la circuncisión no vale nada, sino lo que vale es la nueva criatura". En Corinto, donde la Iglesia se componía en su mayor parte de gentiles, muchos cayeron en malas costumbres, volviéndose fornicadores, borrachos, etc., y aún valiéndose de su religión para fomentar sus vicios. Pablo, al tener noticia de estos trastornos, les escribió primero una carta y después otra, exhortándolos a la pureza de vida y explicándoles de nuevo la significación del bautismo, la Cena del Señor, la esperanza de vida eterna y otras verdades cristianas.

De este periodo data también la carta a los Romanos. Cuando la escribió Pablo, no había estado en Roma todavía, porque la Iglesia de esa capital había sido fundada por otros cristianos. En esta carta saluda a esa Iglesia, a la cual desea conocer personalmente, y da un resumen de su doctrina, exponiendo la relación que existe entre los judíos y los gentiles, basados los unos en la ley y los otros en la gracia, o sea la ley y la gracia.

Esta carta es un tratado que toca algunas de las profundidades de la fe cristiana, de una manera única. Nos revela a un filósofo de primer orden; pero más que a un filósofo nos revela a un alma que habiendo pasado por todos los grados del desarrollo religioso, al fin halla su paz en Jesucristo.

Durante este tiempo la lucha principal que Pablo sostenía, era contra aquellos que se esforzaban por ligar el Cristianismo al Judaísmo. Los judíos lo acusaban de apóstata y renegado, de tal manera, que él al fin pensó demostrarles que aunque no predicaba el judaísmo para los gentiles, se reconocía a sí mismo como judío cristiano, y amaba su antigua fe. Así asistió a la Pascua en Jerusalén en el año 58. Su presencia en el Templo fue causa de una gran irritación entre los judíos, para quienes Pablo, por más que con toda reverencia tomaba parte en sus actos religiosos, siempre parecía traidor. Luego una turba de fanáticos se amotinó contra él, no tranquilizándose hasta que unos soldados romanos llegaron y se apoderaron del apóstol.

Le pusieron en prisión, tanto por su propia seguridad como por averiguar la causa del motín. Sabiendo el gobernador, por boca de un sobrino de Pablo, que algunos hombres habían hecho voto de no comer hasta matar a éste, el mandó de noche a Cesarea, donde fue juzgado ante el rey Agripa. Se hubiera librado de la justicia si no hubiera apelado al Emperador, valiéndose así de su derecho como ciudadano romano; pero por haber apelado, fue mandado preso a Roma después de estar dos años en la cárcel de Cesarea. A pesar de un naufragio y de otros peligros más se realizó al fin el deseo abrigado durante muchos años por Pablo, porque llegó a la capital del mundo de entonces.

Una vez en Roma, mientras esperaba ser juzgado delante del Emperador, tenía el privilegio, aunque preso, de vivir en su propia casa alquilada, encadenado siempre a un guarda romano. Pasó dos años así. De este periodo vienen sus cartas a los Filipenses, los Colosenses y los Efesios, que se hallan en el Nuevo Testamento. Ya no es el Pablo agresivo, el que habla en estas epístolas, sino Pablo "el anciano", madurado por sus muchas y diversas experiencias, y que desde su prisión aconseja e inspira en su fe a los hermanos que había conocido en los días de su libertad.

No sabemos con seguridad cuál fue el resultado de su proceso. Una tradición muy antigua, dice que fue puesto en libertad y que llegó hasta España predicando el Evangelio, pero al fin cayó preso otra vez y pereció en la persecución neroniana del año 65. *

Las epístolas pastorales a Timoteo y Tito vienen de esta segunda prisión, si es que la hubo. En una de estas epístolas (la segunda a Timoteo) encontramos las siguientes palabras escritas por el apóstol, al verse cerca de la muerte, como una apreciación de su propia carrera: "Yo, ya estoy para ser ofrecido en libación, y el tiempo de mi partida esta cercano. He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, el Justo Juez, en aquel día".

Con estos pensamientos y esperanzas dejó esta vida terrena Pablo, el genio religioso, el filósofo profundo, el hombre de sinceridad acrisolada, que salido de la estrechez del judaísmo a la libertad perfecta del Evangelio, libró al Cristianismo de las cadenas de la ley mosaica, y lo hizo una nueva religión universal.*