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20 Siglos del cristianismo - Introducción

El modo antiguo de escribir la historia, fue el de hacerla concentrarse en personajes sobresalientes cuyos hechos, por insignificantes que fueran, recordaba el fiel escriba, para quien el rey, emperador o general, era un ser omnipotente, cuya sola palabra hacía temblar a los reinos y cuyo capricho determinaba el curso de los hechos. Desde los historiadores que describían las hazañas de un Pepi o un Hammurabi, hasta los que escribieron a mediados del siglo pasado, el método popular fue el de escribir la Historia como manifestación de la influencia personal.

Pero en tiempos más recientes ha habido una tendencia que desprecia al individuo, al historiar los hechos, y mira los acontecimientos como resultado de leyes económicas y sociales, en que el factor personal no ejerce ningún poder determinante. Esta tendencia se ve en su forma más exagerada en el “Determinismo Económicoâ€�, de Carlos Marx y de su escuela, pero está presente en casi todas las historias modernas, en una u otra forma. Y en verdad, la potencia de la influencia económica se ha hecho sentir en la Historia. La cuestión de la comida, es siempre la cuestión humana más fundamental. Pero al más cegado por los prejuicios de nuestro siglo, le debe constar que orgullos: de raza y religión, ambiciones personales de emperadores y reyes, o la sola gloria de conquista, que son todos factores personales, han contribuido con su parte para determinar la dirección del desarrollo histórico.

Tampoco podemos comprender la Historia, si la miramos solamente como manifestación del egoísmo humano, en una o en otra esfera. El historiador imparcial reconocerá, que el Altruismo y el Amor han desempeñado también un papel importante. Si un Alejandro o un Napoleón, en busca de gloria personal, ha hecho sufrir a multitud de gentes, sembrando la semilla de odios y venganzas que se han propagado en el mundo, de una a otra generación; otros como Bartolomé de las Casas, o Alberto Schweitzer, se han dado libremente al servicio de sus semejantes y con su ejemplo han animado a los hombres a buscar la grandeza, no en el mandar sino en el servir.

Entre estos últimos, él cuya influencia benéfica se ha extendido más, y cuyo ejemplo más ha animado y anima al prójimo, es un humilde carpintero que hace veinte siglos nación en una pequeña provincia del Imperio Romano. Pertenecía a una raza despreciada. No lego a ser un gran general, ni inventó una nueva máquina. Ni siquiera dejó escrita una sola palabra que hubiera llegado hasta nosotros. Se llamaba Jesús. La historia de su vida es bien conocida. Si alguno de mis lectores no está al tanto de sus pormenores, puede leerlo en el Nuevo Testamento, donde están consignados breve y claramente. Así es que no nos ocuparemos de repetir acontecimientos que están al alcance de todos. Basta con decir que este humilde artesano sabía que era Hijo de Dios. Una vida divina moraba en él. Tenía el poder de abrir las puertas del corazón humano, mostrando a los de su tiempo, y a los de todos los tiempos, lo que y lo que puede ser el hombre. Se dedicó a aliviar los sufrimientos de sus prójimos y enseñarles a conocer a su Padre: Dios. Sin embargo, su enseñanza no fue atenida y él fue muerto. Pero la muerte no podía contenerle. Y tal como él se levantó con nuevo poderío y grandeza después de su muerte vergonzosa en la cruz, así su doctrina se ha levantado del desprecio en que se encontraba durante los primeros años de su promulgación. La personalidad y enseñanzas de Jesús, luego se hicieron sentir en el imperio romano, y han continuado haciéndose sentir en expansiones siempre más grandes, hasta el día de hoy, cuando se puede afirmar sin peligro de equivocarse; que no ha habido otra persona en toda la historia humana que haya conmovido tan hondamente a las sociedades, ni que haya tenido tantos discípulos conscientes, ni a quien las multitudes hayan mirado con tanto afán y tanta esperanza.

Es verdad que ha habido tiempos cuando el Cristo se perdía de la vista de los hombres y en que los que se llamaban cristianos estaban bien lejos de comprender el espíritu de Aquel a quien reconocían por Maestro. Pero la influencia de Jesús nunca ha dejado de sentirse. Cuando el mundo parecía hundido en la obscuridad más negra, siempre quedaban algunas luces que conservaban el fuego sagrado, llevándolo a las generaciones futuras. No ha habido un siglo, de los veinte que han transcurrido desde el nacimiento de Jesús, en que su influencia no haya surgido con nueva vida y en nuevas formas, en las personas y en las instituciones. Tenemos que maravillarnos al contemplar la adaptabilidad con que la doctrina y el espíritu de Jesús han llegado a influir en todas las diferentes circunstancias y edades de la Historia.

El día en que escribo estas líneas, cumplimos cuatrocientos años desde que la autoridad que ejerce Jesús sobre el mundo, entró en una nueva época.

Hoy hace cuatrocientos años que Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia del Castillo Wittenberg, y así entró en el camino que había de devolver a la humanidad el conocimiento del Evangelio, haciendo que la inspiración de Jesús fuera más directa y potente. Sean lo que fueren los motivos que contribuyeron a la Reforma Protestante, Jesús ha sido y es el centro y fuerza motriz del Protestantismo.

Por este motivo, en este día en que celebramos el principio del movimiento Evangélico, me es sumamente placentero dar a la luz pública este humilde ensayo, que sin pretender ni la profundidad ni la originalidad, quiere mostrar que en medio de todas aquellas corrientes económicas, sociales, filosóficas y religiosas que se han unido en el Cristianismo oficial, Jesús mismo ha sido siempre y sigue siendo fuente de un poder redentor, y que él en todos los siglos y ahora también, llama a hombres fuertes a sus servicio y por medio de ellos ilumina y redime a las multitudes.

Sí, ¡ahora también! El mundo está hoy en medio de una crisis, como talvez nunca la ha experimentado antes.

La guerra europea está trayendo cambios nunca soñados. No sólo reinos, sino también instituciones y costumbres, ideales y filosofías, están temblando y cayendo. Nuestros legisladores nos están llevando por nuevos caminos con una prisa que da vértigo. Pero a pesar de todo esto, el mundo entero se dirige hacia Jesús, como nunca antes. En su Evangelio se encuentra reconciliación con Dios, perdón y vida eterna para el individuo. También para la vida comunal, se hallan en este mismo Evangelio los principios hacia los cuales el desarrollo social, inevitablemente se mueve. Estos principios parecían locura en el tiempo de Jesús. Después fueron mirados como utópicos, pero hoy estamos aprendiendo que son eminentemente prácticos.

Pablo Burgess.
Quetzaltenango, 31 de Octubre de 1,917.