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El Libro de Oro de la verdadera vida cristiana de Juan Calvino

INTRODUCCION: este documento fue escrito en 1,550 en Latin y Francés. Juan Calvino pretendió con este material ayudar a los cristianos con tener un material para las reuniones devocionales, lo que resultó además como una guía práctica para uso cotidiano, pues los temas que aquí se desarrollan son de asuntos que tocan la vida diaria. Ayuda a los cristianos a no ser solamente contempladores de lo que nos rodea, sino que nos ayuda a ser prácticos para cumplir con la misión encargada por Jesús en Juan 17:15: "No ruego que los quites del mundo sino que los guardes del mal"

V. DEBEMOS BUSCAR EL BIEN DE LOS DEMÁS CREYENTES.
1.¡Cuán extremadamente difícil nos es procurar el bien de nuestro vecino, a menos que dejemos de lado todas las consideraciones egoístas y nos olvidemos de nosotros mismos!
¿Cómo podemos llevar a cabo los deberes que Pablo nos enseña como obras de amor, a menos que renunciemos a nosotros mismos y nos dediquemos enteramente a los demás?
"El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se engríe; no hace nada indecoroso, no busca su propio interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad" (1 Corintios 13:4-6).

2. Aunque solamente se nos ordenase que no buscásemos nuestro propio beneficio, deberíamos, con todo, seguir ejerciendo una considerable presión sobre nuestra vieja naturaleza, pues está tan fuertemente inclinada a amar exclusivamente al "yo", que no estaría dispuesta fácilmente a dejar de lado sus intereses egoístas.
Busquemos, más bien, el provecho de los demás, y aun en forma voluntaria renunciemos a nuestros derechos por el bien de nuestro prójimo.
Las Escrituras nos urgen y nos advierten para que consideremos que cualquier favor que obtengamos del Señor lo hemos recibido con la condición de que lo apliquemos en beneficio común de la iglesia.
Hemos de compartir liberal y gustosamente todos y cada uno de los favores del Señor con los demás, ya que esto es lo único que los legitima.
Todas las bendiciones de que gozamos son depósitos divinos que hemos recibido con la condición de que los distribuyamos a los demás.
No podríamos imaginar un cometido más apropiado o una sugerencia más poderosa que ésta.

3. De acuerdo a las Escrituras, nuestros talentos personales han de ser comparados con los poderes conferidos a los miembros del cuerpo humano.
Ningún miembro del cuerpo mantiene su fuerza para sí mismo, ni la aplica para su uso exclusivo, sino solamente para el provecho de los demás. De igual modo, ningún miembro de la iglesia recibe ventajas de su propia actividad, sino a través de su cooperación con la totalidad del cuerpo de creyentes.
Cualquier habilidad que un fiel cristiano tenga, debe dedicarla al servicio de sus compañeros creyentes. También debería someter, con toda sinceridad, sus propios intereses al bienestar común de la iglesia.
Hagamos nuestra esta regla de buena voluntad y amabilidad, para que cuando tengamos la ocasión de ayudar a los demás, podamos comportarnos como quien algún día dará cuenta de sus propios actos, recordando siempre que la distribución de los beneficios se ha de determinar en armonía con la ley del amor.
En primer lugar no debiéramos intentar promover el bien de los demás buscando el nuestro propio, sino preferir el beneficio de los otros por lo que en sí mismo significa.

4. La ley del amor no sólo concierne a los beneficios considerables, pues desde la antigüedad Dios nos ha ordenado que la recordemos y la pongamos en práctica aun en los pequeños favores de la vida.
Dios ordenó al pueblo de Israel que le ofreciese los primeros frutos del maíz, como una muestra solemne de que les era legítimo gozar de una bendición que previamente no hubiera sido ofrecida a El.
Si los dones de Dios no son parte de nuestra vida santificada y no los dedicamos con nuestras propias manos a su Autor, seríamos culpables de un abuso pecaminoso de ellos si desecháramos tal dedicación.

5. En vano podríamos intentar enriquecer al Señor mediante la distribución de los talentos y de los dones.
Como nuestras bondades no pueden alcanzar al Señor, como dice el salmista, hemos de ejercitarlo en favor de "los santos que están en la tierra".
La Escritura compara las limosnas con las ofrendas sagradas, para así mostrarnos que los ejercicios de caridad bajo el evangelio han tomado el lugar de los sacrificios bajo la ley del Antiguo Testamento. Ver la. Corintios 13:4-8; Salmos 16:2-3.

VI. DEBEMOS BUSCAR EL BIEN DE TODOS, AMIGOS Y ENEMIGOS.
1. Conociendo nuestra predisposición natural, el apóstol nos enseña a que no nos conocemos de hacer el bien, y además añade que "el amor es paciente,... No se irrita" (1a. Corintios 13:4-5).
Dios nos manda hacer el bien a todos los hombres sin excepción, aunque la mayoría son muy inmerecedores si se les juzga de acuerdo a sus propios méritos.
También en está ocasión la Escritura nos ayuda con un excelente argumento, enseñándonos a no pensar en el valor real del hombre, sino sólo en su creación, hecha conforme a la imagen de Dios. A El debemos todo el honor y el amor de nuestro ser. Además, los que formamos parte de la familia de la fe somos los que más podemos apreciar la imagen de Dios, porque El la ha renovado y restaurado en nosotros por medio del Espíritu de Cristo.

2. De modo que si alguien aparece delante de vosotros necesitado de vuestro amable servicio, no tenéis razón alguna de rehusarle tal ayuda.
Supongamos que es un extraño el que necesita nuestro auxilio; aun así el Señor ha puesto en él Su propio sello y le ha hecho como uno de vuestra familia; por lo tanto, os prohíbe que despreciéis vuestra propia carne y sangre.
Supongamos que es vil e indigno; aun así el Señor le ha designado para ser adornado con su propia imagen.
Supongamos que no tenéis ninguna obligación hacia él de servirle aun así el Señor le ha hecho como si fuera su sustituto, de modo que os sintáis obligados por los numerosos e inolvidables beneficios recibidos.
Supongamos que es indigno del más mínimo esfuerzo a su favor; pero la imagen de Dios en él es digna de que os rindáis vosotros mismos y vuestras posesiones a él.
Si él no ha mostrado amabilidad, sino que, por el contrario, os ha maltratado con sus injurias e insultos, aun así no hay razón para que no podáis rodearle con vuestro afecto y hacerle objeto de toda clase de favores.
Podríais decir que él se merece un trato diferente, pero ¿qué es lo que ordena el Señor, sino que perdonemos a todos los hombres sus ofensas y remitamos la causa a El mismo?

3. Este es el único camino para obtener aquello que no sólo es dificultoso, sino aun repugnante a la naturaleza humana: amar a quienes nos odian, corresponder a las injurias con amabilidad, y devolver bendiciones por insultos.
Recordemos siempre que no hemos de pensar continuamente en las maldades del hombre, sino darnos cuenta de que él es portador de la imagen de Dios.
Si con nuestro amor cubrimos y hacemos desaparecer las faltas del prójimo, considerando la belleza y dignidad de la imagen de Dios en él, seremos inducidos a amarle de corazón. Ver Hebreos 12:16; Gálatas 6:10; Isaías 58:7; Mateo 5:44-40; Lucas 17:7 y 4.

VII. UNA BUENA CONDUCTA CIVICA NO ES SUFICIENTE.
1. Si no cumplimos con todos los deberes del amor, nunca podremos practicar una negación real del yo.
Estos deberes no los cumple aquel cristiano que realiza su servicio de una forma meramente externa, sin omitir ni siquiera un detalle, sino el que actúa tomando como base el sincero principio del amor.
Puede acontecer que el hombre desempeñe sus deberes de acuerdo con sus mejores habilidades, pero si su corazón no está en lo que hace, le falta mucho para llegar a su meta.
Hay quienes no son conocidos por ser muy liberales, y aun así nunca han dado nada sin manifestar su regañina, orgullo o, incluso, insolencia.
En nuestros días estamos tan sumergidos dentro de esta especie de calamidad, que casi nadie es capaz de dar una miserable limosna sin una actitud de arrogancia o desdén.
La corrupción de los tiempos en que vivimos es tan enorme que no habría sido tolerada aun por los propios paganos.

2. Al practicar la caridad, los cristianos deberían tener algo más que una cara sonriente, una expresión amable o un lenguaje educado.
En primer lugar, tendrían que situarse en el lugar de aquella persona que necesita su ayuda, y simpatizar con ella como si fuesen ellos mismos los que están sufriendo, su deber es mostrar una verdadera humanidad y misericordia, y ofrecer su ayuda con tanta espontaneidad y presteza como si fuera para ellos mismos.
La piedad que surge del corazón hará que se desvanezcan la arrogancia y el orgullo, y nos prevendrá de tener una actitud de reproche o desdén hacia el pobre y el necesitado.
Cuando un miembro de nuestro cuerpo físico está enfermo, y todo el organismo tiene que ponerse en acción para restaurarlo y volverlo a la salud, no tornamos una actitud de desprecio hacia ese miembro enfermo, ni lo cuidamos o lo sostenemos por obligación, sino con nuestra mejor voluntad.

3. La ayuda mutua que las diferentes partes del cuerpo se ofrecen las unas a las otras no es considerada por la ley de la naturaleza como un favor, sino como algo lógico y normal cuya negativa sería cruel. Por tanto, si un hombre ha realizado un servicio a otro, no debe considerarse librado de todas sus demás obligaciones. Por ejemplo, si alguien es rico y ha dado parte de su propiedad, pero en cambio se niega a ayudar a otros en sus problemas, no puede considerarse excusado de haber cumplido con todas sus obligaciones. Por más importante que sea, cada hombre debe darse cuenta de que es deudor de su prójimo, y que el amor le demanda que dé hasta el límite de su capacidad.

COMENTARIO: Juan Calvino nos ayuda a entender que simplemente somos receptores o conductores de las bendiciones de Dios. Estas bendiciones no deben quedar solamente en nosotros porque no somos el fin último sino que deben ser compartidas con los demás. Los dones y talentos que poseemos no son nuestros, sino más bien somos depositarios para bendición de otros. Este modo de visionar incluye a los amigos y enemigos. No es suficiente comportarse bien o mejor dicho cuidarnos "del mundo", sino que es tarea cristiana transformar el mundo, según la voluntad de Dios.

TRABAJO DE REFLEXION Y DISCUSION
1.¿Por qué es difícil hacer el bien a los demás?
2.¿Cómo se puede hacer el bien al enemigo?
3.Además del trato amable que tengamos que dar a los necesitados, ¿qué otros elementos debemos tomar en cuenta?